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viernes, 13 de mayo de 2016

SER DE FRAILES: CAPITULO DIECINUEVE




 La calle Rosario se une entre la calle San Antonio y la calle Cruz. Allí había dos hermanos, Amador y Pepe Álvarez, que tenían una tienda de tejidos y un telar. Un lugar espacioso, con un gran mostrador, con estanterías, con telas colocadas a la antigua usanza, olía a tejido, a tela barata, a cobertor de lana mala y a borra. El telar estaba en el piso bajo, de madera, hacían cobertores de colores, para pasar el invierno, pero con la creación de las manufacturas, todo se paró. Lo manual era muy costoso y las mantas y cobertores que venían de las casas comerciales de Barcelona tenían un precio mucho más barato.
Frente a los Álvarez, tenía Pepillo el Caminero una tienda, un lugar para comprar más moderno, con productos de belleza, vestidos, jerseys, ropas para bebés. La  tienda ya tenía un escaparate para mostrar todos aquellos nuevos artículos que en las viejas tiendas no se veían. Pepillo el Caminero marcó un estilo, un nuevo comercio en Frailes, con nuevas gentes que vendían,  y como en el comercio de Mercedes y Manuel Zafra, ofrecían moda y novedades, vestidos y pantalones ya confeccionados, que abarataron el precio pero que llevaron a la ruina a las modistas, pues su trabajo mermó bastante. Aquellas mujeres, como las Cotorras o las Pulías, la Merilla, Isabel Zafra y muchas otras siguieron cosiendo pero con muchos menos encargos. Lo mismo que le pasó al sastre González, un hombre de baja estatura que venía de Granada cada semana  para hacer su trabajo. Les tomaba las medidas a sus clientes, les enseñaba los tejidos para que escogieran los que más le gustasen  y a otra semana se los probaba. Este hombre siguió algunos años más, pero poco a poco el negocio no le fue rentable y tuvo que dejar de venir.
Junto a la calle Rosario y frente a la tienda de Pepillo el Caminero se encontraba la calle Nueva. Allí fui muchas veces a ver a mi tía Loles, que no tenía hijos, y siempre que iba por allí me regalaba algo. Su casa estaba siempre limpia y en las paredes había cuadros de aquellas ampliaciones que se hacían de los retratos antiguos, almanaques y estampas de vírgenes y santos y una máquina de coser Singer. Casi siempre sacaba algún dinero y  me lo metía en el bolsillo. Cuando cayó enferma y envejeció se fue a una residencia y allí murió. Teófilo habitaba en esta misma calle, era zapatero y fui algunas veces a que me arreglara algún zapato. Era un hombre polifacético, pues tocaba el clarinete y hasta fue portero en el Cinema España. Su mujer era obesa y cariñosa. Los padres de Antonio Roseta vivían en esta calle, al igual que el hijo de Teófilo, un albañil con dos hijas que se casaron con dos santaneros. 

Cuando se hacían los bailes en el salón de Manolín y en el Cinema España venían muchas gentes de otros pueblos. Frailes tuvo fama de sus bailes, por lo que muchos jóvenes venían a buscar novia y la encontraban. Fueron muchos los que se emparejaron y se casaron, formando una familia.  En aquellos bailes había mucha diversión y representaron un gran escape para aquella sociedad de costumbres religiosas impuestas por el nacional catolicismo. La calle Gloria estaba y está junto a la calle Nueva y la calle Cruz. Es un pequeño callejón en donde tenía su casa mi tía Pastora, hermana de mi padre, casada con Miguel Pareja, que era albañil y le decían El de Gámez.
Me gustaba ir a la casa de mis tíos, tenían una cocina grande, con un dormitorio al lado y arriba otras habitaciones y –enfrente- un corral con una pequeña habitación en la planta de arriba en donde guardaban las herramientas de la albañilería. Casi siempre iba cuando hacían la matanza y me pasaba allí dos o tres días. Dormía con ellos, jugaba con mi primo Miguel, un año mayor que yo. Mis primos  Paquita, Isabel, José y Manuel me estimaban mucho. Era un buen refugio para mí aquella casa. Subía la calle Mesones y estaba allí en un momento, y siempre me decían si quería comer o me quería quedar un rato. José, Miguel y  Manuel se hicieron albañiles como su  padre e hicieron muchas casas en Frailes durante los años 60, 70, 80 y 90.
