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viernes, 18 de marzo de 2016

SER DE FRAILES. CAPITULO CATORCE




Frailes se iba modernizando y, aunque la calle Cuevas y la calle Tejar, seguían siendo el centro de la villa, iban apareciendo nuevos lugares. Manuel Zafra y su mujer Mercedes, por ejemplo, abrieron una tienda de tejidos en la calle Hondillo, esquina con la calle Cuevas. Cabe destacar que aquella tienda tenía dos escaparates grandes que permitían mostrar los vestidos, pantalones, camisas, sábanas, calcetines, colchas y las novedades en el vestir. Aquello cambió la forma de comprar la vestimenta. Las costureras perdieron clientela para llevársela este establecimiento que ofrecía el vestido o el pantalón ya confeccionado en serie por firmas de Barcelona o Madrid u otros lugares. Cada mes llegaban viajantes que enseñaban sus modelos a Mercedes y a Manolo y éstos compraban lo mejor que veían en el repertorio. Aquello supuso una nueva forma de traer el vestido. Los fraileros iban allí, probaban sus tallas y las arreglaban en un santiamén de acuerdo con el gusto de cada uno. No había que esperar a elaborarlas.
Yo iba a aquella tienda muchas veces, miraba los escaparates y entraba. Tenía un olor característico a prendas de vestir, y allí estaba Mercedes, casi siempre muy atareada, y Manolo igual, viendo género, colocándolo en las estanterías y casi siempre había alguien comprando algo. Unos botones, una almohada, una tela, un vestido, unos calcetines o una colonia.
Junto a la tienda de tejidos de Mercedes y Manolo, se levantó otra casa su hermano Miguel Zafra, al que recuerdo vendiendo pequeños y grandes electrodomésticos. Me parece que tenía una moto e iba a muchas partes ofreciendo sus artículos. Recuerdo que en 1964 instaló un televisor en el patio de su casa para que todo el que quisiera pudiera ver la final de la Copa de Europa de Naciones, cuando España jugó contra Rusia y Marcelino marcó su famoso gol de cabeza. Allí se junto una gran muchedumbre y pudimos ver aquel milagro de la victoria de España sobre Rusia. 

Igualmente, Miguel y su mujer Florencia iniciaron el negocio de bordado de velos, cosa que implicó a muchas mujeres en ello. Se trataba de hacer los bordados de los velos. Era un trabajo arduo y lento en el que las mujeres que participaron ganaron algo de dinero, aunque muchas se dejaran la vista en el empeño. Compraban el velo en casa de Miguel Zafra y comenzaban su trabajo con la aguja y el dedal, dando puntadas para rellenar aquellas flores de colores con aquellos hilos especiales. Bordar velos se convirtió en una pequeña salida para muchas mujeres fraileras y para poder sacar algún dinerillo, como ya queda dicho. En un pequeño bastidor iban dando puntadas y puntadas, tardando varios días en bordar un trozo de encaje y sacando tiempo de donde fuera para poder bordar aquellos pedazos de tela. Había algunas que se juntaban y bordaban en un bastidor más grande y así tenían más campo de visión. Una vez hecho el trabajo de bordado, se lo llevaban a Miguel, que les pagaba lo convenido. Yo no sé si era mucho o poco, más bien sería poco, pero este trabajo fue la única salida extra para muchas mujeres de la época. Miguel fue desarrollando, después, este negocio y lo convirtió en Artesanías Florencia. Vendió sus velos bordados en muchas partes de España. Su hija Florencia  y su yerno Vicente lo siguieron y lo trasladaron a Alcalá, en una calle que hay junto al nuevo Centro de Mayores.
La cooperativa de San Rafael también se transformó, hicieron una nueva, con nueva maquinaria para elaborar el aceite, y hasta una entidad bancaria se instaló allí: la Caja Rural de Jaén, con Paco Mudarra al frente como director y Rafael Frías y Antonio Cruz a los mandos. Pronto se convirtió en una puerta para el préstamo y el ahorro y muchos fraileros se hicieron clientes y socios de aquella caja de ahorros. Los agricultores hicieron uso de ella, en la calle Tejar, 5. Estaba incrustada dentro de las instalaciones de la cooperativa y formaba parte de ella. Se subía por unas cuatro o cinco escaleras y había un mostrador donde los operarios atendían a los clientes. La Rural se fue convirtiendo en una entidad que asesoraba para muchas cosas, ya que sus operarios resolvían problemas de los clientes y con ello les hacían la vida más sencilla. Así mismo, fueron desapareciendo los ahorros metidos en lugares como calcetines, liotes o alcancías. 

