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martes, 8 de marzo de 2016

SER DE FRAILES. CAPITULO TRECE


En Frailes había algunos artesanos que elaboraban todo tipo de herramientas y utensilios, arreglaban las cosas que se estropeaban y daban luz a nuestras vidas. Bolilla era uno de esos hombres, tenía una especie de taller en la calle Huertos, junto a la casa de la Mariquilla y junto al río del Chorrillo. Era una fragua como la que Velázquez pintó para el dios Vulcano. Bolilla arreglaba algunos motores, cuando se escacharraba alguna maquinaria de las cooperativas del aceite lo llamaban para repararla pero lo que más atraía mi atención, era aquella fragua ardiendo, con un carbón mineral al que le insuflaban un viento fuerte. Aquello ardía como un ascua viva y allí ponían un hierro y se transformaba en algo incandescente, algo maleable. Bolilla colocaba el hierro en el yunque y con uno de sus hijos, Adriano, daban y daban golpes a aquél hierro incandescente y lo moldeaban a su gusto para hacer almocafres, azadas, rejas de los arados y ventanas. Bolilla representaba la vieja lucha del hombre con sus circunstancias, con los avatares de la vida. El hierro rendido al hombre, representado en aquél perenne fuego  que hacía dúctil y maleable el duro y potente hierro. Allí, casa de Bolilla íbamos los nenes a que le colocaran los aguijones a nuestras trompas para poder jugar con ellas en los recreos de la escuela de don Antonio o de don José. Aquellos hierros de la fragua nos daban esperanzas para vencer aquella vida de penurias y de frío. Allí comprábamos también las bolas de acero y de níquel para nuestros juegos. Sorprendía el tic-tac brillante y pesado.

También había buenos carpinteros, uno de ellos era Pepillo Merino. Tenía su taller en la calle Picachos y, después,  en la calle San José. Pepillo Merino trabajaba con su hermano y con su primo en aquel taller, en donde hacía muebles, fabricaba marcos, puertas y ventanas y colocaba cristales. Tenía maquinaria para hacer su trabajo, como la sierra eléctrica o una máquina vibradora. El serrín que desprendía toda la madera al pasar por las máquinas parecía nieve de madera. Llenaba todo el taller, por eso, cuando entrabas allí, pisabas en blando, las cejas de los carpinteros estaban blancas y las paredes llenas de ese elemento. A las máquinas les metían grandes trozos de madera y de allí saldrían las ventanas y puertas, las camas y armarios, las maletas y perchas. Pepillo trabajaba con su hermano Vicente, un músico aficionado a tocar los platillos. Y con su primo Pepe Magallón, vecino de los Picachos, que después encontró trabajo en un taller de Alcalá, a donde iba todos los días de la semana, en la alsina de Contreras en invierno y en su pequeña moto Derbi en verano.
Había otro carpintero, Antonio el de la Maestra, que vivía al principio de la calle Nacimiento, pero también trabajaba con Manuel Serrano (Manolín) el del salón de baile, y el mismo que hacía ladrillos y tejas con Luis Gamazo. Antonio hacia sillas y trabajaba con su hijo que terminó en Sevilla haciendo piezas para los coches Renault. El director de la fábrica seguía siendo Enrique, don Enrique Medina, hijo del médico don Fermín Medina, al que el pueblo de Frailes le dedicó la calle Hondillo. Por eso el Barrihondillo ya no se llama así, se denomina Doctor Fermín Medina Ibáñez, cambio que a mí no me gustó porque borraba parte de mi historia. Era como si desaparecieran de aquella calle el guarda Moreno, Medina, Amadeo y su hijo, Ezequiel y su familia, Chipi, Molina, las Pulías, el Cojo Canelo, la Bocarrieta o los Escandalosos que también vivían en esa calle en donde ahora vive mi hermana Emilia y Alipio Efraín, el ecuatoriano que volvió a su nación. Y muchas casas vacías, como si ese barrio hubiese sufrido una gran transformación, una hecatombe que solo la memoria ha podido rescatar. Barrihondillo es un nombre que te sugiere algo relacionado con el agua y lo hondo.
López vivía en la calle Elvira, frente al río, y su casa tenía un huerto que ahora cuida su hija Mercedes. Este hombre hacía algunos trabajos con la hojalata: candiles, alcuzas, reparaba cacharros con unas lañas  de hierro, unía pedazos y soldaba pequeños agujeros con estaño. Un hijo suyo se fue a Sevilla a trabajar en la Renault, en cuanto a  su hija tiene especial recuerdo para mí, ya que bailaba conmigo en el salón de Manolín y nunca me negó un baile. En la misma calle vivía Antonio el Cotorro, su mujer y sus hijas. Éstas se dedicaban a coser para la calle, hacían vestidos a la moda, con patrón y buen corte. Tenían una buena clientela y venía mucha gente de fuera a encargarles vestidos. Hasta podía decirse que tenían un pequeño taller, puesto que había mujeres que cosían para ellas e iban por la mañana y la tarde para hacer su trabajo.

