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domingo, 8 de enero de 2017

CEREZO GORDO, UN ESLABON ESENCIAL EN LA RUTA DE LOS MILAGROS

La carretera hasta la cortijada de Cerezo Gordo ha sido arreglada por la Diputación Provincial de Jaén, así que los grandes baches han desaparecido e ir hasta allí es un paseo apacible, con unos paisajes asombrosos y con sorpresas adecuadas. Allí, aún hay una mezcla de lo arcaico con lo actual, en la puerta de cada cortijo hay un coche todo terreno o de alta gama, contrastando con piaras de cabras y con rebaños de ovejas. Y allí, sobre todo se encuentra la casa del santo Luisico y el lugar sigue siendo mágico y con una serie de connotaciones difícil de explicar. Allí se respira una aleación de tranquilidad con pellizcos en el estómago y hay que mirar a todos lados para saber que estamos en plena Ruta de los Milagros.
Desde los primeros cortijos hasta llegar a la casa del taumaturgo hay que recorrer una senda pendiente, salpicada de corrales con perros grandes que ladran pero con buena cara que al hablarles menean el rabo y agachan la cabeza. Las cabras están bien criadas y saltan en cuanto ven a alguien. Andando, los visitantes van viendo el paisaje que se abre a sus ojos, por un lado la maleza llena de encinas, a otro los molinos que generan energía eléctrica y un poco más allá la Sierra del Trigo. Los caminantes siguen avanzando hasta llegar a casa de Ana María, la eterna residente de este lugar, una mujer apacible y servicial que conserva la sonrisa de su juventud y el talento de los mayores. Ella, al tocar en su puerta, no pide el DNI sino que con voz serena invita a pasar sin cortapisas. Ella tiene la llave de la casa del santo Luisico y nada más que decírselo, nos la entrega y la comitiva emprende el último tramo hacía la casa del famoso sanador. Pronto se alcanza el prado del Cerrillo del Olivo, un lugar con connotaciones espirituales, donde el cielo está más cerca.

Luis Aceituno Valdivia más conocido como Santo Luisico, nació a principios del siglo XIX aunque la fecha no está contrastada, vivió en El Cerrillo del Olivo, paraje de Cerezo Gordo, perteneciente al término municipal de Valdepeñas de Jaén, aunque en sus primeros años habitaba en el cortijo de la Zarzuela. Vivió durante el siglo XIX y principios del XX, a escasos kilómetros de la casa de Custodio. Era de familia humilde, su padre era pastor y agricultor y él desde niño comenzó a aprender estas labores. Decían que se iba al campo y los padres se preocupaban por estar solo y pastoreando por aquellas sierras, pero el niño les contestaba que siempre le acompañaba un niño que era Dios. Pronto se conoció los poderes que tenía el niño y la gente comenzó a acudir a él, y le besaban la mano en señal de respeto. Curaba por imposición de las manos y con papel de fumar como si fuese una píldora. Se considera el primer taumaturgo de la Sierra Sur y su continuador fue el santo Custodio según las creencias populares. 

Al abrir el portón grande y principal de la casa hay un patio empedrado y en frente hay dos puertas, la que está a mano izquierda es donde Luisico recibía a las gentes. Al abrir la puerta se presenta una habitación que da sorpresas a los ojos, a la izquierda hay un retrato de Luisico, sentado en una silla de anea, con un sombrero en su pierna derecha, con la mano derecha encima. Rodean al cuadro decenas de flores, otros pequeños cuadros e imágenes de la Virgen. Hay un mapamundi y un cuadro de la Virgen de las Mercedes alcalaína. Por toda la estancia hay pequeños retratos de personas que han visitado el lugar, los llamados exvotos que según cuentan, los cuelgan allí para dar gracias o pedir algún favor. Por la parte izquierda, hay unas escaleras de yeso y en sus paredes cuelgan, también, exvotos. Toda la habitación está en penumbra y como misteriosa, es un lugar preparado para la meditación, la oración y el pensar en el más allá. Se siente algo especial que entra por la piel como si fuese un rayo de luz. Al salir de allí, parece que se ha estado en otro mundo. Pero el paisaje es hermoso y hay tres árboles agrupados donde el santo Luisico solía sentarse y rezar, le llaman ‘Las Tres Marías’ (Dios Padre, Hijo y Espiritu Santo). Sentados allí, con aquellas sombras y viendo el paisaje, parece que la tranquilidad se apodera de los cuerpos y una especie de espiritualidad se apodera de las mentes.

Para volver hay que andar unos cientos de metros, hay muchos tejados con uralitas que dan un aire vulgar a este lugar, pero las edificaciones siguen teniendo el sabor de los tiempos pasados, con muchos gatos en las puertas de los cortijos, aparatos para cultivar el campo y alguna lata de pintura vacía. Pero en la distancia se oyen balar a los pequeños corderos que buscan las tetas de sus madres. Hay bolsas de plástico en las puertas que contienen un pan recién hecho, el panadero los acaba de dejar allí. Hay varios cortijos cerrados y otras cabras estabuladas en grandes corrales, con perros ladrando.
Hay que despedirse de Ana María, esta mujer apacible y serena que lleva mucho tiempo dando la llave de la casa del santo, antes estaba su marido Domingo con ella, pero ya no está. Ellos elaboraban una rica miel y un queso riquísimo.

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