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martes, 4 de octubre de 2016

CAPITULO VEINTISEIS DE SER DE FRAILES




Mi ciclo estudiantil de Bachillerato en el COPEM  alcalaíno terminó como el rosario de la aurora, con más pena que gloria, y mi sueño de estudiar y hacerme un hombre de provecho se esfumó al no poder superar la reválida de cuarto de Bachillerato. Esto quedó como una losa en mi vida que  aún me sigue pesando. Me sumí en un estado grave de inutilidad y me puse a trabajar a expensas de mi madre. Con 15 años, ni estaba formado ni sabía lo que quería, yo había soñado con estudiar en la Universidad de Granada y ese sueño en 1965 era inalcanzable. Así que vagué por mi vida de adolescente por el Frailes de mis amores e intenté servir en la pequeña tienda y en la taberna. Mientras mi padre se iba consumiendo, mi madre cada vez tenía más ganas de trabajar  y se debatía entre la tienda y la taberna, como mejor podía, rezándole a María Auxiliadora para que la protegiera. Yo no acababa de aprender la filosofía que hay que tener para darle a los clientes lo mejor que llevaba dentro. Veía a los estudiantes que iban a Alcalá a estudiar y sentía una gran envidia. Me decía a mí mismo que yo podía ser uno de ellos, pero mi apatía por las ciencias no pudo salvar el escollo y me vi allí tirado, como si estuviera preso en aquella tienda en decadencia y aquella pequeña taberna lidiando con gente que no me comprendía ni yo a ellos. Pero mi madre trataba de apaciguar los ánimos, aunque yo no entraba en sus razones.
Sigo recordando a mi padre en aquel cuarto de la casa de la calle Horno, enfermo, solitario, y acercarme a él para ver que quería, pero yo no podía solucionarle sus problemas ni él a mí los míos. Y ahora cuando veo a algunos jóvenes que sólo piensan en ellos mismos y a mirarse su ombligo, no encontrando nada mejor que sus propios amigos y su propia vida, pienso que yo sería igual que ellos, que no miraba a mi alrededor para ver lo que había. Pienso que hay que vivir las experiencias para saber lo que es la vida. Pienso que todas las personas debemos saber lo que ‘cuesta un peine’, el esfuerzo que hacen los padres para criar a sus hijos, el sudor que cuesta ganar el pan, las fatigas que pasaron todos los fraileros para hacerse responsables de su propia vida.
Aquella gente que tenía tan pocas cosas, cuando no había armarios, ni cuartos de aseo, ni trabajo, ni sanidad … y fuimos  progresando, cada uno como pudo, agarrándose a una zarza ardiendo. 
Mi punto de apoyo y el que me sacó de aquella vida inútil que me consumía fue don Antonio Lucas Mohedano. Él fue quien me volvió a animar a que siguiera estudiando y por eso vi en él la salvación, o al menos la intuí. Yo estaba allí remolineando, viendo cómo llegaba a sus alumnos, de una forma más natural, más cercana a la que había vivido yo con don Antonio Alba o con los demás maestros. Él se interesaba por sus vidas, por su familia, jugaba al fútbol con ellos, les tenía bromas, entraba en sus casas, hablaba con sus padres, parecía uno de nosotros. Nos iba conociendo. A Pedro el de Morales, a David Martínez Moya, a los mellizos Antonio y Joaquín que tocaban la bandurria y vivían en la calle Almoguer, a Antonio Castro Jiménez, a muchos niños de aquella época los hizo felices. Con sus driblings futbolísticos y  verbales se fue ganando nuestra confianza y fuimos aprendiendo más … y yo me rehabilité con él. Como si fuese un hombre nuevo, volví a creer en mí. Puede decirse que a Frailes lo revolucionó este maestro que vino de Jaén.
Don Antonio Lucas cambió la vida de muchos fraileros y de nosotros, al menos de mí. Lo vimos como un líder natural que se echó a Frailes al hombro. Hubo un momento que Frailes era él, ya que supo conquistarnos con una gran fuerza y aunque esa misma intensidad no se puede mantener mucho tiempo, y es difícil darla a todo el mundo, la realidad es que así fue. 