El Cotorro era alto y tenía unas grandes manos, encalaba fachadas y paredes, con una vara larga, le colocaba un escobón al final y lo ataba. La cal era viva y reparadora de paredes, la echaba en agua y hacía una mezcla que daba brillo y limpiaba paredes y más paredes. A veces paraba y se tomaba un buen vaso de vino de un tirón. También, había otro encalador que se llamaba Regino, éste en la calle Santo Rostro. A ellos dos les sucedió en el oficio Indalecio Álvarez Moreno, un torbellino que vivía en los Picachos. Mi madre lo amamantó cuando era un bebé y siempre que pasaba por la tienda de María la Betuna le decía algo, así que somos hermanos de leche. Rápido y seguro en su trabajo, no sólo encalaba sino que se hizo pintor y pintaba casas enteras. En el trabajo era efectivo, no perdía el tiempo, iba de un lado para otro y no paraba, un día en una casa, otro en otra, ni para comer. Hacía un trato con el dueño de las casas que pintaba, y para no perder mucho tiempo,  comía con la familia y después continuaba sin parar. Se le veía ir y venir por la calle Mesones, por las Cuevas, tratando de poner en condiciones las casas de Frailes, dándoles brillo y esplendor, como dicen que hace la Real Academia de la Lengua Española.
Los panaderos fueron tan importantes como lo son ahora. Los fraileros comemos mucho pan y hay que tener en cuenta que un hoyo de pan con aceite fue mucho tiempo nuestro alimento principal. En los Picachos había una panadería de la familia de Los Pompas. Una casa grande con un portón de madera y, a la derecha, la panadería propiamente dicha. Olía bien y tenían una buena maquinaría para elaborar el pan, un horno de leña y unas palas grandes. El pan era amasado por el panadero, que trabajaba durante toda la noche amasando y cociendo el pan, unos panes grandes de uno y dos kilos. Allí entré muchas veces.
Luego, de madrugada, lo repartían en burros o mulos con unos grandes serones y así los iban vendiendo por las calles. Una de las personas que repartían el pan era Rafalillo el de la Coral, que vivía al final de la calle Picachos. También vendíamos pan en la tienda y mi madre me encargaba ir a por él pan en un saco que era más grande que yo. Lo llenaba con unos diez panes y yo venía “baldao” por la calle San Antonio abajo. También tostábamos avellanas en el horno: unas latas y un poco de sal eran la receta para un buen aperitivo en aquellos años. Al desaparecer Los Pompas, de la panadería se hizo cargo José Castro y sus hijos y –finalmente- Antonio Castro que, junto a su mujer Carmen, no sólo siguieron elaborando un buen pan sino unos dulces excelentes.

Juan Castro vivía al final de la calle Ancha, en una casona grande pero un poco destartalada. Decían que era el hombre más rico de Frailes, pues tenía muchas fincas e iba mucha gente a trabajar con él, sobre todo en la temporada de aceituna. Juan Castro también tenía un molino de pan, y parece que aprovechaba el salto de agua que venía del Nacimiento para mover la maquinaria. Allí también me mandaba mi madre a por pan. Vendían además harinilla y salvao que nosotros lo revendíamos en la tienda para cebar a los animales, era un buen pienso. Después, se hizo cargo de la panadería un hombre que vino de fuera que se llamaba Malagón.
La casa de Juan Castro era especial con muebles de buenas maderas. Entré en aquella época varias veces. Se podían ver mujeres ayudando a las señoras de la casa que, como ya he dicho, tenía algo de señorial. Como la del médico don Fermín en la calle Rafael Abril o como la de doña Amadora en la Plaza del Rector Mudarra. Eran casas distinguidas, distintas de la mía o de las de cualquier frailero. Casas como la de los Amandos o la de la Pintora en las Huertas, de la gente importante, pudiente, rica. Juan Castro le compró un coche a sus hijos Antonio y Rafael, que eran un poco mayores que yo y, cuando ví aquel automóvil flamante junto a la cooperativa de San Rafael, pensé que nunca podría tener un auto de aquellas características.
 Juan Castro era el prototipo de hombre rico en aquella época, hasta tal punto que mi madre me decía: ‘vives mejor que los hijos de Juan Castro’. Pero este hombre no tenía el tratamiento de “don”. El que sí tenía era el de Dondín. El practicante decía que era un hombre con dos “dones”, el don y el dín.
Después, los fraileros se unieron para hacer una cooperativa de consumo para hacer pan y la instalaron en la calle Tejar, en el solar donde estaba la cooperativa de aceite de San Antonio. Ellos llevaban el trigo y lo cambiaban por pan, mediante unos vales de cartón en donde se podía leer: ‘vale por un kilo de pan’. Había muchos socios que hacían asambleas para discutir sus problemas, muchas veces de forma acalorada hasta que una nueva junta directiva ponía paz. Aquella panadería se convirtió en un refugio para los noctámbulos porque estaba abierta toda la madrugada, allí trabajaba llevando las cuentas Pepe el de la Justa. Algunos panaderos como el alcalaíno Madriles, Paco Martínez Campos o Juan José Esteo, ya repartían el pan en un coche , haciendo sonar el claxon, avisaba a los clientes para que salieran a comprar el pan. Ya se iba haciendo el pan en barras y los kilos de pan grandes iban desapareciendo. También los vales se fueron deteriorando y el pan se fue pagando con dinero contante y sonante.

1 comentario:

  1. Buenas tardes, soy Lucía Medina, Bisnieta de Fermín Medina Ibáñez. Estoy haciendo un proyecto de investigación de historia acerca de los orígenes de mi familia, y me gustaría preguntarle si tiene más información sobre mi bisabuelo y su familia, muchas gracias.

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