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viernes, 19 de junio de 2015

SER DE FRAILES. CAPITULO DOS

Yo nací un 16 de octubre de 1950, mi madre me dijo que mandó a mi padre y a mis hermanos fuera de la casa y se quedó sola aquél día, lo preparó todo y no se si alguna vecina estuvo presente. Ella calentó agua, dispuso todas las cosas y me tuvo con todas sus fuerzas en aquella vieja casa de la calle Horno, donde había ventanas con rajas y huecos por donde entraba el viento y el frío en aquellos largos y helados inviernos. Después, cuando todo hubo terminado, me presentó a mi padre. Esto me lo contaba mi madre en aquellas noches de invierno, cuando terminaba su trabajo en la tienda que teníamos en la calle Tejar; entonces subía la amplia cuesta, por el Barrihondillo, la calle Corral, con 3 ó 4 cajas vacías del pescado en sus manos para ponerlas en el fuego y alegrar nuestras vidas antes de acostarnos.
Allí crecí, en aquella casa con ventanas de madera y sin cristales, que chirriaban en los duros inviernos fraileros. Con los abuelos de Miguel Montes, la Gregoria, la Parda, Virtudes, la Fea y sus hijos, de vecinos, así como Margarita y Mil Hombres y la Dolores de Marianillo. Era como un pequeño recoveco donde vivíamos cinco o seis familias. Después la calle Horno se abría y allí estaba mi amigo Miguel Tello que tenía un palomar, con una casa mejor que la mía; Pepe el de Virtudes; David el hermano de Miguel Tello y en la plaza del Rector Mudarra me encontré un día con Paco Belmontes que iba a comer a casa del secretario del Ayuntamiento, don Sebastián. Un poco más abajo vivían mis abuelos maternos, Camilo y Carmen, que me acogían cuando mi madre se iba a la tienda. Al principio mi hermana Maripi era la que me cuidaba, me lavaba la cara, los pies, me peinaba y me dejaba listo para ir a la escuela de la Pollica o a la Nacional de don Antonio, en la esquina de la calle Huertos con el Barrihondillo. Pero mi Maripi se fue pronto a Francia, ya que un día se la llevó su novio y allí acabó, en el sur de la France, de donde tardó más de diez años en volver.
Mi padre tenía animales en el tinado de la casa, un burro con el que traía el pescado desde Alcalá cada día y lo vendía en la tienda; ovejas, cabras, conejos y algún cochino. La casa era tan destartalada que no había un lugar que me gustara, excepto  la cocina, que estaba bonica: cuadros de la época, una mesa de madera con un cajón en donde guardábamos los papeles. Al lado el dormitorio de mis padres, una pequeña estancia por la que se subía a las cámaras por unas escaleras que se limpiaban y untaban con turbios del aceite y siempre tenían un aspecto grasoso. Al subir había un pequeño cuarto con un pequeño ventanuco y, a continuación, una cámara con una troz, una cama de cordeles y un arca donde guardábamos la poca ropa que teníamos. Subías un par de escaleras y te encontrabas con otra habitación en donde dormía mi hermano Antonio.
A mí me gustaba bajar a la tienda que teníamos alquilada a Manolín, en la calle Tejar; allí vendíamos de todo, principalmente pescado, verduras y unas grandes panojas de plátanos que pendían de una cuerda que yo aprovechaba para subirme a una caja y -en un suspiro- tomar un plátano, mientras mi padre me regañaba porque eran muy caros.
Virtudes era la mayor de mis vecinas y tenía un hijo con demencia. Ella era la mejor de mis vecinas, y me iba con ella a calentarme en su mesa-camilla; estaba pendiente hasta que llegaba mi madre. Era una mujer que estaba siempre al cuidado de sus hijos, aunque ya estaban casados. Pero sobre todo cuidaba a su hijo Rafalillo que, a causa de su mal, tenía que estar en una habitación cerrada para que no se escapara. Yo lo veía por una rendija cuando se abría la puerta y lo recuerdo con la barba fuerte y cerrada. Alguna semana venía Antonio Vallecillos a afeitarlo y cortarle el pelo y se metía en aquella habitación, y yo pensaba que podía pasar algo. Le tenía miedo a Rafalillo. Pero decían que lo mejor es que estuviera encerrado, porque alguna vez se escapó y tardaron varios días en encontrarlo. Bien cuidado por su madre, encerrado estaba mejor.
Tenía mi pequeño mundo en el barrio, que se adentraba en la calle Corral, en la plaza del Rector Mudarra, por el Nacimiento y por las Huertas hasta la iglesia. Por abajo llegaba hasta la calle Cuevas, donde estaba el centro del pueblo.
