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jueves, 7 de abril de 2016

SER DE FRAILES: CAPITULO DIECISEIS




Si hay que definir con palabras la etapa de los años 1950 y siguientes, creo que la clave está en la subsistencia, en resistir para seguir viviendo. Casi todo era precario en aquella época. Había poca comida, no había cobertura para la sanidad, porque no había sanidad universal, y funcionaba una cosa que era la beneficencia. En el Ayuntamiento había una lista para ello y, en muchos casos, se apuntaban los que más tenían. La gente su buscó la vida como pudo hasta los años 1960, cuando pudo salir a encontrar algo de trabajo fuera. Unos eran mozos de los ricos y buscaban su pan en esas familias más poderosas que tenían, al menos, aceite y pan para seguir. Otros lo eran casi como esclavos, como muleros y mozos, que llevaban a trabajar una yunta e incluso dormían en la cuadra con los mulos. Las mozas que hacían el trabajo en muchas casas de los llamados señoricos son otro ejemplo de ello. Trabajaban todo el día, no tenían sueldo y estaban a las ordenes de la familia para todo. Y daban gracias a Dios por ello, porque al menos tenían algo que llevarse a la boca. Los gitanos y muchas familias pobres que vivían por Triana, la calle Carboneras o en las casillas de Cuatro Vientos iban a pedir cada día a las casas de los pudientes. Frailes era una sociedad de subsistencia, en la que había que hacer méritos para seguir adelante, no ser fichado con algo que fuese en contra del régimen establecido. Mi madre me contó que su primer trabajo fue de moza en la Fuente del Rey, con la familia Garnica. Allí vivía con ellos y no tenía tiempo más que para trabajar. Mi padre iba a verla y casi no podía, se veían de tapadillo, por eso cuando se casó, vivió más independiente y se fue buscando mejor su vida. Era capaz de ir andando desde Frailes a la Ribera Baja para allí -en el molino de Santiago Hidalgo- poder comprar dos sacos llenos de pan que pesaban unos 40 kilos y volver a Frailes cargada. Después vendía los panes por las calles para ganar algo, e incluso si vendía pronto el pan, volvía a por otro saco y seguir vendiendo. Por eso, mi padrino de bautizo fue Santiago Hidalgo y por eso me llamo como él.
Algunas veces fui a aquel molino y conocí a mi comadre. Allí, en aquel molino de la Ribera Baja  pasé algunos días, jugando con los palomos. Una vez me regalaron una pareja que metí en mi pajar y las ratas le comieron el buche. Yo le decía a Miguelín Tello que tenía un palomar con palomas buchonas que arrullaban sin parar en donde había una tablilla por donde los palomos entraban y salían. Allí veía los nidos y los palomillos cuando salían de los huevos. Era un lugar mágico al que a veces entraba por un portón lateral que tenía la casa, pero no era la puerta principal. Yo merodeaba por la calle Horno para tratar de ver a Miguelín, pues era mi mejor amigo y le tenía casi devoción. 

A veces entraba en la casa y tenían una moza, la María de la Fea, que les  hacía todas las cosas. La casa tenía un salón bonito, la cocina, arriba los cuartos para dormir y junto a la cocina había una especie de ‘cañustro’ donde habían colocado las pilas del agua. Frente a ellas estaba el portón de la cuadra y –encima- el pajar y el palomar. Miguel tenía un hermano que se llamaba David, unos años mayor al que le decía “manito”; se querían mucho. David se fue a Jaén a estudiar para perito y después trabajo en la Fasa-Renault de Sevilla, pues eran sobrinos del médico don Fermín. David y Miguel estaban muy unidos y tenían más o menos las mismas inquietudes, conocían la música de la época y en la puerta de su casa, en un bolivo que había, pasábamos ratos escuchando la radio, cantando Paul Ancha o José Luis y su guitarra.
Santiago Hidalgo tenía un hijo que también se llamaba Santi y vino a Frailes a vivir y fue el responsable de la Caja de Ahorros de Granada en la plaza del Rector Mudarra. Compró la casa de enfrente, que era del secretario don Sebastián, y allí se instaló con su mujer Mercedes Aceituno, que era maestra. Tuvieron dos hijos Maite y Santiago.

