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viernes, 7 de octubre de 2016

SER DE FRAILES. CAPITULO VEINTE Y NUEVE



Otras veces me pregunto algunas cosas y pienso que no conozco Frailes. Porque estuve el pasado 23 de agosto de 2014 en el bar el Charro y allí me habló María Adela Mudarra, una joven frailera que es hija de Gregorio Mudarra, al que todos le dicen ‘El Cuqui’ en Frailes. Este hombre ha sido mi vecino durante muchos años, vivía en la calle Horno, junto a la casa de mi amigo Miguel Tello. Gregorio nació en 1953 y es coetáneo mío, yo lo recuerdo con su padre David que es descendiente del Rector Mudarra y recuerdo a sus hermanas Adela y Virtudes que iban a ver a su abuela Virtudes que vivía junto a mi casa. La abuela Virtudes era una mujer encantadora que arreglaba y acogía a toda su familia. ‘El Cuqui’ es peculiar, ha criado y guardado muchas cabras en la Martina y a pesar de que a veces es trabajoso, siempre nos hemos tenido un interés amistoso. Recuerdo algunas historias suyas, como cuando estaba haciendo la mili cerca de Sierra Elvira en Granada y cómo conoció a su mujer. Ahora, lo veo en la calle, en el bar, en el Ayuntamiento, con su voz un poco ronca y me recuerda a su padre David, cuando le decía: ‘Cuqui’, Cuqui’. Lo veo sacando las cabras del corral que tiene frente al Charro. Me contó el alcalde, José Manuel Garrido, que un día fue un hombre a la Martina a comprarle un borrego que no supiera a borrego, y entonces ‘El Cuqui’ le contestó que si no quería que la carne supiese a borrego, lo que tenía que hacer era comprar un pollo. Así es ‘El Cuqui’.


Su hija María Adela me sorprendió gratamente y me lo dijo a las claras; ‘te veo como un tipo serio, que no le dices nada a nadie”. Su sonrisa se abría en la calle Santa Lucía, me cogió del brazo y me llevó a la Casa de la Cultura, mientras me invitaba para hacer un guiso cualquier día o que la acompañara con sus amigos para hacer alguna excursión. Y es, de verdad, ya no voy conociendo al Frailes que emerge, a esta gente joven que está escribiendo una nueva historia, aunque yo forme también parte de esa historia. Hay jóvenes que no conozco, los veo por la calle y no sé de quienes son, pero me sigo informando y trato de ir conociendo al nuevo Frailes. Conozco un poco a Fran Cano, un joven periodista que escribe con el corazón. Leí sus primeros escritos, además del libro que escribió sobre Frailes contando sus vivencias … y me gustó. Yo me veía retratado en la taberna de mi madre, poniéndole vasos de vino a Cabildo, a Luis Gamazo, a mi tío Camilo, y cómo él le servía un cubalibre a algún cliente rezagado en el bar de su padre, en El Charro, que se llena de gente cada día y cómo al mismo tiempo escribía crónicas de fin de semana en el diario Jaén. Sigo y leo lo que los jóvenes fraileros dicen en ‘Frailespático’, y me interesa.


Hay una nueva juventud que está más preparada, que ha estudiado, que ha viajado, que se enamora o se divierte y, sin embargo, no son muy distintos de los viejos y antiguos fraileros, ya que todos llevamos grabado en nuestro cuerpo la marca de la frailestud, que nos mantiene unidos, que nos hace recordar nuestras coincidencias y nuestra identidad. Es como un sello indeleble que tenemos los fraileros, vengan de donde vengan y sean como sean. Una marca que es compartida y que la puede llevar cualquiera que se acerque a Frailes. Una identidad que se ha ido haciendo a lo largo de nuestra historia.  
Mi Servicio Militar siguió adelante, terminé el curso de cabo primero en Sevilla y volví a Algeciras. Allí seguí, pero ahora ejerciendo con la tropa. Visitaba en un jeep los lugares en donde la compañía tenía alguna emisora, algo así como una pequeña habitación provista de una antena que ponía en contacto toda la zona militar del Estrecho de Gibraltar. Por allí, en San Roque, estaba Paco el Boje, al que fui a ver varias veces. Tenía un cuartel muy riguroso y la instrucción era diaria, todo un calvario para él, según me relataba continuamente.

El tiempo transcurrió y me ‘chupé’ los 15 meses de ‘mili’ reglamentarios y volví a Frailes con el firme propósito de terminar el Curso de Orientación Universitaria, un paso previo para entrar en la Universidad. Otra vez a estudiar al Alfonso XI de Alcalá la Real. Comencé el curso con nuevos compañeros, entre ellos Ricardo Bellido, un joven alcalaíno que fue mi mejor amigo en aquellos años y en los posteriores de Granada. Su padre trabajaba en un banco y tenía varios hermanos. La familia tenía una casa en la Fuente del Rey con un estanque al que fui a bañarme alguna vez. Ricardo era y es una persona inteligente y abierta que tenía una afición, pintar, e hizo pinturas y acuarelas y se convirtió en uno de los mejores acuarelistas de Granada. Había otros compañeros, como Teresa, que era de las más brillantes del instituto y se licenció en Filología Hispánica. Otro de mis compañeros fue Paco Juan Contreras, del Castillo de Locubín, apodado El Liebre porque corría mucho.

Allí, estábamos de nuevo entre don Juan Borrego y los demás profesores, antiguos, muchos de los cuales habían desaparecido y habían dejado sitio a otros nuevos. El curso se desarrolló sin dificultades y aprobé el Curso de Orientación Universitario que me abrió las puertas para pasar cinco años en Granada.

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