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martes, 11 de octubre de 2016

SER DE FRAILES. CAPITULO TREINTA Y DOS




Fueron dos años difíciles porque, aunque tenía un coche no contaba con dinero ni para gasolina. Era una contradicción, así que abrí de nuevo aquella taberna, con el pequeño mostrador, con las pequeñas estanterías y con las antiguas botellas de Terry, Tío Pepe, o ginebra Larios o Rives. Pero no entraba mucha gente, que digo mucha, me veía negro para encontrar un cliente. Sí entraba Antonio Cabildo, aquel hombre soltero al que le gustaba el alcohol, que estaba tranquilo mientras no bebía, que se alteraba cuando iba tragando vino o combinados; aquel hombre que compraba un saco de pan, lo dejaba allí en la taberna, le añadía un poco de pescado y aparecía al final del día, aún más borracho, a veces despeinado, con la camisa rajada y volvía a pedir otro vaso de vino, gordo, lleno hasta lo alto; aquel hombre que se aproximaba el vaso a los labios, lo cataba y volvía a colocarlo en el mostrador; el que hacía aspavientos, daba alguna voz que otra, salía a la calle y daba vueltas como buscando algo que no encontraba nunca y que entraba y daba pequeños sorbos a su bebida. Intentaba subsistir en aquel mundo frailero. Traté de montar un bar con música, compré un equipo en Granada y lo coloqué en lo alto del mostrador, con música actual como Supertramp, Silvio Rodríguez, Aretha Franklin, Mike Olfied, Dire Straits, Alan Parsons, Bee Gees, Rod Stewart , José Luis Perales, Aute, Triana y muchos otros. Compré taburetes pequeños y mesas bajas e intenté que entrara la gente al local.

En el verano conseguía atraer a algunos grupos, como los sevillanos, así Pepito, el hijo de Dionisio y de una hija de la Pulía, ellos  entraban y acarreaban a mucha gente, porque tocaba la guitarra y cantaba y nos divertíamos mucho. Es cierto que el bar se llenaba todas las noches, pero eso duró unos veinte días. Después del verano volvió la normalidad y los clientes fueron escaseando, por consiguiente pasaba la mayor parte del día en la puerta mirando a los que pasaban. A veces compraba cajas de naranjas, las vendía baratas y me las compraban, pero los clientes seguían de largo e iban a comprar al supermercado de enfrente que tenía muchos más productos y más baratos. Otras veces cerraba el negocio, me metía en el bolsillo el poco dinero que tenía y cogía el coche y me iba a ver a una novia que tenía. Cuando volvía a los cuatro o cinco días, el dinero lo había gastado y los clientes del bar cada vez eran menos.


Intenté prepararme las oposiciones de profesor de Instituto, pero cuando vi el temario me desilusioné, por lo que fui más modesto y comencé a prepararme una plaza de auxiliar administrativo que parecía que iba a sacar el Ayuntamiento de Frailes. Me pasaba los días haciendo prácticas de mecanografía y estudiando un libro con unos cuarenta temas de Administración local, de tal manera que llegué a dar más de 500 pulsaciones y me aprendí de memoria aquellos temas. Mientras esperaba en el bar que entraran los clientes, repasaba los temas y seguía con las prácticas de mecanografía, así un día tras otro.

En Frailes ya gobernaba en el Ayuntamiento la Unión Progresista Independiente, y la alcaldesa era Maravilla Anguita Delgado que vivía en su casa de la plaza Rector Mudarra. Aquella mujer era muy religiosa, soltera, y yo no gozaba de sus simpatías porque, una vez que llegó el Gobernador Civil a Frailes, lo abordé y le pedí trabajo para los jóvenes y para mí también. Por supuesto que aquel hombre no me hizo ni caso y pasó de largo a pesar de mis protestas.