Y como decía, la sociedad frailera de esta época subsistía como podía y -hasta 1960- reúne una serie de características que han sido estudiadas por expertos como Salustiano del Campo y María del Mar Rodríguez-Brioso. Ellos afirman que la transformación de la familia extensa a la familia nuclear se produjo antes de los años cincuenta y posteriores, primero con el desarrollo económico y de industrialización y con los cambios que hubo en el número de hijos. En Frailes se acentúan estas características de una sociedad cerrada, con muchas familias que necesitaban a alguien que las protegiera, de ahí que la gran mayoría de las hijas de estas familias estaban de mozas o sirviendo con las familias pudientes, los llamados ricos … aunque muchos de estos ricos sólo lo eran de apariencia. La mayoría llevaba una vida oscura y triste que se puede resumir en la película de David Trueba ‘Vivir es fácil con los ojos cerrados’. En Frailes, como en España la sociedad de los años 40 y 50, no experimentó grandes cambios respecto a la generación de la postguerra. A pesas de que el tamaño de las grandes ciudades continuaba aumentando, seguía dominando la población rural. Era además una sociedad muy polarizada en ricos y pobres, con una casi inexistente clase media.
El franquismo contribuyó a extender en esta generación una mentalidad tradicional, católica y autoritaria, basada en valores religiosos y con una moral muy estricta, especialmente en los comportamientos sexuales. Además se trataba de una sociedad basada en la discriminación entre vencedores y vencidos, militares y civiles, hombres y mujeres, etc. Según el profesor de la Universidad de Jaén, José Luis Solana, la represión que, entre 1939 y 1945, y en interés de la oligarquía agraria, llevó a cabo el régimen fascista nacionalcatólico permitió a los propietarios explotar impunemente la mano de obra jornalera. Las condiciones de vida de los jornaleros empeoraron considerablemente; a condiciones laborales explotadoras y altamente precarizadas, se sumó una bajada en picado de los jornales, cuyo valor descendió un 40% entre 1940 y 1950.
En esta situación de derrota político-militar de las clases proletarias, de imposibilidad de lucha política, de sobreexplotación laboral y de pésimas condiciones de vida, a la población campesina no le quedó más salida que la emigración. Se calcula que unos 700.000 campesinos andaluces emigraron durante la década de los cincuenta. Éste éxodo campesino se incrementó durante la década de los sesenta y mediados de los setenta, como resultado de la crisis de la agricultura tradicional y el desarrollo de la modernización agraria emprendida en el contexto del desarrollismo franquista. En torno a un millón de andaluces emprendieron durante este período el camino de la emigración.
Las fuerzas vivas de Frailes estaban a la cabeza de esta sociedad: el alcalde y sus concejales eran elegidos a dedo por los pudientes y le daba el visto bueno el Gobernador Civil en Jaén; el sargento o el cabo primero de la Guardia Civil era el Jefe de Puesto y mantenía el orden, ejerciendo un control exhaustivo en todo el municipio; el cura mantenía el orden moral y el médico y el practicante, así como el juez de paz eran los que mandaban en todos los órdenes.
Hasta los años 60 la sociedad frailera siguió siendo oscura, con miedo y con pocas alegrías, después la gente comenzó a salir hacia Madrid. Barcelona, Bilbao, Valencia y se intensificaron los movimientos migratorios y fue experimentando un cambio radical.
La zona de las huertas, y donde actualmente se ha establecido el centro de la villa, era una extensión de terreno sin casas en donde había árboles frutales, hortalizas y alguna que otra noguera. Eran las huertas de Merceditas y de Liborio y de sus cerezas, peros, manzanas dábamos buena cuenta los niños del barrio de la plaza Rector Mudarra y de la Iglesia. Liborio Pareja tenía una casa grande, la ‘Casa de la Pintora’, que actualmente se está rehabilitando. A este hombre le gustaba mucho la caza y tenía un cortijo en Los Barrancos, y muchas veces en verano hacíamos la ruta de los estanques para ir a bañarnos, primero al estanque de Laza, tras de la calle Picachos. Era el estanque un lugar en pleno campo, con muchas chinas, rodeado de olivos. Nos tirábamos en pelotas al agua hasta que venía el dueño y salíamos corriendo cada uno por su lado. Cuando nos recuperábamos, íbamos campo a través hasta Sotorredondo, por los Cantones, y llegábamos al río en donde seguíamos bañándonos. Subíamos un poco más hasta el estanque de Saturno, rodeado de cerezos y hortalizas, y nos tirábamos al agua, comíamos cerezas