La plaza del Rector Mudarra estaba formada por casas de más categoría, ya que sus vecinos representaban las fuerzas vivas del pueblo, es decir, los ricos, los vencedores. Allí estaba don Sebastián, secretario del Ayuntamiento, que salía a la calle siempre acompañado de su sobrina Emilia y se dirigían a la Casa Consistorial por la mañana. Su mujer era para todos doña Pepa. A él lo recuerdo con su gabardina gris … y siempre serio. Creo que pocas veces entré a la casa. Enfrente estaba la casa de doña Amadora, con su hija Merceditas y su yerno Saturno que también trabajaba en el Ayuntamiento. A veces pude visitar el cuarto de estar de aquella mujer en donde se sentía el confort, con una mesa-camilla que desprendía calor y alrededor de la cual se sentaban las mujeres. Doña Amadora, cuando iba a su casa me preguntaba de quién era, y yo le contestaba que de María la Betuna. Yo iba buscando a Miguelín Tello, su sobrino, al que le tenía un apego especial. Él era mi ídolo y yo me consideraba su lugarteniente e intentaba hacer alardes de valentía para que me estimara. Él era bueno en casi todo, vestía bien, jugaba al fútbol, era valiente y -además- tenía éxito con las niñas. En un extremo de la plaza vivía Tiburcio, el encargado de hacer el escrutinio del servicio de correos que luego repartía su yerno Pepe, junto con su hermano Paco.
Pepe tenía una tienda en la que vendía artículos de muchas clases, ferretería, y sobre todo el estanco, surtido de todo tipo de cigarros, negros, rubios y puros. En el otro extremo vivía Maravilla que tenía dos hijas. Una de ellas, Encarnita, fue la primera alcaldesa en la etapa democrática. A su padre fue a la primera persona muerta que vi. Yo era un niño y aquél día me metí entre la gente y no paré hasta que llegué a donde estaba el difunto. Su cara se me quedó grabada hasta tal punto que estuve soñando varios días con aquella cara, de tal manera que lo pasé mal. También fui al cementerio y alguno en broma decía que le iban a poner unas arrobas de vino en la tumba para que se las bebiera.
También vivía en la plaza un tal Sánchez, hombre que se dedicaba a ser tratante de ganado. Allí vivía con sus dos hijas, en una casa con un buen huerto. Aún lo recuerdo con su gancha yendo al casino después de comer. La casa que había justo donde empieza la calle Nacimiento era de Vallecillos, a quien recuerdo con una pelliza y -a veces- con una escopeta y un pájaro de perdiz para ir a la caza de reclamo. Tenía un hijo que se llamaba Miguel y una hija María. Miguel era de gran estatura y casi siempre estaba sentado en las escalerillas que subían a su casa. Junto al estanco vivía Merceditas, viuda, y su hija Gabriela, que llegó a ser maestra de escuela.
Algunos de los habitantes de la plaza era gente “de posibles”, con buenas casas, propietarios de fincas, y muchos tenían una o un par de mozas y gente que trabajaba con ellos, al menos en épocas determinadas como en la recolección de aceituna. En medio de la plaza estaba la fuente, con un gran caño y una pila hecha de cemento. Era el centro de Frailes, allí llenábamos los grandes cántaros de agua y los llevábamos hasta las casas, los depositábamos en las cantareras y así nos abastecíamos para todo: lavarnos, guisar, para los animales y para limpiar. Por eso los paseos hasta la fuente eran frecuentes, sobre todo las mujeres. que iban mucho a por agua y de paso hablaban con el novio o con la persona que le gustaba. La fuente era un lugar de contacto y reunión, los niños jugábamos en ella y junto a ella, nos echábamos guerras de agua y acostumbrábamos a meternos dentro, hasta tal punto que yo caí a la pila un montón de veces y fui llorando a mi casa, chorreando pero, sobre todo, con miedo a lo que me pudiera decir mi madre. Éramos despiadados entre nosotros pues, cuando la tomábamos con alguno, no parábamos hasta que lo dejábamos bien empapado. 
Lo que más me gustaba era corretear por las huertas con mis amigos: Miguelín Tello, Pepe Álvarez, Paco Belmontes, Paco el del Potro y algún otro. La huerta de Merceditas, la de Liborio, la de don Antonio estaban allí, eran nuestras, no había más que subirse a una pared y acceder a las decenas de manzanos, perales, cerezos, campos de trigo, hortalizas, que podíamos coger y llevarlas a nuestras bocas. El agua corría por aquellas acequias. También había una gran noguera -enorme-  en una esquina, en donde decían que se había ahorcado el Señorico, y señalaban la rama donde había sido, donde hoy está la casa de Plácido junto al bar el Charro. Paco Belmontes la dominaba, se pasaba de una rama a otra con una habilidad asombrosa, no tenía miedo, era la persona más valiente que conocí en aquella etapa infantil. No recuerdo bien cuando fue, pero lo más verosímil sería cuando iba a comer a casa de don Sebastián el Secretario, que para hacer una obra de caridad le daba de comer a un niño pobre. Eligió a Paco Belmontes porque formaba una familia especialmente necesitada: una madre viuda y sola, con varios hijos pequeños.