Mi prima Paquita se casó con Pepe Mudarra que consiguió hacerse guardia civil y estuvo de servicio mucho tiempo en Jaén. Mi prima Isabel se  casó con su novio Antonio, que también era albañil y siguió viviendo en la casa de sus padres. Cuando paso por esa calle aún revivo aquellos momentos de gran alegría con mi tía Pastora. Porque fue cariñosa y siempre me acogía, me daba algo de comer y me calentaba en su brasero. Y todavía recuerdo aquellas matanzas de tres días que pasaba junto a ellos, jugando, comiendo, calentándome en aquellas lumbres tan grandes. Me sentía protegido en aquella infancia de fríos y de soledad, pero cuando iba a aquella casa de la calle Gloria me reconfortaba.
La familia de Calabaza vivía junto a mí tía, en aquellas casas pequeñas, en donde habitaban familias numerosas. Chapalete y su familia también eran de esa calle. Él era el oficial de mi tío Miguel y le acompañaba cuando iban a las obras. El yeso les dejaba los pantalones y las chaquetas blancas, a causa de aquél polvo blanco, comprado a granel en los Gallegos o casa de Manolín. Aquellos hombres con sus gorras que casi nunca se las quitaban, reponían tejas, daban yeso a las paredes, reparaban casas, quitaban goteras y muchos se atrevieron a edificar casas nuevas. Y también iba a los cortijos a lo mismo, a tratar de aliviar paredes, reparar y poner parches, levantar tejados, colocar astillas, yeso y más yeso, hasta que llegó el cemento y las vigas de hierro que comenzó a fabricar Vialca en Alcalá la Real, a partir del año 1964. Fue un alivio para la construcción, con mayor rapidez y mejor funcionalidad, levantaban un cuadrado en unas horas, una revolución que vino en unos momentos de mayor riqueza y expansión. Y comenzaron a levantar nuevas casas y hubo un poco más de trabajo y salieron nuevos albañiles y nuevas esperanzas para el futuro. 

La gente que había empezado a emigrar, volvía con nuevos bríos ya que aquel trabajo les daba seguridad y traían dinero que gastaban en comprar una finca o hacerse una nueva vivienda. Aquellos albañiles antiguos como Medina, Cañete, el Peque, Sevilla, Miguel el de Gámez, los Chapaletes, Los Rivera, Enrique Pepino, Francisco el de la Enriquetilla, David el de Eloy, los hermanos Pareja Campos, Florencio el Bele … A todos se les veía por las distintas obras en los barrios, subidos a aquellos tejados, limpiándolos y haciendo malabarismos, jugando con Luis Gamazo al que mandaban a por el nivel de los caballetes, algo así como un saco lleno de piedras. Así lo tenían de un lado a otro dando bandazos con el saco a cuestas.
Antonio Elvira era otro de los habitantes de la calle Gloria, vivía con su madre pero una vez se fue fuera a trabajar y volvió cambiado. Le dio por beber y andar y se le podía ver por la carretera de Alcalá a Frailes y viceversa. Llegaba a la taberna de mi madre y bebía de todo, sin control: vino, cerveza, coñac… No había quien lo entrara en razón y, aunque la pobre madre trataba de velar por él, era imposible. Cuando tenía una crisis lo ingresaban en el psiquiátrico y después de algunos días volvía. Al poco tiempo, seguía igual. Cantaba y andaba y no sé de donde sacaba tantas fuerzas para andar. Elvira era otro espíritu libre, como Luis Gamazo o Antonio Cabildo, como mi tío Camilo, hombres que han pasado sus vidas trabajando y luchando contra sus elementos, contra sus alegrías y penas, entre la razón y el desorden de su mente.
