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lunes, 1 de febrero de 2016

SER DE FRAILES. CAPITULO NUEVE

La iglesia estaba y está donde siempre, en el número uno de la calle Caridad. En la iglesia y parroquia de santa Lucía he pasado mucho tiempo, habiéndose convertido en mi infancia en un lugar importante de mi vida y de muchos fraileros. Doy un vuelco a mi mente y allí veo a don Francisco Calleja, con aquella sotana negra y larga, con los bolsillos llenos de caramelos. Lo veo por las Huertas, sonriente y alargándome su mano para que la besara, una mano cerrada en donde guardaba unos caramelos que depositaba en mi mano. Impresionaba su figura en el púlpito, diciendo ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’. Lo veo en el confesionario y yo acercándome a confesar, algo que me venía muy largo, porque decirle mis intimidades a un cura, a una persona que no tiene que ver con mi vida era bastante duro. Pero hacía de tripas corazón y me arrodillaba ante aquél cura y me ponía nervioso durante los minutos que duraba la tensión. Cuando acababa, era como si hubiera superado un gran obstáculo y me quedaba tranquilo rezando aquella penitencia de tres avemarías y tres padrenuestros. La religión ha estado presente en mi vida y ha sido una lucha continua. Yo me acerqué a la iglesia frailera, iba por allí, fui monaguillo, me aprendí el Catecismo de memoria y fui a un concurso. Allí, aprendí que ser cristiano es ser discípulo de Cristo. Entraba a la sacristía y veía aquellas casacas que se colocaban los sacerdotes y pensaba que eran diferentes, que podían tocar a Dios y repartirlo entre los fieles, que tenían poder, que en un santiamén me podían quitar mis pecados y en otro santificarme y elevarme a un estado espiritual. Yo fui a aquella iglesia con don Francisco Calleja, con don Antonio Aranda, con don Francisco Zafra, con don Juan Antonio Castillo, con don José Peña Calvo, con don Juan Antonio García Romero, con don Juan Aguilar Romero y con Ubaldo Valverde. A partir de 1975 ya no fui más a misa, perdí la fe y la iglesia y yo nos  abandonamos.
Leí cosas y escritos en los que se razonaba que todo aquello que me habían dicho los curas no era prioritario para mi vida, yo no podía hacer actos de fe, me volví más pragmático aunque sigo diciendo: ¡ay Dios mío¡ Yo era un inocente en aquella época de don Francisco Calleja, de don Antonio Aranda, de don Francisco Zafra. Yo fui a bailar con Ubaldo Valverde y comprendí que él también tenía deseos, que le gustaba bailar con una mujer, que hacía las mismas cosas que yo y que tú. Y pienso que la religión cristiana después de tantos años me hizo daño y también me salvó. Me reprimió mis deseos, me dijo que era un pecador, sin serlo, me dio muchos miedos de los que tuve que reponerme sin ayuda y me sigue dando dudas porque su ideología es muy fácil. En el último momento, uno se arrepiente y la vida eterna nos espera, a la derecha de Dios y del Hijo del Hombre, y pienso que todo es muy serio y que doctores tiene la Iglesia, y por un lado he visto el poder, el boato, la maldad en algunos aspectos de la Iglesia y por otro he visto que la iglesia se ha acercado a los más pobres, les ha dado de comer, les ha ayudado. Pero, en fin, yo no entiendo el misterio de la Santísima Trinidad, ni la Resurrección, ni que San José sea el padre de Jesús, ni que los Papas sean tan poderosos. Y por eso no quiero perder mucho tiempo en temas religiosos, aunque no se me van de la cabeza.
La cuestión es que en Frailes todo estaba impregnado de religión católica, apostólica y romana, que todos nos confirmábamos, nos bautizábamos, comulgábamos y nos casábamos como mandaba la Santa Madre Iglesia, hasta que llegó la democracia y ya hubo más libertad y ya los alcaldes no iban bajo palio, aunque más de uno aún va. Antes iban bajo palio, con el cura y el cabo y una pareja de la Guardia Civil, vestidos con traje de gala y había divisiones de clase.