Me presenté a las oposiciones de auxiliar administrativo con 17 aspirantes más. Fuimos quedando cada vez menos en los diferentes ejercicios y, al final, me quedé yo solo –allí- frente a Maravilla Anguita Delgado. Me preguntaron sobre los presupuestos municipales, les contesté lo que sabía y al poco rato me dijeron que dejaban la plaza desierta. Todo esto fue en el verano de 1981, pero para el 9 de diciembre del mismo año, se convocó de nuevo dicha plaza. Me había preparado mucho más, acudimos otras diecisiete personas y fueron quedando atrás como en la anterior ocasión. Me quedé solo de nuevo pero esta vez no fallé … y me tuvieron  que dar la plaza provisionalmente. Aquel mismo día me instalé en el puesto de trabajo. Aquello fue una liberación total, algo que al principio cambió mi vida. Fue como una despedida a la tienda y a la taberna de mis padres, una despedida a aquel mundo de clientes, a un mundo de dependencia, de no poder salir de aquellas cuatro paredes, donde siempre había que tener las puertas abiertas para que entraran los pocos clientes que tenía.


Me instalaron en la primera habitación del viejo Ayuntamiento de la plaza de José Antonio, con un mostrador y unos cristales altos. Hacía certificados en las paredes y aún estaban colgados los retratos de José Antonio Primo de Rivera y del generalísimo Franco. Estaba Guerrito, cuyo nombre en realidad era José Antonio Garrido; estaba Manuel Moya Milena, el municipal de toda la vida, el hombre que me había multado alguna vez; estaba Lopecillos, al que todos le llamábamos el pregonero y -sobre todo- estaba Francisco Alcaide, el hombre que movía los hilos de todo aquello. A veces, durante la semana, llegaba la alcaldesa, Maravilla Anguita Delgado y aquella mujer no me miraba ni me dirigía la palabra. Parecía como si yo no estuviera allí, me ignoraba por completo, ya que -repito- yo no era santo de su devoción.
Pronto se fue el secretario municipal que había y contrataron al mismo que estaba en Alcalá, llevando así los dos municipios. Su nombre, José María Robles Tárrago. A eso le llamaban acumulación. Creo que le pagaban 57.000 pesetas al mes. Mi primer sueldo fue de 28.000 pesetas y me parecía todo un capital para mi solo. Cuando cobré me fui a Granada y visité a mis amigos Manuel Marín y Eduardo Araque que seguían en la ciudad de la Alhambra.
           Robles Tárrago era abogado, conocía las leyes, él llevaba el Ayuntamiento de Frailes por acumulación, pero iba poco por allí, a lo máximo unas horas a la semana. Me llamaba por teléfono y me decía los asuntos que tenía que preparar. Recuerdo que una vez me dijo que íbamos hacer el presupuesto municipal y en pocos minutos lo tenía terminado.
Pero aquella situación duró poco, para 1982 ya había un socialista al frente del Ayuntamiento de Frailes; era Antonio Garrido Romero, el hijo de Mangote, un agricultor. Los modos fueron cambiando en la Casa Consistorial, al menos para mí. Este hombre si me saludaba y contaba conmigo, incluso me consultaba muchas cosas y cambió bastantes. Una de ellas fue que nos fuimos del edificio de aquella vieja construcción de la plaza de José Antonio Primo de Rivera y nos instalamos en un sitio peor, en la calle Almoguer, en una casa vieja que había sido el antiguo local de Manolillo el del Casinillo. Allí en unas cámaras viejas, frías y con muchos problemas, se instaló la administración municipal frailera, hasta que Antonio Garrido, Manuel Ruiz López, César Marañón (el nuevo secretario municipal) y un servidor nos trasladamos un día a Granada, en busca del médico don César Granero Gasquez. Este era el dueño de un chalet que se había edificado en la calle Santa Lucia, 10 y, después de negociar durante una mañana, Antonio Garrido Romero, el segundo  hijo de Mangote, aquel tabernero de la calle Huertos, llegó a un acuerdo con aquel médico hosco y tímido, cuya simpatía era más bien escasa entre los fraileros. Así fue como el pueblo de Frailes adquiría aquél chalet por la cantidad de seis millones doscientas cincuenta mil pesetas. Una buena compra que hay que agradecer al empeño que puso Manolo el Sereno para la adquisición, pues le unían lazos de amistad con el médico, ya que ambos eran amigos y confiaban el uno en el otro. Y también al empeño que puso el alcalde socialista para que Frailes contara con un buen edificio para su Ayuntamiento. 