En la calle Huertos había otra barbería, la de José Melones. Una pequeña habitación como la de José Molina que ya he citado. José afeitaba y pelaba a todo el que llegaba por allí, siempre con un cigarro en los dedos. Le ayudaba su hijo Paco, pero éste se especializó en peluquería y se fue a Granada a trabajar y allí enseñó a muchos alumnos en una academia. La hija de José Melones, Anita, montó una peluquería en su misma casa de la calle Huertos y comenzó a ‘echar permanentes’ a las mujeres fraileras. Frente a la barbería, estaba el casino de Mangote, una especie de habitación larga en donde estaba el mostrador y otra más pequeña  con algunas mesas para tomar vino o jugar a las cartas. Después se quedó  con el local Félix y su yerno Cristóbal que también trabajo en Alemania. Allí se juntaban hombres de los barrios altos, del Nacimiento, Roturas Altas y Bajas. Y al lado de esta taberna de Mangote estaba la tienda de su mujer, Ana, que vendía casi de todo: trompas o regaliz, botones o hilos.
El Fidelo también tenía allí una pequeña tienda en la cuesta, justo en la esquina. Se llamaba Santiago y solía vender por los cortijos. Se juntaba mucho con Amador el de los Telares y se les veía tomando alguna copa en las tabernas y bares. Su mujer, la Fidela,  despachaba en la tienda.
Justo en la cuesta de la calle Huertos estaba la carnicería de Cazaleno. En ella trabajaba David, un hombre con un buen desparpajo para las ventas. Recuerdo cómo mataban los chotos y los cochinos y los  colgaban en ganchos para que la gente los viera… aunque no se comía mucha carne porque la gente no tenía dinero. La carne que más se comía era la de conejo. Casi todos los vecinos tenían un pequeño corral y compraban una pareja de conejos y los alimentaban con hierba que iban a buscar al campo. De ahí que en los días señalados y festivos, el plato principal era arroz de conejo. También cuidaban gallinas y gallos y muchos vendían estos animales a los ‘regoveros’ para poder comprar otros artículos de mayor necesidad. Los gallos y gallinas se podían ver por las calles  picoteando y cada uno sabía de quién era.
Por la calle Huertos pasaba el río Chorrillo y desde el puente se podía mirar cómo pasaba el agua. El puente tenía peligro porque contaba con una barandilla de hierro con muchos claros. Los nenes subíamos por allí hasta la Presilla, todo a través del río, por un camino peligroso con muchos árboles y chilancos para bañarnos. Muchas veces los vecinos tiraban escombros y todo tipo de basuras y el cauce se ensuciaba bastante, hasta que en el invierno llovía y las riadas se lo llevaban todo: piedras, vigas, escombros y basuras eran arrastrados por la fuerza del agua.
La calle Almoguer se extendía desde los Picachos a las Eras del Mecedero. En las primeras casas vivía Miguel el Estanquero, vendedor de tabaco y sellos. Un  hijo suyo era médico y tenía otro que fue el primer banquero de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Granada. Magdaleno con su zapatería y Manolillo el del Casinillo también estaban por allí y -después- se incorporó Antonio Romero, Guerrito, que era hijo de Cazaleno. Éste estudió en Málaga, tenía una moto Ossa y fue funcionario del Ayuntamiento. Luis Castillo  era otro vecino de la calle Almoguer que trabajaba de cabrero y tenía una piara de cabras que sacaba al campo cada día. Miguelico vivía al lado, era hermano de Manolín el del salón del baile,  y tenía una hija que se casó con un guardia civil que era de Canarias. Miguelico cultivaba sus tierras. Junto a su casa estaba la fuente de la Mujer, lugar en donde bebíamos agua los alumnos de la escuela de Emilio y en donde abrevaban los mulos y las yuntas y todo el ganado del barrio.
Custodio ‘El Cortijerillo’ vivía debajo. Era tratante de ganado y conocía este oficio muy bien, ya que viajaba por muchas ferias de ganado de España. Siempre tenía mulos, burros, caballos y yeguas que comprar o vender y los tratos los hacía en plena calle o en las tabernas: discutía, hablaba, se ponía de acuerdo, discrepaba con los vendedores y compradores… Al final llegaban a un acuerdo, se daban la mano y lo celebraban tomando una copa.