Don Antonio Aranda vino aquí con toda su familia, a su padre le decían don Paco. En la iglesia había cine gratuito, allí ví muchas de romanos, con una máquina proyectora y un salón parroquial con billares y con juegos. A los niños nos encantaba ir allí. También, nos daban leche y queso del cura y esperábamos al obispo con banderitas, mientras hacíamos fila para darle un beso en el anillo. Aquel gorro que se colocaba el obispo era diferente al bonete de los curas. Había jerarquías.
Don Francisco Calleja era muy querido por la gente. A veces ha vuelto a Frailes y la villa le ha demostrado su cariño. Creo que hacía de nexo de unión entre los ricos y los pobres, o sea, un cura que demostró su amor a los demás. Se fue a Chile y después de muchos años se instaló en Linares. Con don Antonio Aranda aprendí a ayudar a misa y, aunque yo no llegué a ser un monaguillo al uso, me gustaba ir a la sacristía y ver los entresijos que allí se cocían. Llegaban muchos feligreses que hablaban con el cura y se ponían de acuerdo en las celebraciones. Los monaguillos pasábamos entre los bancos con una especie de canastillo, unos daban monedas sueltas, otros hasta billetes y todo iba a la contabilidad de la parroquia.
Con don Francisco Zafra tuve otra relación, ya que durante un tiempo me dio latín, aunque no era un experto en la materia. Las misas las oficiaba de manera rápida y sobre todo, en temporada de caza, aún más. A mucha gente le gustaba que fuese así y no ‘aguantar’ una misa larga. Condujo uno de los primeros SEAT 600 de los que llegaron a Frailes; vivió en la parroquia con toda su familia; lo trasladaron a otros puntos de la diócesis y -finalmente- me lo encontré en una parroquia de Alcalá.
Después de cumplir los 24 años me despedí de la iglesia frailera y ya rara vez acudí al templo, salvo en alguna ocasión con motivo de alguna misa de algún difunto conocido. La mayoría de las veces esperaba la ceremonia en la calle, pocas veces entraba y, cuando lo hacía, me sentaba en algún banco y aguantaba el sermón. Los curas nombraban muchas veces al difunto y recordaban la fe en una vida eterna, en donde todos los salvados nos encontraremos un día en el Paraíso, según decían.
Pero llegó a Frailes Jaime Alberto Martínez Pulido y ‘armó’ la revolución. El Ricky Martín religioso trajo nuevos aires a todo Frailes. Con sus dotes de persuasión, su labia y su forma de ser ‘se metió’ a mucha gente en el bolsillo y consiguió juntar mucho dinero para invertirlo en rehabilitar la iglesia. Incluso me dijeron que una sola feligresa había donado unos doce millones de pesetas. La gente respondió a la llamada de este sacerdote que estuvo en Frailes desde 1996 a 2003 y que dejó su huella no solo en la villa frailera, sino en Ribera Alta, Ribera Baja, Mures y Alcalá la Real. Alberto Jaime cambió la fisonomía del edificio del templo, sobre todo en la cubierta, cosa que molestó a algunos puristas arquitectónicos que dijeron que el cura había quitado de la cubierta aquellas tejas viejas que eran tradicionales y antiguas para sustituirlas por otras modernas. No obstante, Alberto Jaime tenía mucho apoyo del pueblo y siguió adelante su obra. Comenzó a comprar cuadros e imágenes para la iglesia y estaba contento con lo que hacía. También, el Ayuntamiento socialista le aprobó la labor realizada en los siete años que estuvo en Frailes y lo nombró hijo adoptivo del municipio.
Esto escribí el día 26 de junio de 2009, cuando la aldea de Ribera Alta le dedicó la plaza de la iglesia:
Un gran gentío arropó ayer al cura Alberto Jaime Martínez Pulido, en el acto de descubrimiento de la placa  por la que se da su nombre a la plaza de la iglesia de Ribera Alta.
Sobre las 20:30 horas, personas llegadas de Alcalá la Real, Frailes, Ribera Alta, Mures, Santa Ana y de los municipios de Villanueva de la Reina y de Linares, recibieron con un gran aplauso a este cura,  que se ha ganado el cariño de gran parte de la gente de estas localidades, debido a su carisma, cariño demostrado y a un saber dar a cada uno lo que se merece.