Paco Belmontes llegó a formar parte de mi vida, al principio vivía en una pequeña casa de lo que ahora es la calle Carboneras. Los de la calle Cuevas y los fraileros le decían Triana, porque allí vivían la mayoría de los gitanos del pueblo. La casa tenía dos habitaciones, una arriba y otra abajo. Carmela, la madre de Belmontes, vivía allí con sus cuatro hijos. Carmela era una buena persona, sus manos estaban casi blancas de tanto lavar ropa a unos y a otros. Era una que se ganaba el pan trabajando en casa de los señoricos y así trataba de sacar a su familia adelante, porque a su marido lo medio mataron de las palizas que le dieron. Es cierto que le daban palizas a cada instante, pero nunca se supieron las causas ni los porqués.
Paco era despierto, trabajador, valiente, intrépido. Era capaz de ir a cualquier sitio. De noche se apostaba con cualquiera ir al cementerio y andar por sus paredes, mientras yo me moría de susto nada más pensarlo. Belmontes comenzó pronto a trabajar, primero guardando ganado en un cortijo que estaba una vez pasado Cerezo Gordo. Allí esparcieron sus cenizas cuando falleció, por donde ahora están los llamados ‘Bulanicos’, en plena Sierra del Trigo. Un niño tan pequeño guardando cabras todo el día, buscando el ganado que se le perdía. Era lo que se conocía como ‘los mantenidos’, un contrato de palabra por el que niños pequeños se comprometían a guardar cabras  hasta que cumplían catorce o quince años. O se guardaban cochinos u ovejas a cambio de la comida y el cobijo que le daba el dueño, generalmente en el pajar.
Cada dos semanas o cada mes, bajaban al pueblo a cambiarse de ropa. Paco Belmontes me lo contó en una carta que me mandó de Madrid y después lo escribió en su blog pero no lo pudo terminar porque le llegó la muerte inesperada. Me decía que para que no lo viera la gente, de lo sucio que se sentía, llegaba a su casa de noche, tocaba a la puerta y entraba corriendo para lavarse, porque era muy limpio y no quería que lo viera nadie sucio. Se ponía otra ropa y, a la mañana temprano, de nuevo subía andando al cortijo. No sé los años que estuvo haciendo eso, pero salió de aquello y se volvió a Frailes y comenzó a trabajar con los albañiles, cargando sacos de cemento y  haciendo mezcla. Tenía una fuerza bestial y trabajaba como un negro, siempre pensando en ayudar a su madre y a sus hermanas. Era un gran futbolista, el mejor de los porteros que tuvimos en varios años, cuando jugábamos en las Eras del Mecedero. Se tiraba a la pelota como fuera, lloviendo, con barro, con piedras. Después, hizo un curso de electricista en Jaén, a través de un organismo que se llamaba ‘Escuelas Aceleradas’. Unos estudios de formación en los que le ayudó Manolo el Sereno y él los aprovechó y sacó su título que le sirvió para encontrar trabajo. En un principio marchó a Bilbao a una empresa pero –posteriormente- ‘Dragados y Construcciones’ lo contrató y se convirtió en un especialista de mantenimiento de grúas y otras máquinas. Viajó con su empresa por muchos países como Argelia, Venezuela, Irán, y por toda España. Se convirtió en una persona imprescindible que era requerido por los técnicos importantes para realizar cualquier obra en cualquier parte del mundo. Antes de todo esto, fue al servicio militar y resultó un paracaidista guapo con su uniforme y con su gorra ‘paraca’. Era lo que le iba a él, tirarse una y otra vez de un avión en marcha, hacer más de 80 saltos y conseguir ser importante.
Él consiguió llevarse a su madre y hermanas de Frailes y se instalaron en Madrid, pero volvía a Frailes en cuanto podía, ya que su ser frailero estaba siempre presente. Unas veces venía solo y otras con su mujer Encarna. Quería comprarse una casa en Frailes y pasar aquí una temporada al año pero, cuando se iba a jubilar, una enfermedad cruel se lo llevó para siempre.
Pasé con él mucho tiempo. Era un hombre generoso y bueno, que ayudaba a los demás y compartía con los demás todo lo que tenía. En los últimos años de su vida, conectó con un grupo de fraileros que le dieron su amistad cuando volvió a Frailes con ellos para disfrutar de su gente y de su tiempo. Yo lo considero un frailero de pro, un hombre importante, un señor con todas las de ley, persona entrañable y digna de ser celebrada por los fraileros y que su nombre figure en nuestro callejero o en nuestras mentes. En la mía seguirá presente en aquél piso que tenía en la Avenida de Extremadura de Madrid o en aquella casa grande que se compró por la carretera de Valencia, en las Rozas, en donde Encarna le hacía un buen asado, al tiempo que seguía acordándose de Frailes, de los fraileros, de las cabras que guardaba y de aquellas paradas que les hacía a los delanteros de los equipos de fútbol de toda la comarca.
