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lunes, 18 de julio de 2016

SER DE FRAILES. CAPITULO VEINTITRES


Mi padre murió en abril de 1967. Yo estaba trabajando en la aceituna en el cortijo de Los Villares de Torredonjimeno, alguien fue a por mí y mis hermanos porque su enfermedad había agravado. Tenía 17 años y era un fracasado, porque había tenido que dejar los estudios y el futuro que me esperaba era incierto. Pero mi madre se encargó de espabilarme, me levantaba a las cinco de la mañana para ir a Navasequilla a por un saco de hierba para los conejos. Los dos por aquellas cuestas, bien de noche, llenábamos cada uno un saco de hierba y volvíamos a Frailes cargados y medio reventados. Era duro pero casi todos los días lo hacíamos, volvíamos temprano y abríamos la tienda y la taberna y, aunque no teníamos mucha clientela, al menos daba  para poder subsistir medianamente.
Pero mi madre no se vino abajo con la muerte de mi padre. Comenzó a diseñar su sueño, el de construirse una casa y hacer una buena taberna y tienda en el local que teníamos en la calle Tejar, 2. Y ni corta ni perezosa le encargó la obra a mi primo Josillo el de Gámez y con alguno más, como Enrique Pepino y alguno de sus hermanos. En unos meses levantamos  el edificio y así fue como mi madre cumplió su sueño. Fueron varios meses de duro trabajo, peleando con los albañiles, con el Ayuntamiento, con la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, etc. 

De allí, salió un pequeño bar, una pequeña tienda y una vivienda, con cocina, y un salón para el bar, tres dormitorios, una buhardilla y un pequeño cuarto de baño. Esto último fue muy importante para mí, porque nunca había tenido uno. Mi madre acondicionó pronto aquel pequeño bar, lo pintó, compró nuevas sillas y mesas y comenzaron a llegar los viejos y nuevos clientes. Allí volvieron a sentarse Paco Juanaco, Montemolín, Custodio el de Callejón, Marchena, Antonio Menuza, Cangrena, Bollo, Cabildo, Gamazo, los albañiles que habían hecho la casa, otros como Macareno y su hijo, Luis el de Gegorillo, Antonio el Andarín, Santiago el Algallarín, Valentín el Gitano y muchos otros.
Y yo estaba allí, en una edad difícil, sin tener claro lo que quería ser, ni contar con nadie que me guiara, porque mi madre solo quería que estuviera allí, al frente del negocio, todo el día trabajando desde por la mañana hasta la noche. Era joven y no me conformaba con atender a todas aquellas gentes que día tras día iban allí a tomar litros de vino y a contar sus vidas una y otra vez. No tenía madera de comerciante, de agradar a la gente y sonreírles cuando traspasaban el tranco de aquella taberna de la calle Tejar, 2. Pero había que hacer de tripas corazón y salir adelante. Por aquellos años se hizo la obra en la cooperativa san Rafael, a través de una empresa de fuera por lo que había mucho trajín en las Cuevas y en la calle Tejar y muchos obreros de la obra venían al bar a la hora de desayunar, durante toda la mañana. Yo había fracasado en los estudios y me quedaron las Matemáticas y la Física y Química de cuarto de Bachillerato. Al año siguiente hice quinto curso de oyente en el COPEM, pero el no aprobar la Reválida me sumí en la desesperación y perdí la confianza en mí. Mi madre me iba sacando de aquél atolladero, ella trabajaba de día y de noche, sabía buscarse la vida. Se levantaba a las seis de la mañana, vendía aguardiente, manzanilla caliente a los madrugadores, a los que viajaban a Granada, a los que iban a Alcalá, a los que iban al campo y a los que se levantaban para seguir bebiendo copas de coñac o de aguardiente. 