En primer lugar, la alcaldesa de la aldea, Francisca Mudarra, dio la bienvenida a todos los presentes y a continuación la alcaldesa de Alcalá la Real, Elena Víboras, hizo una semblanza de este sacerdote “ como un cura del siglo XXI que ha sabido conjugar la fe, con la esperanza y el cariño con la alegría”.
Igualmente, otro sacerdote, Francisco Calleja que había sido mentor de Alberto Jaime Martínez, también glosó las virtudes de éste dijo que, como cualquier persona, también tenía defectos, pero era superior en sus virtudes, y terminó  definiéndolo como” una persona amiga de los pobres y del arte”. Finalmente, fue el propio Alberto Jaime Martínez quién dio las gracias a todos.
También escribí sobre él en el diario Ideal (23-4-2012), con motivo del pregón a la Virgen de la Cabeza en Alcalá la Real. Y esto dije:
El antiguo párroco de la villa de Frailes y de las aldeas de la Ribera Alta y Baja, Alberto Jaime Martínez Pulido, fue el encargado de realizar el pregón a la Virgen de la Cabeza. El acto tuvo lugar el pasado viernes a las 21 horas, en el teatro Martínez Montañés de Alcalá la Real, cuyo aforo se llenó para poder escuchar el pregón. Fue presentado por la maestra Rosario Serrano y contó también con la presencia de diversos concejales, tanto del Partido Popular como del PSOE, incluida la propia alcaldesa alcalaína, Elena Víboras.
Alberto Jaime Martínez comenzó con una loa a la Virgen de la Cabeza en forma poética: «Camino hacia Sierra Morena, es noche del mes de Agosto, noche plagada de estrellas, de cielos altos azules de luna blanca y llena».
Añadió que, «a pesar de lo liado que es para un cura el mes de abril», no podía negarse porque, realmente, no quiso rechazar la invitación que le hizo el hermano mayor para pregonar a la que considera su patrona. «Junto con la Virgen de las Mercedes, son las dos advocaciones marianas más significativas que llevo en mi corazón sacerdotal», reseñó el pregonero.
Y también manifestó: «Os digo la verdad, tenía ganas de estar aquí arriba hablándoos, para daos las gracias de algún modo por todo el cariño que me habéis demostrado en estos años, ya que aquí comencé a ejercer mi ministerio sacerdotal, simultaneando la parroquia del municipio hermano de Fraile con las de las aldeas alcalaínas de Ribera Alta».
Después, hizo un recorrido por las vivencias de esta romería universal que cada último domingo de abril se convierte en el centro de toda Andalucía: «Casi al amanecer del sábado, los cohetes llamarán a los romeros para comenzar la peregrinación al Santuario. Las gentes de Andújar aplauden despidiendo a las carretas, jinetes y amazonas que, ataviadas de gala y montadas en jamugas, desfilan dando gritos de vivas a la Virgen de la Cabeza», relató.
El pregonero recordó la noche romera: «Y una vez todos ya alojados en la casa de Hermandad, llega el momento de subir al Santuario  a rendir culto a la Virgen. Las cofradías se suceden en el interior de la iglesia, saludándola, dándole las gracias por otro año, mirándola a la cara desde abajo, gritándole con alma, corazón y garganta, el piropo más hermoso que por abril se le puede decir a esta Virgen Morena».
También tuvo palabras para la procesión de la 'Morenita' en lo alto del Cerro del Cabezo y la importancia de la misma a lo largo de la historia, con menciones de la romería de Miguel de Cervantes y de Alfonso X  El Sabio. Y los muchos asistente que había en el teatro Martínez Montañés aplaudieron a este pregonero, sacerdote y mariano.
Alberto Jaime Martínez Pulido se fue de Frailes porque el obispo se lo llevó a otro municipio, pero él me dijo que aún no quería irse de esta villa, que le hubiera gustado seguir y continuar su obra. Él consiguió unir a mucha gente que le quería y siempre estaba alegre y cordial. A mí me hizo volver a la iglesia, pero ya no fui con la fe del niño que era en los años 50 del pasado siglo. Iba porque era un cura diferente, simpático, que abordaba los problemas cotidianos de la gente. Pero también tenía una especial querencia  por el arte, y eso le hizo dedicar bastantes horas y dinero a tal menester, asunto que no sé si es obligación o devoción de un cura de pueblo … pero, en fin.