Fue la noche del 28 de octubre de 1982, cuando César Marañón y yo nos dimos un paseo por Frailes, tras el escrutinio de las Elecciones Generales en las que ganó por mayoría absoluta el PSOE. Nada menos que 202 escaños de los 350 de los que constaba el Congreso de los Diputados. Nuestros cuerpos parecían que flotaban en el ambiente y junto al puente de las Cuevas divisé la casa de María la Betuna y el río medio seco que me llevaba directo a aquella infancia de recortes y miserias. Y fue precisamente con César Marañón con quién celebré el “cambio”. Con él, que era un descendiente de Los Gaticos, aquellos alcalaínos que habían vendido el pescado a mi padre, Juan Campos, y el que lo traía a Frailes en su burro. César era un joven alcalaíno que había aprobado las oposiciones de secretario de Ayuntamiento y Frailes fue uno de sus primeros destinos.

Aquella noche vimos las estrellas del firmamento frailero y
conversábamos sin parar de los sueños de nuestro futuro con el triunfo de los socialistas. Pronto se unieron a nosotros otros concejales del PSOE como Pepe Bollo, que había sido chófer de un magnate español y había conducido automóviles de lujo, llevando a aquellos señores tan ricos en su interior. Era tal la alegría que teníamos que el tiempo se fue consumiendo sin cesar. Nos habíamos pasado todo el día velando aquellas elecciones generales, visitando el lugar donde estaban las urnas, haciendo el recuento y el escrutinio y aún recuerdo la voz de los presidentes de aquellas mesas contando los votos y leyendo PSOE, PSOE, PSOE … Los montones de papeletas del PSOE eran el doble o el triple que la de los demás partidos. Y la esperanza llegó a nosotros, como si todos hubiéramos conseguido aquel triunfo. Parecía que Frailes y España se iban a transformar y que el cambio sería verdadero, que la democracia española funcionaba, que después de un partido podía gobernar otro. Y miraba los telediarios y observaba la figura del aquel joven y sonriente Felipe González y de Alfonso Guerra, alzando las manos con los puños cerrados y las calles llenas de gente contenta y  llena de alegría. Parecía como si no se creyeran lo que había pasado. Era como algo grande, como si Pepe, Antonio, Manuel o mi vecino fuesen Felipe González o Alfonso Guerra. Era el triunfo de la sencillez, de las personas normales, de mi vecino. Era el triunfo de cualquier persona. Yo pensaba que todos seríamos iguales y parecía que todo lo que oía en los telediarios tenía sentido y no aquellas frases hueras de los ministros franquistas que nadie entendía, o al menos yo nunca entendí. Y parecía que todo lo que decían los socialistas era verdad. Aquello que prometían se cumplió,  y llegó la sanidad universal, aquella que hizo posible que ya no hubiera nadie sin derecho a un médico, y a cada uno nos llegó la cartilla para poder ir a cualquier consulta médica, nada más y nada menos.

¡Qué maravilla! Ya no tenía que sufrir y llorar para poder ir al médico o a cualquier hospital. Cada día era un nuevo día, todos llenos de esperanza, de sueños que se iban cumpliendo. Al Ayuntamiento de Frailes llegaban personas de la Administración que nos animaban a pedir dinero: “que hay mucho y para todo”. Yo no me lo creía y es que el dinero llegaba a Frailes para un nuevo colegio, para el consultorio médico, para el nuevo Ayuntamiento, para nuevas calles, para rehabilitar viviendas, para pensiones no contributivas, para levantar un hogar del jubilado. Y así un año tras otro.

Había dinero para los parados, mucho dinero, tanto que todo el mundo en Frailes quería ser parado, y con lo que les daban en el paro y lo que conseguían por otro lado se juntaban buenos jornales y la fisonomía del municipio iba cambiando. Se iban levantando nuevas casas, bien armadas, encofradas, a algunas le colocaban azulejos en las fachadas y eran muy feas, horribles y  parecía que el dinero no solucionaba problemas de estética y de sentido común, pero sí solucionaba los problemas económicos.

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