La tienda iba peor, ya no vendíamos pescado y la competencia se había reconvertido; habían abierto un ‘supermercado’ en lo que había sido el casino de Domingo el de Gregorillo, con nuevas técnicas de venta; la gente entraba y podía escoger los productos que necesitaba de las estanterías, las colocaba en sus cestas y después pasaba por caja y le hacían la cuenta, un sistema al servicio del cliente, con más libertad  pero con menos atención. La cuestión es que el nuevo supermercado aminoró notablemente las ventas en la tienda de mi madre y nos sumió en la tristeza, pero nuestra taberna nos sacaba de apuros económicos. Salíamos adelante y además, teníamos mejores instalaciones, con un salón arriba para alguna reunión o para jugar a las cartas. Incluso, la televisión entró en nuestra casa y en una esquina se colocó un gran aparato para ver los telediarios y los demás programas. Ya no tenía que ir a la Cueva a verla. Y así transcurrían los días.
Frailes iba modernizándose. Los que trabajaban en la fábrica FASA-RENAULT de Sevilla venían de vacaciones en verano y algunos empezaron a pedir en las tiendas nuevos alimentos, como el yogurt, un alimento hecho con leche que decían que era muy bueno para todos, pero sobre todo para niños y ancianos. La gente comenzó a tomarlo y el yogur Danone se fue haciendo muy popular. De una sociedad de subsistencia se iba pasando a una de consumo, pero despacio y poco a poco. Ya no se veía mucha gente pidiendo, la emigración había traído su riqueza y la gente trabajaba por temporadas. Llegó la televisión y los frigoríficos a las casas y -sobre todo- fue llegando el automóvil.
El pueblo prosperó y los que podían se pudieron sacar el carnet de conducir. A través de un examen en toda regla, ante la Dirección General de Tráfico. El examen consistía en una prueba sobre el Código de Circulación y un  práctico, conduciendo un automóvil. Así surgió en Alcalá alguna autoescuela a la que acudieron los fraileros para formar parte de aquello que se llamó “carro de la conducción”. Se veían más motos y coches en las calles e iban desapareciendo los animales de carga como los mulos, los asnos y los carros. La sociedad española, lo mismo que la frailera, se iba modernizando y, a pesar de la Dictadura del general Franco, nuevos aires entraban en el pueblo.
La televisión, la radio y el teléfono estaban en muchos hogares, se comenzaba a introducir nuevos electrodomésticos, como las lavadoras y frigoríficos y todo ello ayudó a las familias y -sobre todo a las mujeres- que eran las encargadas de tener los hogares en buen funcionamiento. El gasto de agua era libre en las casas, pues no se habían instalado contadores. Poco a poco se fue regulando, aunque fue difícil su introducción. Costó trabajo hacerles ver a los fraileros que se dieran cuenta de que el agua era un bien, pero que había que mirar por él porque no era gratis. También costó mucho tiempo y paciencia para que entrara en las mentes del pueblo, porque el agua era abundante en todas las estaciones y el río no se secaba. Igualmente, se fue introduciendo el servicio de recogida de basura, de forma paulatina. Los fraileros lo tiraban casi todo al río en donde se podía ver desde un cochino muerto, escombros de todo tipo, bolsas de plástico … hasta estiércol o turbios de la fábrica de aceite. Aún hoy, sigue alguno tirando basuras al río, a pesar de todas las campañas sobre medio ambiente hechas desde que llegó la Democracia.
La fisonomía de Frailes, también, fue transformándose, pues las edificaciones y las obras se iban haciendo de otra manera. El ladrillo y el cemento eran los materiales más usados, junto con viguetas prefabricadas como las que hacía la empresa Vialca en Alcalá.  De esta manera las casas se levantaban rápido y el yeso y la cubierta de teja vana fueron desapareciendo, aunque esto trajo algunos problemas, como la proliferación de los feos tejados de uralita o la colocación en las fachadas con azulejos como si fuesen cuartos de baño. Éstos también se fueron introduciendo en las casas, como un servicio más para los fraileros, pues en los años 50 y 60 eran pocas las personas que tenían un cuarto de baño en su casa, a lo sumo un pequeño water para hacer sus necesidades. Poco a poco el cuarto de baño fue imponiéndose y los fraileros nos fuimos aseando cada vez más. Fue una evolución importante, pues de orinar y defecar en el tinao, o en cualquier muladar o en el campo, se fue contando con un lugar propio en la casa, con agua fría y caliente que parecía un milagro del progreso y de la naturaleza.
El teléfono también fue cambiando y se fue haciendo imprescindible. La vieja central de doña Ángeles en la plaza de José Antonio desapareció y en su lugar el automatismo se hizo presente, con aquellos teléfonos de mesa y pared que contaban co una rueda que alojaba los números, se marcaba el número de teléfono y al otro lado respondían. Parecía algo mágico o milagroso, poder contactar con alguien que se encontraba a miles de kilómetros y con un simple gesto ponerse a hablar como si tal cosa. Era como algo de brujería. Casi todo iba cambiando y –también- nuestra mentalidad. A pesar de que las conciencias seguían siendo formadas por la dictadura y la Santa Madre Iglesia, el control se fue relajando. La televisión contribuyó a ello, así como las personas que iban a trabajar fuera al contarnos sus experiencias y cómo se vivía en otros países o en otras provincias. Por la “caja tonta” se podían ver otros mundos, otros parajes, otras formas de vestir y de comer.