Alberto Jaime llevó alegría a Frailes, hizo muchas cosas por los demás y me llegó como amigo. Ahora siempre me llama para mi santo y de vez en cuando lo veo en cualquier procesión de la Virgen de las Mercedes. Me cuenta cosas del honorable don Francisco Calleja, porque se hicieron amigos del alma y viven en la ciudad de Linares. Me relata los viajes que hace con sus parroquianos cada verano y me da alegría cuando me llama o nos vemos.
Mi madre tenía fe. Ella se levantaba los domingos temprano para ir a la misa de las siete y media, antes de abrir su tienda. Se colocaba su pañuelo y allá que se iba y venía tan contenta de allí. Cuando construyó su nueva casa en 1969, en la calle Tejar 2, colocó una imagen de María Auxiliadora en la fachada principal. La veía salir de la tienda, ponerse junto a la fuente y desde allí mirar a esta virgen y rezarle en silencio. Yo me daba cuenta de ello y no le decía nada, pero a veces me contestaba que eran sus cosas. Recuerdo especialmente, en la casa de la calle Horno, la lumbre que hacíamos cada 23 de mayo en honor a María Auxiliadora. El día de antes íbamos a por aulagas a los cerros cercanos, por los Rosales y Sotorredondo, las atábamos con una soga y las llevábamos de reata hasta el lugar donde hacíamos la hoguera.
Mi madre también hacía sus promesas religiosas. Por ejemplo, iba andando a ver al señor del Paño en Moclín y se llevaba una bolsa llena de monedas. Me contaba que allí había una hilera de pobres a lo largo de todo el camino que sube a la iglesia del Cristo y les daba a todos una moneda. Después, volvía andando a Frailes junto con otras mujeres y gente de la villa. Tiempo después volvió algunas veces a Moclín, pero ya iba con el taxista Pancanto o en la alsina de Contreras. Eso sí, todos los días 4 ó 5 de octubre de cada año, María la Betuna estaba en Moclín. Ella tenía una fe ciega hacía la Virgen María y los santos. Y creía con toda su alma en la vida eterna y en que Dios le ayudaba. Así me lo decía, mientras colocaba una vela a santa Lucía, rezaba un rosario y decía sus oraciones cada día. Pedía por todos y por todo: por su familia, porque todo fuese bien y porque las cosas mejoraran. Se arrodillaba cuando pasaba una procesión por su tienda, barría la calle todos los días de fiesta (San Pedro, San Antonio, Semana Santa …) y pedía por los enfermos.
Incluso llegó a vender medallas y estampas del santo Custodio. En una lata de las del dulce de membrillo metía esta clase de artículos que se los traían unos hombres de Rute, vendedores ambulantes que venían a Frailes todos los meses. Como la tienda estaba situada en un sitio céntrico, junto a la carretera, por allí pasaban todos los forasteros. Y éstos preguntaban dónde se vendían. Una vez informados, llegaban a la tienda de María la Betuna a comprar estampas, cuadros, cadenas, medallas, rosarios del milagrero Custodio y del Cristo del Paño.
La religiosidad de Frailes estaba dispersa, por un lado estaba la religión oficial, la de la iglesia católica, apostólica y romana y -por supuesto- era obligatorio ir a misa los domingos y fiestas de guardar, ya que el régimen franquista la hizo suya. Incluso había algo especial para las personas que comulgaban asiduamente y cumplían con los mandamientos de la Santa Madre Iglesia. Las mujeres eran más religiosas, se reunían para rezar el rosario, ir a las novenas de san Antonio o de san Pedro y participar en las flores de mayo. Los niños, en la escuela, también cumplíamos ese calendario festivo-religioso. Hacer la visita a la iglesia era un rito de aquellos tiempos.
Yo veía a mujeres bajar la carretera, la calle Cuevas, subir por la calle Caridad y meterse en la iglesia como una costumbre diaria con motivo de cualquier evento religioso. Los niños también la hacíamos y, si no cumplíamos con ello, nos quedaba cierto resquemor, al menos cuando nos formaban en la catequesis y  para la comunión. La religión impregnaba nuestras vidas y, aunque también era como un escape, servía como “solución” a nuestros problemas. Una respuesta fácil a nuestros grandes problemas ya que, en un tiempo en el que casi todo era pecado, con una simple confesión y una penitencia se arreglaba todo.