Esto es lo que escribí en mi blog el día en que falleció, 18.05.2012: ‘Querido Paco no me quería enterar de tu enfermedad, no quería saber que estabas enfermo para seguir recordándote como siempre te he visto. Ahora memorizo nuestras vidas y siempre he estado unido a ti. Ahora recorro el río de las Cuevas y paso a tu casa de Triana, aquella casilla que con tanto amor, tu madre y tus hermanas conservaban. Y veo aquellos partidos de fútbol en las eras del Mecedero, en los que me sentía tan seguro porque siempre eras un gran cancerbero. Memorizo otro partido en Charilla, junto a una empresa de yeso y ladrillos y tú te tirabas a por todos los balones en un terreno lleno de piedras para, después, tener que curarte tus heridas.
Ahora te imagino como cuando venias de guardar las ovejas y las cabras y no querías que nadie te viera hasta que te lavaras porque -eso sí- presumido sí que eras … y lo sigues siendo. Yo entraba en tu casa cuando me enteraba que estabas allí y me contabas todo lo que te había pasado, después me sentía orgulloso de tener un amigo tan valiente y que me defendía de mis miedos. Ahora te miro, elegante, con aquella chaqueta azul que te compraste para ir a buscar tu primera novia, a Alcalá la Real, pero aquel idilio no resultó muy bien. Tú que eres todo amor, que siempre diste lo que tenías.
Y ahora, doy paseos por las huertas, por la plaza adonde ibas a comer, casa del secretario del Ayuntamiento, miro las hojas apiladas de aquella noguera y te asustándome al meterte entre todas aquellas hojas. Y es que parecías un fantasma. Te sigo viendo en las paredes del cementerio, diciendo que no tenías miedo de nada y yo salía corriendo, porque no me atrevía a mirar al otro lado del camposanto.
Y aquellos días de la mili, que venías orgulloso de ser paracaidista, cuando me contabas todas tus hazañas y yo me vanagloriaba de tener un amigo como tú.
Siempre te he llevado en mi corazón y aún guardo tus cartas desde Venezuela, cuando me decías que aquello era un paraíso; o desde Irak cuando te hiciste amigo de los trabajadores y te respetaban, aunque tú decías que era porque el color de ellos y el tuyo era parecido. Me contabas tus recepciones en la embajada de España y te imaginaba vestido de gala. Me acuerdo de tus viajes, de tu amor por Encarna, cuando fui a Madrid a buscar trabajo y ella, incluso me limpió los zapatos, aquellos zapatos que  nadie me había limpiado nunca. Y encima me regalaste un traje azul, precioso, para ir a la entrevista pero –aunque no me gustó Madrid- siempre te recuerdo en aquellos días que pasé con vosotros. Y conocí a Ana y a David, y también visité tu bonita casa en Vacíamadrid, y dormí en aquella habitación con Dolores y mi hija, y visitamos muchos lugares.
Y después, te sigo pensando desde Frailes, imagino a Encarna, David y Ana muchos días, y pienso que has sido un hombre cariñoso, importante, generoso, trabajador y todo lo que se pueda decir. Y recuerdo a tu madre, a tus hermanas porque forman parte de mi vida, de aquellos maravillosos años que pasamos en Frailes cuando tú volvías, y nos veíamos y charlábamos, a pesar de que casi nunca querías venir a mi casa porque, además de que siempre has sido un hombre independiente, no querías “molestar” a los demás. Y te veo en la calle Cuevas, en la romería de la Hoya del Salogral, con el brazo echado en el hombro de Encarna, esa mujer tan grande que te siguió durante toda tu vida de pareja. Ahora, te mando un abrazo, y me fundo contigo y con los tuyos, que somos muchos. Por eso nunca morirás para mi, ni para Francis, Toñi, y todos los fraileros que te  han conocido, porque eres inmortal, porque nunca dejaré de verte y soñarte’.
Te escribí más cosas en mi blog. Por ejemplo en el día que esparcimos tus cenizas en el Paredón: ‘Aquél día Paco Belmontes voló, tomó su caballo y con el empuje de David tomó el camino de la verdad y la vida y se quedó por estos ríos, como a él le gustaba, pero con ese caballo puede ir de aquí a Madrid y viceversa y por el cielo ver el cortijo donde trabajó de pequeño, ver a Carmela y comprobar cómo tenía aquellos dedos de trabajar, visitar a Encarna cada noche y darle ánimos y vagar, vagar, vagar … y dar rienda suelta a su imaginación.