El dinero de Frailes se fue transformando y la gente confió en estas entidades, a donde los fraileros iban con su cartilla, pedían el dinero que necesitaban y se lo daban si tenían. Algunos incluso comenzaron a pedir préstamos y otros siguieron ahorrando, metiendo su dinero a largo plazo para tener mayores intereses.
Antonio Vela, Pancanto, es otro de los fraileros que ha dado prestigio a Frailes. Siempre lo recuerdo en su casa de los Picachos, charlando con mi madre. Se entendían muy bien, como dos negociantes que eran. Él y su hermano, Manolo el Chófer, tenían un taxi cada uno; el primero hacía viajes a Jaén y el segundo a Granada … o  a donde se presentara. La furgoneta de Pancanto era conocido en todos estos ríos y vegas. Pues este hombre tenía viajeros en Frailes, las Riberas, Mures y Alcalá, a los que recogía según  el cliente le dijera. Su viaje era diario a Granada. Sobre las seis de la mañana se levantaba e iba recogiendo viajeros en los diversos sitios que le demandaban. Así iba llenando el coche o la furgoneta. Disfrutaba cuando la veía llena, ya que era el pan de sus hijos como él decía. Se iba a Granada para muchos asuntos y por muchos motivos:  visitas médicas, a estudiar, a resolver algún asunto en concreto, a coger el tren o un autobús que los llevara a otro lugar de España o Andalucía. La labor de Antonio Pancanto era contentar a todos sus clientes, pero una vez en Granada, tenía muchas horas para hacer mandados.
Yo lo veía mucho en unas cocheras que había junto a la plaza de la Trinidad. Allí iba la gente a buscarlo y siempre daban razón de él, pues era su cuartel de operaciones. Hacía todo tipo de recados a gente de Frailes y sus alrededores, como llevar y comprar lotería para algún bar o particulares, resolver cualquier asunto que le encargara su clientela, pedir número para las visitas médicas, llevar algunos productos que no se encontraban en los comercios de Alcalá, etc. Conocía todos los rincones de Granada: donde estaban las Bodegas Granadinas, donde se podía comer un pollo asado exquisito, junto a una ensalada, donde estaba el comercio de calzado más barato o el producto más inverosímil. Todo esto lo sabía Pancanto. Y además ayudaba en momentos necesarios, como cuando algún estudiante le pedía dinero y él se lo prestaba y luego se lo pedía a sus padres. Pancanto era un hombre para todo. Su cara sonriente la veía al volante de su furgoneta, haciendo ademanes y guiños a los que íbamos subidos en ella. Si tenía viajeros de más, sacaba un banquillo y lo colocaba en un rincón para que se subieran los viajeros más jóvenes; tenía un gran sentido comercial y velaba con celo por su trabajo. Pancanto era realmente un ganapanes.

Yo lo veía allí en mi tienda o en la pequeña taberna, dando carcajadas, fumando con vehemencia, bebiendo un vaso de vino gordo con una tapa, hablando con María la Betuna, trayéndole velas de cera para alumbrar a los santos, o docenas de cohetes que servían para pagar promesas en las procesiones. O apañando un choto, con las mangas subidas y ‘espatarragado’, abriendo en canal el animal, con su navaja afilada o sacándole el pellejo. Siempre con una sonrisa contagiosa y al lado un vaso de vino. Hacía negocios de todo tipo, preferentemente con la setas de cardo: las compraba a los buscadores y luego las vendía en Granada a buen precio. Él sabía donde estaba el bar más barato y las mejores tapas. Por tanto, allí se juntaba con otros compañeros taxistas, jugaban a las cartas, se reían y pasaban las horas. Cuando volvía al mediodía, después de comer bajaba a la Cueva, tomaba café y se lo jugaba al tute. Si ganaba se podía saber por sus sonoras carcajadas. Asimismo le gustaba jugar al dinero, unas veces al platillo y otras al giley. Era valiente para el juego y no lo amedrentaban los que tenían dinero.
Algunas veces colocaba la furgoneta frente a la fuente de las Cuevas, sacaba un cepillo, una cubeta y algún trapo y la limpiaba con esmero para que sus viajeros tuvieran un poco de confort, otras veces llenaba la furgoneta de chotos, o de garbanzos u otras legumbres. Él sabía donde venderlo todo y donde comprar todos los encargos que le hacían. Pancanto, después de muchos años de trabajo, se jubiló y tal vez por eso se quedó bastante triste. Se compró un auto Suzuki para no perder la costumbre de conducir, dejó el negocio en manos de su hijo Manuel y éste lo siguió haciendo como su padre, pero una grave enfermedad se lo llevó en la flor de la vida. Todo Frailes lo sintió. Pancanto fue el taxista de Frailes por excelencia, dejó su impronta y marcó un estilo único. Con un trabajo constante, responsable y tratando de dar a cada uno lo suyo. Sabía que su negocio dependía de los demás y lo hizo bien, cumpliendo con su deber. Yo lo sigo recordando con su sonrisa a carcajadas, con las cosas suyas, imborrable, perenne, agarrado al volante de su furgoneta, llena de viajeros, de chotos, de garbanzos y de sonrisas que se asomaban por las ventanillas, mirando el camino a Granada, en las mañanas de frío o calor o mientras se desperezaba Frailes. Él siguió y siguió conduciendo aquella furgoneta con sus grandes manos, en invierno, en verano, en primavera … y lo sigo viendo, bajando por la calle Mesones, entonces mi madre decía:”ya viene Pancanto” … y los dos se reían. Quiero decir que se entendían, sabían lo que era la vida, ganarse el pan desde bien temprano, cada uno en su puesto y velando por sus hijos. Por eso se reían.

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