En aquella calle Tejar, Cuevas y Mesones habían cambiado muchas cosas. Miguel el Señorico había muerto y su casa había sido heredada por Dominica Romero, que tenía un hijo que se llamaba Luis Raya y su hija María. A Luis lo veía bajar desde su casa en la calle Mesones, bien vestido y peinado. Pronto entró en la taberna de mi madre. Le gustaba la cerveza bien fría y los cubalibres con hielo hasta el borde y un gajo de limón. Mi madre aprendió a preparárselos y se convirtió en un buen cliente y en un amigo para mí. Pude entrar en su casa y en su vida y, a pesar de nuestras diferencias económicas y dialécticas, hemos mantenido una relación amistosa siempre. La amistad fue progresando y compartí su casa. Podía entrar en ella sin dificultad y, a veces en verano, iba a bañarme a su pequeña piscina que sus padres habían hecho en la casa heredada. Me trataban bien, pues podía bañarme con toda la familia e incluso me invitaban a cerveza y a un rico salchichón que tenían de la matanza. También instalaron en aquella casa una gran granja de conejos. Los animales estaban en jaulas, en donde había unos recipientes para el agua y el pienso. Cuando engordaban, los vendían a una empresa que venía a por ellos. Yo entraba allí y Luis Raya y su padre me enseñaban todo aquello. Tenían también algunos perros, pájaros de perdiz y escopetas de caza, pues tanto el padre como el hijo eran muy aficionados a la caza y lo hacían en sus fincas y en los cotos. Iban con Ezequiel y Fermín Mudarra a la finca que éstos tenían en la Hoya de Charilla, con algunos alcalaínos como el Santi de las Máquinas, Isidro el de la Pedriza, Santi Hidalgo, José Castro o Miguel Jiménez. Se reunían en la taberna de mi madre para -desde allí- dirigirse al cortijo. Se pasaban cazando la mayor parte de la mañana y, al mediodía, se juntaban para comer. Hacían un arroz caldoso o se comían un choto con cerveza y vino … y luego jugaban a las cartas entre ellos. Se “sacaban las tiras”, como ellos decían, es decir se jugaban el dinero y desplumaban unos a otros.
En alguna ocasión me invitó Ezequiel a ir allí y pude ver lo que hacían, la clásica reunión de hombres para cazar, comer y jugarse el dinero a las cartas. Por la tarde volvían a Frailes y otra vez llegaban a mi taberna a seguir bebiendo cubatas. En muchas ocasiones pedían una baraja y empezaban la partida hasta que amaneciera. La mayoría salía malparada de allí, porque uno o dos ganaban y los demás perdían. Pude ver escenas de diversa índole en aquellas reuniones, muchas de ellas desagradables, porque perder dinero jugando a las cartas es una experiencia especialmente importante y hay que saber ser un hombre en lo bueno y en lo malo. Los que perdían dinero querían recuperarse y pedían dinero para seguir jugando a los que iban ganando y éstos se resistían a dárselo, formando un circulo vicioso que a veces se resolvía mal. La cuestión es que el tiempo pasaba, ellos seguían bebiendo y jugando y los ánimos siempre estaban a flor de piel y las discusiones iban y venían, aunque casi nunca llegó la sangre al río, pero todo esto creaba rencillas entre ellos.

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