Aquél día Paco Belmontes nos dejó un halo de esperanza y de generosidad, como siempre, como un caballero de la vida que la vivió intensamente, y buscó caminos de piedras, y caminó por ellos, y siempre tendrá verdaderos amigos verdaderos….y su recuerdo estará presente en nosotros.
Aquél pequeño porquero y cabrero al que se le perdían los animales y que vagaba y vagaba por la Sierra del Trigo, aquél hombre que viajó a Turquía, Venezuela, Irán o Argelia, está presente en estos días de verano y mi mente se va tras él y recuerdo su recuerdo e iré a buscarle por esos caminos que transitaba, ya en los montes de Valdepeñas, de Noalejo o de Frailes, y tomaremos un vaso de vino con algo rico, de eso que sabe hacer Encarna’.

jueves, 18 de junio de 2015

CASI SIEMPRE HAY UNA OCASIÓN DE SUBIR AL ÚLTIMO TREN

El último pleno de la IX Legislatura aclaró algunas cosas y sobre todo dejó claro que algunos concejales socialistas no querían irse y han tenido que hacerlo. Hablo de Montserrat Moyano, Rafael Romero, Antonio López y algún otro.

Las primarias que se celebraron con la marcha de la Alcaldía de Elena Víboras y a las que acudieron Carlos Hinojosa y Juan Ángel Pérez Arjona, ganando el primero por tan solo seis votos, no trajo la paz en el socialismo alcalaíno y algo pasó que se rompió la cohesión interna del PSOE y se ha ido arrastrando hasta los últimos días porque se ve en el ambiente.

En el fondo, en el último pleno  se quedaron muchas preguntas sin respuesta, y que los ciudadanos alcalaínos, quizás, tenían que conocer. Y es verdad que se han marchado algunos socialistas sin querer hacerlo y en el fondo se ha vivido una división del PSOE alcalaíno que se ha querido tapar pero que ha aflorado en Alcalá la Real, no obstante la victoria del PSOE en las elecciones municipales el pasado 24 de mayo, ha intentado tapar la brecha abierta pero las huellas de esta división se siguen cerrando porque más en el fondo hay personas en la política alcalaína que han preferido salir con dignidad y  con la cabeza alta, antes que montar problemas entre caballeros.

A las personas que se han tenido que ir sin querer, se les ha quedado una cara triste y de añoranza, porque en la nueva legislatura habrá personas como Juan Ángel Pérez o José López que se han podido quedar y esto puede ser un agravio comparativo.

Pero creo que los hombres y mujeres que se han ido y no querían irse, han dado un ejemplo de dignidad y respeto y no se han rasgado las vestiduras ni han puesto el grito en el cielo. Todos se han sentido orgullosos del trabajo hecho, todos se  sienten orgullosos de haber representado a Alcalá la Real y como les dijo la socialista Ángeles Ferriz en un mitin de las elecciones autonómicas que a veces los que están en primera fila, tienen que dar un paso atrás para que otros entren.

Habrá otras ocasiones, habrá otras elecciones y habrá otros hombres y mujeres, como los que se han ido y los que van a llegar nuevos que intentarán dar lo mejor de ellos para que la vida sea cada vez mejor en este trozo de tierra, de tierra fronteriza, abacial y democrática.

martes, 16 de junio de 2015

'SER DE FRAILES' CAPITULO PRIMERO

Frailes. Yo soy de Frailes, otros son de Alcalá la Real, Castillo de Locubín, Nueva Delhi, Kenia o Pekín. Pero yo soy de Frailes. No pertenezco al PP, ni al PSOE, ni a ninguna ONG, ni estoy subscrito a ninguna revista, ni club de fútbol, ni asociación de vecinos, ni cofradía religiosa ni laica. Sólo soy frailero que no es cualquier cosa, o sea, que pertenezco a una franja de terreno que hay al sur de la provincia de Jaén, de poco más o menos de 42 kilómetros cuadrados y que se extiende a todo el mundo, irradia su presencia al universo y tiene como esencia la “frailestud”. Es decir que ser de Frailes lo puede ser cualquiera, no hay que cumplir ninguna condición para serlo, ni hay que tener ningún carnet que acredite su identidad.
De Frailes voy y vengo, huyo y desaparezco, como su río, como su Nacimiento. Estudié para ser frailero, me hice aprendiz de historiador para investigar su pasado, su presente y su futuro y conseguí ser aprendiz de periodista para escribir de Frailes. Creo que lo que se me da mejor es decir cosas de Frailes, y no es que lo haga bien, o mal, o regular; es que creo que no sé hacer otra cosa. Lo he intentado muchas veces, me fui a estudiar a Alcalá la Real, a Granada, estuve en Madrid buscando trabajo, pero me ahogaba, no veía las estrellas ni el sol de Frailes.