El Cortijerillo compró y tuvo muchas fincas que le daban buena cosecha de aceitunas. Con él trabajaba el ‘Pelón’, que le ayudaba con las bestias y las llevaba a las distintas ferias. Se compró un Land Rover para viajar e ir de un sitio a otro. Era un buen jugador de tute y la Cueva y el bar Nuevo son testigos de las disputas que tenía con Paco Martillo, jugándose el café. Tenía un hijo que estudió el Bachillerato en Granada. De nombre también Custodio, como su padre. Bajaba por las Cuevas para ir a misa y -a veces- hasta se quitaba la camisa y recitaba a grandes voces cosas de los Evangelios. La gente se asustaba con su sube y baja …hasta que llegaba su padre y se lo llevaba.
Los hermanos Pili también vivían por allí. Manolo era el mayor y trabajaba en el campo, para terminar en los hoteles des Baleares  en la temporada de verano. Antonio emigró a Madrid y allí desarrolló su vida. Ambos jugaron mucho al fútbol en las Eras del Mecedero, pues siempre estaban por allí porque vivían cerca. Vicente Romero vivía en el número uno de la calle Mecedero, estaba casado con Enriqueta y cobraba letras de un banco. Mi madre se llevaba bien con él y le hacía algún pedido de alguna casa comercial, como los condimentos los Polluelos, algo así como una especie de aditivo que le daba color a los guisos. Y sobre todo el chocolate Virgen de la Cabeza. Era hijo de Cazaleno y tuvo dos hijas, Luisita y Espirita con sus correspondientes yernos, Eduardo y Custodio López ‘El Pollo’. En el número dos de la calle Mecedero vivía Antoñita y Patarito. Éste –después- se construyó un chalet en ese mismi lugar. Su hija Itas se casó con Abelardo Nieto, un hombre que emigró a Venezuela y trabajó allí mucho tiempo. Cuando volvió se edificó la casa y allí vivió con su mujer y sus hijos Abelardo y Sofía. Tenía otra hija, Toñi, pero ella vivía con su tía Encarnilla y su marido Matías Pareja en la calle Tejar. Su hijo Abelardo era mi amigo y juntos pasamos una buena etapa de nuestra adolescencia y juventud. Él estudió Bachillerato en los Escolapios de Granada. Decía que su padre le enviaba mil dólares de vez en cuando, demasiado dinero para entonces. Después estudió Económicas en Málaga y se hizo un hombre de izquierdas, interviniendo en la política clandestina de los años 1970 y siguientes, hasta el punto de que la policía franquista lo siguió un día. Estaba en un autobús repartiendo propaganda política de izquierdas y por eso estuvo en la cárcel unos meses. Fue uno de los primeros que me dejó libros prohibidos de ideólogos de la izquierda internacional como los de Marta Harnecker, Lenin y Mao. Yo los leía en la puerta de mi tienda, sentado en el tranco mientras pasaba la gente, y así me introducía en cuestiones tan farragosas como la lucha de clases. Abelardo Nieto fue y sigue siendo mi amigo, juntos pasamos grandes momentos en nuestras vidas. Estudió Ciencias Económicas en la Universidad de Málaga y allí se quedó trabajando en la Costa del Sol. Venía a Frailes de vez en vez y nuestras vidas fueron paralelas. Se casó con una canadiense que vino a Frailes un invierno y ella, un poco rara, se ponía los zapatos de verano a pesar del frío. Una vez o dos fui a Marbella y me hospedé en su casa. En un principio estuvo solo en casa de sus abuelos, en la casa del Mecedero, pero venía mucho por la taberna de mi madre y se hicieron amigos. Abelardo es una persona amable y sensible, capaz de experimentar cosas en su vida, como hacerse vegetariano o visitar comunidades sociales para ver sus modos de vida. Paseábamos por Frailes, visitábamos al Pollo y a la Espirita, elaborábamos tortillas de cuatro pisos y, en aquella casa, junto a los restos del antiguo balneario, escuchábamos música y hablábamos del amor y de la vida. Tenía swing con las mujeres, ya que se hacía querer.

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