Los fraileros somos así, divinizamos al que se porta bien con nosotros, lo elevamos a las alturas, como pasó con Alberto Jaime Martínez Pulido. Todas estas personas se convierten en punta de lanza de un pueblo, de un grupo, y ellos deben saber mejor que nadie hacia donde puede conducir esto. Pero cada persona tiene sus intereses y va buscando la forma de resolverlos, eso sí, sabiendo distinguir entre el interés propio y el interés comunitario. Don Antonio Lucas iba conquistando peldaños, un día conquistó a sus alumnos y a los padres de ellos y poco a poco se fue haciendo con gente de todos los espacios del pueblo. Su puesto en la enseñanza era importante y mucho más cuando ya se tiene conciencia de que el saber cosas nos hace más grandes y poderosos, pues sabido es que cuanto más sabemos será más difícil engañarnos. Por eso la gente se volcó con él, le llevaba de todo a su casa y él era consciente de ello. Prosperó él y prosperó Frailes, aunque repito que el idilio no pudo durar mucho tiempo. Don Antonio Lucas se hizo poderoso y se hizo alcalde. Nadie duda de que tenía un gran talento y de que eso fue la base de su ascensión. Pero después lo tentó el poder económico y se enfundó en el traje de un banquero, ya que siempre el dinero sabe ponerse al lado que le conviene.
Yo estaba allí, en una situación difícil y, sin embargo, fue la luz que recibí de don Antonio Lucas la que me rehabilitó y me hizo enseñante, pues lo poco que sabía de francés y de latín lo fui dando a la gente que venía a estudiar el Bachillerato. Al mismo tiempo fui alumno suyo y empezó a prepararme para superar la revalida de cuarto de Bachillerato. Y en pocos meses y por una serie de circunstancias lo conseguimos y a ambos nos vino bien esto. Me preparé, pero no tenía fe en mí. Llegué al Instituto Padre Suárez de Granada y se dio la circunstancia que de presidente del tribunal había un profesor de Física y Química que me había dado clase en el COPEM  de Alcalá. Me conoció y yo a él, y me dijo que había sido un buen alumno hasta tal punto que no comprendía cómo no había superado la reválida. Me dio ánimos y me dijo que no me preocupara por el examen, cosa que así fue. A los pocos días recogí las notas y el examen lo había superado. Pensé que había sido un milagro, pero fue la fuerza que me había dado don Antonio Lucas y el ‘capote’ que me echó aquél profesor de Física y Química que había creído en mí. Y todo aquello me dio fuerzas para seguir estudiando y me permitió ver el cielo abierto para continuar.
La tristeza que había llevado en mi cuerpo durante tres o cuatro años por verme tan inútil de no haber podido superar la revalida de cuarto, se tornó en alegría y empecé a tener esperanza, aunque aún seguía soñando con don Juan Borrego y su suspenso en Matemática. Era como una losa que se repetía una y otra vez en mis sueños: como una pesadilla continua que se representaba cada noche. Yo veía a Antonio García Barrero cómo iba superando sus cursos, cómo iba haciendo su carrera de Magisterio …  y yo, en cambio, cada vez me hundía más. Por medio de la enseñanza y el estudio, en aquella época, se podían superar muchas cosas y. como yo no pude hacerlo en mi tiempo,   luego me costó más trabajo rehabilitarme, creer en mí y saber que podía hacer lo que otra persona. Pero fue una tarea lenta y en el camino algo de mí debió de quedarse. Algo que sigo buscando y que es difícil darse cuenta de ello.
Yo logré ganarle una buena batalla a la vida. Seguía allí, en la tienda y en la taberna, poniéndoles vasos de vino a Cabildo a Luis Gamazo, a Justo Pelapollos, a Migueliche, a Luis el de Gregorillo, a Valentín el Gitano, a muchos otros. Todos empezaban tranquilos, educados, con ganas de estar bien pero, cuando el vino manchego iba apoderándose de su cuerpo y de su espíritu, todo cambiaba. Entonces salían a relucir sus diferencias, sus defectos, sus malas maneras o las mías por no saber encauzarlos. A veces creo que un tabernero tenía que ser como un padre espiritual o un psicólogo. Pero yo no estaba preparado, los aguantaba hasta cierto punto y cuando no podía más, me evadía y llamaba a mi madre para que lidiara con ellos y ella. Porque ella sí sabía darle a cada uno lo suyo.