Me fui a Alcalá la Real -como digo- , compré un piso allí y me instalé pero todos los días abría las puertas del coche y me plantaba en Frailes. Iba por una calle, subía a la Martina, miraba el Cepero, bebía agua en la fuente del Nacimiento, visitaba a Manolo el Sereno, comía “casa” mi hermana Maripi, veía de refilón al Bubi, la Pajarica, me topaba con Silvia, Joel o Richard, a la vez que Luis Raya me alzaba la mano al estilo franquista, El Pollo me hacía señas con las luces del coche cuando nos encontrábamos, Rafael de Caridad me miraba de soslayo mientras me hacía un signo anarquista y voceaba a Durruti. Entraba por el Nogueral y mi cuerpo era otro, enfilaba la Vega y veía a los que sacaban espárragos y, sin apenas tiempo, ya estaba en Los Baños viendo entrar a los trabajadores de Maderas Gallego. También me topaba con el balneario, el pub el Corcel, la casa de Paco Comino y el Choto. Miraba las bolsas de pan colgadas en el portón de la casa de Juanito, el coche de Pajote siempre en el patio y el bar lady Diana, que parecía un esperpento de algo inglés con sueños turísticos.
Algunos  no me saludaban ni me decían nada, pero eso forma parte de mi forma de vida. Yo creo que conseguí el trabajo en el Ayuntamiento porque estaba predestinado para ello. Para instalarme en el meollo de la cuestión, para impregnarme de Frailes, vivir por y para Frailes y -a pesar de que muchos digan que tengo un carácter hosco y tímido-, puede ser verdad, pero no lo hago con intención ya que, si a alguien no atiendo bien, después lo pienso y lo repienso y me como el coco reflexionando sobre esa acción. En el Ayuntamiento cuento a los fraileros, los que vienen, los que se van, los que nacen, los que mueren, los que se casan, los que se divorcian, los que compran una casa, los que edifican, los que quieren hacer un carril, los que quieren hacer un viaje o un concurso, los que se apuntan al paro o los que quieren montar una empresa.
No soy especial ni fuera de lo normal. Soy un frailero cualquiera, como Antonio Cabildo o Luis Gamazo, como don Antonio, don Fermín, Pepe el de las Gaseosas, Antonio el Maestro, Luis el de Echeverría, Fran Cano, María la Betuna, la Mariquilla, Pepito el de la Cueva, Paquitín, Michael Jacobs, Alberto Jaime Martínez Pulido, Chica, el Bubi, Fany, Pepe Juanaco, Los Pireos, Miguel Tello, Paco Belmontes, Caridad Castillo, Antonio Manuel Cano García, José Manuel Garrido, Lucía, José Luis Martín, Christian Magherut y Alipio Efraín. O como María la de Bocarrieta, la Feli, Silvia, Matilde, Marina, Fuensanta la Monitora, don César el médico, Mangote, Encarnita Maravilla, el cura don Francisco, Pepito el del Estanco, la Cipriana, Mil Hombres, doña Margarita, Rafa el Tano, Paco Martillo, Indale el Encalaor, Los Muriana, la gente de Los Rosales, los de la Dehesilla o los de Puerto Blanco. Como los fraileros que viven en Granada, Roma o Madrid.
Ser de Frailes es un privilegio que está al alcance de cualquiera, no expedimos carnet de autenticidad, ni de sangre, ni de identidad. Frailero fue y es el Guarda Negro, sus hijos y nietos, Manolo el de los Tostaos, Pepillo Merino, el Nono, Antoñino el de Adelín, Sofía, Pancanto y sus hijos, Luis Alba, Camilo Mudarra Díaz, Abelardo Nieto, Bolivares, la Hilaria, Pepe y sus hijos los Pajaricos, Dondín, Sinforiano y la Paca, Valentín, el Deán Mudarra, el marqués de Campoameno, la cronista oficial Maite Murcía, Encarni la concejala del PP, su marido Jordi y su hija. Mercedes Machuca, su hermana Paqui y su padre Valeriano. Además de Antoñito el Mecánico, Custodio el constructor, Sevilla, Juanaco, Montemolín, don Francisco el Practicante y sus hijos, Ernesto del Moral, Paco el Charro, Rafalín Pajote, Antonio Mingorance y sus hijos Pedro y Miguel, la tía Delia que se fue a Francia y me hablaba de Felipe González, Matasuegras, Bolilla, Juan Castro y sus hijos, que tenía una casa en la calle Ancha, adonde Chipilín le llevaba helados en aquellos tiempos del cuplé de Sarita Montiel.
Fraileros son y serán Moisés el de los Quesos y su madre Manuela y su padre Juan el Rubio, Manolillo el del Casinillo, Guerrito, Espirita y Luisa, Misián y su nieto el Toni, que se fue a un camping de los Pirineos y se hizo letrado por la UNED. Y Fiscalillo, Antonio el Policía, Matías Pareja, David Tello, Mariceli Molero, Miguel Bragueta, que  era panadero y vendió -y vende- productos fraileros con su Suzuki grande (antes tenía una furgoneta Citroen). Recuerdo especialmente a su madre, que hacia unos dulces de rechupete, y a su padre -Miguel Moya Arias- que se emborrachaba con el mío.