La vida transcurría así, preparándonos desde el nacimiento para ser buenos cristianos. Bautismo, confirmación, comunión, matrimonio, defunción, todo esto estaba regulado para que no hubiera sorpresas y los sacerdotes eran los guías y señores de nuestras almas. Aunque -a veces- los malos ejemplos de ellos nos hacían pensar que eran también humanos, que tenían debilidades de cuerpo y alma, pero confiábamos en ellos … y aún siguen haciéndolo muchos fraileros.
La otra religiosidad, la de las creencias en santos que hacían milagros, estaba también a la orden del día. La gente confió en el santo Luisico y –después- en el santo Custodio, al que le siguió el santo de los Chopos. Muchos iban a ver a estos “santos” para intentar encontrar remedio a sus males. Cuando murió el santo Custodio, creo que fue un día de la Virgen de las Mercedes, Frailes se eclipsó, y muchos de los que habían ido a Alcalá la Real a la fiesta del 15 de agosto, volvieron para ir a su velatorio.
Recuerdo que le hicieron una misa en la iglesia de Frailes y el aforo se llenó hasta la bandera. Alguien dijo que había visto al santo Custodio junto al altar mayor y se armó la “marimorena”. Un trote humano por la iglesia, rompiendo bancos y reclinatorios para acercarse a verlo. Muchos fraileros de la época conocieron lo conocieron y contaban maravillas inverosímiles y milagros de este hombre, como hacer andar a los inválidos, curar enfermedades graves y dar consejos para tirar de la vida. Yo vi gente pasar hacia la Hoya del Salogral de muchas partes de España. Llegaban a la tienda de mi madre, le indicábamos el camino y, algunos, llegaban a la vuelta contando cosas de la visita: si les había servido, si no lo habían podido ver, si lo habían tocado y si sus males habían desaparecido. Algo especial tendría que tener aquél hombre para que su figura siga siendo un referente de santidad, de solución de muchos problemas y del sentir de muchas vidas de antes y de ahora. Hoy en día mucha gente sigue subiendo a la Hoya y la ermita cada vez es más visitada.
Frailes es y ha sido una villa religiosa. Sus calles, su iglesia, sus ermitas, sus gentes siguen celebrando los tradicionales actos religiosos, tales como la fiesta del Corpus (con el esmerado adorno de los vecinos) o la fiesta de san Antonio.
 Nombres como José Luis Garrido Mudarra y Encarnita de Patarito están ligados a estas fiestas. El primero fue quien consiguió el permiso para cortar la calle en esos días y la segunda, con un gran entusiasmo, animaba a que las mujeres fraileras colocaran la tradicional vela a san Antonio para pedirle un buen novio. También se sigue celebrando la festividad de san Pedro, ligada a mi recuerdo de Antoñita, la mujer de Patarito, verdadera alma Mater de esta fiesta. Las vecinas limpiaban la ermita y colocaban flores, haciendo de ese día uno de los más vistosos de Frailes. Ahora es Luisa Romero, la hija de la Enriqueta, vecina todavía de la calle Mecedero, la que sigue los pasos de Antoñita para que no se apague esa llama. Sigue la fiesta del Corazón de Jesús, en la ermita de las Angustias -en el Calvario- y aún hay gente que sube hasta lo alto, a pesar de la frustrada rehabilitación que se le hizo.
Queda nuestra patrona, Santa Lucia, con Luis el Escandaloso como principal animador, así como la Semana Santa, con la asociación de ‘Los Pasos’ como su gran referente. Es Merceditas Aceituno, la Seño, la que continúa enseñando este teatro religioso, llevando a los actores a las Carboneras como antaño, cuando la Semana Santa se representaba en vivo y en directo, pues el Señor y los Apóstoles eran de carne y hueso. Es evidente que seguimos teniendo raíces cristianas, y a pesar de que algunos fraileros nos hicimos laicos, no renegamos de nada, siendo el respeto la mejor arma para que todo siga funcionando y para que cada uno de nosotros encuentre el camino que mejor le lleve a conseguir su objetivo. Porque todo esto forma parte de nuestra historia y de nuestra razón de ser. Porque como decía al principio, lo importante es permanecer en la esencia de la frailestud.

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