A la tienda entraba cada vez menos gente y cada vez teníamos menos cosas que vender. Seguíamos ofreciendo cal y cántaros, salvao y harinilla, velas y salchichón, arroz y azúcar, que ya venían empaquetados. Algunas veces teníamos fruta, pero ya no era traída directamente de Alcalá, porque mi padre no estaba y mi hermano se había ido a buscarse mejor la vida. Mi madre buscaba otros proveedores, como dos hombres que venían de Alcalá con un pequeño camión. Se llamaban Rosales y Pastor, y después de hacer su venta ambulante por todo Frailes, al final llegaban a ver a mi madre y le ofrecían lo que les había quedado. Si se ponían de acuerdo, dejaban cajas de tomates, pimientos, pepinos, melones, sandías … Todo en poca cantidad porque las ventas eran escasas.
A la taberna venía más gente y suspirábamos por los días de fiesta, sobre todo San Pedro, que era especial. Porque junto a nuestro pequeño bar se celebraba el baile y por allí pasaba la procesión. Los bailes de San Pedro eran espectaculares, pues venían los mejores conjuntos musicales y orquestas del momento. La calle Cuevas, la calle Tejar, Mesones y hasta las Eras del Mecedero se llenaban de gente. Había un bullicio continuo, ya que era la gran fiesta anual junto con la feria de septiembre. Por allí se instalaban algunos feriantes, además de los columpios, las cunas voladoras, las casetas de tiro y los futbolines. Algunas de estas personas se quedaban un tiempo por allí, como Chamaco y su mujer que pasaban una temporada con nosotros. Había otro hombre que tenía una pierna de palo y venía con un tiovivo, es decir, unos caballitos que se movían a través del impulso que aquél hombre le daba con sus manos. A veces los muchachos le ayudábamos, nos metíamos dentro de aquel artefacto y empujábamos aquellos caballos de madera pintada de colores vivos. Junto a la tienda de mi madre hervía toda aquella fiesta. El Cinema España proyectaba las mejores películas del momento en varias sesiones y el salón de Manolín ofrecía las mejores orquestas. Nosotros colocábamos sillas y mesas por toda la calle, y allí se sentaba mucha gente, elaborábamos patatillas fritas, filetes de lomo, chuletas empanadas, teníamos envases llenos de cerveza, gaseosas con hielo para que las botellas estuvieran bien frescas, qué sé yo, de casi todo.
La fiesta duraba dos días, San Pedro y San Pedrillo y, si se daba bien y las ventas eran buenas, la ganancia era importante y suponía un buen dinero anual para nuestra economía. Venía gente de todos los pueblos de alrededor, de Alcalá y sus aldeas, Castillo, Valdepeñas … y sobre todo muchos jóvenes de la aldea de Santa Ana para ir al baile y buscar novia. La gente hacía cola para sacar la entradas. El salón de Manolín se llenaba hasta los topes. Cuando hacían un descanso, salía una muchedumbre por la puerta que buscaba bebida fresca, y allí estábamos nosotros para saciar la sed y el hambre. Los que bailaban se desparramaban por todos los bares y tabernas, por la Cueva, el bar Nuevo, por la carretera, salían a pasear las parejas y a robarse besos consentidos en la oscuridad.
La fiesta de San Pedro seguía y seguía y, ya en la madrugada, se había vendido casi todo. Las neveras quedaban vacías, la cocina llena de cachorros, el suelo lleno de suciedad y muchos cuerpos derrotados, unos por el esfuerzo y otros de la diversión. Había alguna pelea entre los cortijeros que acudían de Los Rosales, del Albejanal, del Saltaero, de Cova la Yedra, del Espinar, de la Hoya del Salogral. A mí no me gustaba la fiesta de San Pedro porque me suponía estar varios días ‘atado’ al negocio, sin poder salir de allí, trabajando sin parar, preparando muchas cosas. Era trabajar para que otros se divirtieran y así era siempre cuando había fiesta. Tenían la sensación de ser un esclavo que -cuando todos se divertían- yo tenía que trabajar más. Todo el día allí, a todas horas, una pesadilla en la que no podía dejar de pensar, pero era nuestra forma de vida. Mi madre bien que me lo repetía una y otra vez, pero yo nunca lo comprendí. Ahora sí, cuando ya voy para mayor y me doy cuenta de que aquél era nuestro trabajo. Lo que sí hacía era perderme en cuanto podía: me salía de la taberna y me iba por ahí, a bañarme, a recorrer el río, a jugar al fútbol … aunque las ausencias que me permitía me creaban cierto desasosiego al pensar que mi madre me echaba en falta y así era. Cuando volvía me reprochaba mi ausencia y la falta que le hacía allí, para ajustar una cuenta, o para vender algo en la tienda o en la taberna. Las fiestas eran casi todas iguales: bailes, cine y, si era la festividad de un santo, la inevitable procesión.

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