Doña Inmaculada Campos Torres, farmacéutica e impulsora de nuestro folclore, Cañete el albañil, Medina el del Barrihondillo, junto a Amadeo; José el Barbero, el padre de la Anita, que montó una gasolinera y una peluquería. Cazaleno y su cuesta, Matías Regalo y su Encarnilla, el Escandaloso, David el carnicero que se hizo fotógrafo y marchó a Mallorca, el Blanco Nieves, mi tío Lopera que me cantaba coplas de Navidad mientras mi tía Regina rezaba el rosario. Ezequiel y Fermín, los hijos de Amando que vivían en la Plaza de José Antonio y que ahora se llama Miguel de Cervantes. Las Cotorras, que eran costureras, y su padre Antonio el encalador, el albañil Antonio Chibiriche, que se abrigaba en invierno abrochándose el último botón de la camisa. Tambor, el de la tienda y la posada junto al cinema España. Frente a mi casa Amadora La Rubia, con su hija Mercedes y su hijo Antonio,  practicante que fue en Los Villares. Mercedes montó una tienda de ropa con su marido Manolo y después se marcharon a Alcalá y les fue bien la vida.
Antes había unos 3.000 vecinos en el padrón de habitantes, ahora estamos unos 1.700, pero eso da igual. Fraileros hay muchos desperdigados por el mundo. Yo, que viajo poco, fui una vez a Roma y nada más bajarme del avión, en el mismo aeropuerto, me tocó una persona el hombro y era una frailera que había ido a ver al Papa. Nos saludamos y seguimos nuestro viaje. Como digo, Frailes no se acota en los 42 kilómetros cuadrados de su superficie. Frailes se puede ver en Sevilla, sobre todo en aquella  tanda de vecinos, de los años 60 del pasado siglo, cuando se marcharon a trabajar en FASA-RENAULT cientos de fraileros que echaron allí raíces y prolongaron el nombre de la villa de Frailes. En la Algaba dices que eres de Frailes y de momento te rodea una pléyade de fraileros que te ofrecen su casa y todo lo que tienen. Allí marcharon algunos de los Pulios, Antonio -el barbero del Barrihondillo- al que sus amigos le decían Hereodos. Y los hermanos Pareja, los Tellos, los Mingorances, Rafael el hijo de Misián, Dionisio el zapatero, que vivía junto a mi hermana Emilia, el que un día en su casa sevillana no sabía dónde ponerme y me sacó lo mejor que tenía. Los hijos de Zacarias, el chófer del médico don Fermín Medina, y el hijo de éste, el director de la fábrica antes mencionada. Los de Chapalete, Luis y Rafael, quien, ya jubilado, volvió a Frailes para disfrutar de su vejez entre nosotros. Él viene todos los días al Ayuntamiento a por el periódico, lo lleva al Centro Social y se ha hecho un experto en hortalizas y en buscar setas. Y Cadete, que tenía otra barbería frente al Cinema España, y Gabriel Cano Peña, que también se fue a Sevilla, cuyo padre tenía un par de burros y llevaba arena del río para las obras. Lo recuerdo frente al puente de las Cuevas con una azada, trasegando arena con unas botas de goma y llenando los serones de sus burros para llevarla a quién se la compraba. Yo me decía para mí: “este hombre tiene que ser rico, porque con tanta arena como hay en el río, puede tener siempre trabajo y hacer muchas edificaciones’’.
Pertenecer a la villa de Frailes no se hace, sólo, por haber nacido dentro de ella. Es un trabajo continuo de aproximación en el espacio y en el tiempo. Frailes es la vida mía que nunca se podrá acabar, porque es un ente imborrable.
Después de tantos años de mi traslado a Alcalá la Real, el sentimiento de sentirme frailero no desaparece, sino que va en aumento. Pensar, imaginar, pasear, ver, mirar, contactar, todo eso lo hago como un frailero. Como una persona que cada día vuelve a Frailes y -cuando estoy en la carretera- hay algo que se va moviendo en mi interior.
Esta sensación de sentirme de Frailes la he experimentado en múltiples ocasiones y mucho más cuando más lejos estoy. Después, al volver, el gozo y el pinchazo en el estómago son más grandes.
Frailes es volver a mi niñez, cuando correteaba con Miguel Tello, Miguel Montes, Pepe el de los Álvarez, Paco Belmontes, Paco el del Potro y muchos otros. Corríamos por las huertas de Merceditas, donde hoy es el centro del pueblo y asaltábamos los cerezos de Liborio; en otoño juntábamos las hojas de las nogueras, hacíamos un gran montón con ellas y dentro nos metíamos uno de nosotros y la gracia era saltar de dentro del montón para cuando pasaran las mujeres que iban o venían de misa, dándoles un susto de miedo, sobre todo al anochecer. Las huertas eran nuestro paraíso y allí pasábamos la mayor parte del día. Había agua, fruta, juego … y éramos felices.