y proseguíamos la ruta hasta los Barrancos, donde nos tumbábamos a descansar en unas piedras que había junto a la alberca. Allí pasábamos varias horas, hasta que llegaba alguien y salíamos corriendo. Era así nuestro periplo veraniego, con  amigos como Paco Belmontes, Cañete, Antoñino, Antonio Medina, algún hijo del Tío la Luz, el Nono del Pepillo Merino, Rafa el de Caridad y algún otro. Otras veces nos íbamos a descubrir cuevas, como una que había en la era de Federica, en lo alto de los Picachos. Pero cuando la vi me defraudó porque no era grande; la que si fue interesante, era la Cueva del Tesoro, cerca del cortijo El Charro. Un día subimos por gusto y, cuando vimos aquél agujero, nos atrevimos a entrar, a pesar de no llevar los medios adecuados. Pero las ganas eran muy grandes, así que después de arrastrarnos para pasar los primeros metros, nos encontramos con una galería grande y, como no disponíamos más que de una linterna, tuvimos que juntarnos para no perdernos. Allí, se podían apreciar estalactitas y estalagmitas y caían gotas de agua del techo, y había restos de vestidos y de animales podridos. Olía mal. Las galerías seguían por todas partes, tantas que alguno se atrevió a seguir y se sentía su voz a lo lejos. Yo tenía miedo y me quedé quieto durante bastante tiempo, mientras escuchaba a los que se habían ido para otro lado. La oscuridad era grande y cada vez el miedo aumentaba. Los otros volvieron y decidimos salir de allí. Reptamos por el fondo de la cueva hasta que –pronto- estábamos en el exterior con el impacto de una luz que nos cegaba los  ojos. Después indagamos sobre esta cueva y los mayores -como Paquitín Tello y Pedro Alcalde- junto con el Sereno y Guerrito, decían que la habían recorrido entera hasta haber salido por Charilla. El ruido del agua se podía oír a lo lejos.
Tengo recogida una leyenda de esta cueva que dice así: ‘Como toda leyenda que se precie, los hechos no están acreditados en ningún legajo de ningún archivo municipal. Sólo la imaginación y las largas noches de invierno son las protagonistas esenciales.
La historia está enmarcada en la llamada Cueva del Tesoro, a poca distancia del cortijo El Charro, en el camino que conduce a Los Rosales. Parece ser que dicha cueva estaba habitada por una vieja bruja que tenía poderes sobrenaturales. Las personas que pasaban por dicho camino, generalmente arrieros, ‘regoveros’ y vecinos de los cortijos del Cerrillo el Ciego, El Espinar, o la Hoya del Salogral, habían visto un esperpento que salía de vez en cuando de la Cueva del Tesoro, pero cada uno tenía una versión. Lo cierto es que en la piedra que había junto a la cueva, en las noches largas de verano, salía una persona de la cueva que emitía unos grandes sonidos guturales, lanzando una serie de pedradas al camino.
Los que pasaban por dicho camino estaban muy asustados y corrían a más no poder cuando se acercaban a ella. El miedo les hacía ver una serie de actos que no coincidían con la realidad.
Una noche de verano, un vecino de Frailes quiso darse un paseo por los alrededores de la “cueva del tesoro” y tratar de desenmascarar el enigma de la vieja. Había oído que ésta cernía higos para guardarlos como alimento para el invierno, así que ni corto ni perezoso se dirigió por Sotorredondo y muy ufano fue hasta la confluencia del camino con la cueva. En lo alto del peñón se dibujaba una silueta negra que se movía y en sus brazos mantenía un arnero, donde cernía los higos. El hombre se quiso acercar para mejor vislumbrar la sombra, pero los gritos de la misma lo impedían y un miedo atroz se apoderó de él; no obstante siguió caminando para cerciorarse de quién era aquella figura. No pudo seguir porque el lanzamiento de un higo lo dejó parado y su cuerpo quedó hecho una estatua inamovible que quedó estancada en la vereda que conduce a la cueva. El hombre quedó allí inerte, sin vida y convertido en una estatua, recordando al viejo Lot cuando huyó de la ciudad de Sodoma. La vieja siguió chillando y se metió en la cueva.
 Parece ser que la estatua se convirtió en un trozo de piedra con figura de hombre y desde entonces sigue pegada a la cueva. Respecto a la vieja bruja que cernía higos en la “cueva del tesoro” no se le ha vuelto a ver desde entonces, a pesar de que se hicieron varias expediciones para entrar en ella. En la misma se ha podido comprobar que contiene numerosos caminos que conducen a diversos laberintos, y se han encontrado restos de animales, pero no ha habido ningún indicio de la vieja bruja que aullaba y lanzaba higos a los que pasaban por el camino.

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