Por allí vivían don Antonio y don Florencio -que eran hermanos- y también maestros, el primero de la Escuela Nacional y el segundo nos daba clases particulares. A mí me enseñaron los dos. El primero en aquella escuela entre la calle Huertos y el Barrihondillo, que fue hogar del jubilado y ahora la han transformado en vivienda para los jóvenes. Allí era un niño de la era Franquista, en una clase de suelo de madera que resonaba al pisarlo, con bancas de dos asientos y pupitres unidos que tenían dos agujeros para colocar los tinteros, donde mojábamos las plumas. Muchas veces los derramábamos y nos poníamos tupidos de tinta; con aquellos calzones de pana fuerte, sujetados con un cinturón que iba de un ojal que había a la espalda, a otro que estaba al frente. No usaba calzoncillos y mi situación de ropa interior era precaria. En la pared había un retrato de Franco y otro de José Antonio Primo de Rivera que yo no sabía por qué siempre estaban juntos en todas las paredes de todas las escuelas que fui viendo en aquella época. Había un cuaderno de honor donde escribíamos casi todos, algunos no podían escribir porque hacían muchos borrones y ensuciaban aquel cuaderno que don Antonio tenía en gran estima. Subíamos aquellas escaleras estrechas haciendo sonar nuestras sandalias de goma, porque allí había pocos niños que llevaran zapatos, sólo algunos de los más pudientes del pueblo. Frente a nuestra clase estaba la de las niñas que regentaba doña Concha y abajo estaba la clase de don José, su marido. En aquella escuela desvencijada nos daban aquél desayuno del Plan Marshall, consistente en leche que le llamábamos ‘del Cura’ porque venía de la parroquia, olía a medicina y era una especie de leche en polvo, que se le hacían unos grumos a veces imposibles de tragar.     Era un regalo de los United States of América para el pueblo español de la posguerra, y venía en unos grandes bidones de cartón reforzados con cinturones metálicos. Muchos hicieron ‘trasperlo’ y la vendían a los pobres, trapicheaban para ganar algo, vendiendo kilos o medios kilos de aquella leche americana. Por la tarde nos daban una merienda, consistente en pan y queso, un queso amarillento, con un olor indescifrable pero al que me acostumbré cada jornada antes de las cinco de la tarde.
A lo largo de mi formación infantil pasé por varias escuelas particulares, una de ellas fue la de la Pollica, también llamada “Escuela de la Miga”. La Pollica era una mujer anciana que ejercía en la escuela con su hija y las dos nos formaban en las primeras letras, con una cartilla en la que aprendíamos las vocales y el abecedario, así como las primeras frases: “mi mama me ama, yo amo a mi mama”. Había un cuarto oscuro, donde nos metían cuando la madre y la hija creían que nos portábamos mal, con un agujero en la puerta por donde mirábamos a los que estaban en la habitación principal. En invierno llevábamos unas latas grandes y vacías de conserva de atún con un alambre de lado a lado, a las que les echábamos unas pocas ascuas para poder calentarnos del frío reinante, aunque el calor duraba poco y las ascuas se consumían pronto. Generalmente, los alumnos mayores cuidaban a los más pequeños y al terminar la clase nos llevaban a nuestras casas. Pero la escuela más importante y de mayor abolengo intelectual era la de ‘Emilio’, un hombre inválido, rechoncho y con una verruga en la cara aunque no recuerdo en que parte. Tenía la escuela en su propia casa, en un callejón al final de la calle San Antonio, en donde se inicia la calle Picachos. Allí vivían también los padres de Liborio y Antonio Romero, cuyo abuelo tenía una tienda; le llamaban Antoñico el Loco. Al maestro le decían Emilio el de Pantomino y se sentaba en un sillón de madera con asiento de anea y -como no podía moverse- desde su asiento nos vigilaba, aunque siempre contaba con alguno de los más grandes para acercarnos a él, si nos tenía que decir algo y, sobre todo, cuando nos castigaba con una gran palmeta de madera que, al dejarla caer por su propio peso, iba a parar a nuestros nudillos desnudos. Entonces la exclamación y los quejidos eran unánimes.
Yo odiaba aquella escuela, que era como una cárcel para mí. Sabíamos que entrábamos por la mañana, pero la hora de salida era incierta. El maestro nos dejaba salir al recreo por aquellas calles, como la Almoguer, hasta la fuente de la Mujer, por la taberna del padre de Manolo el del Casinillo, que tenía un mostrador alto al que no alcanzábamos ninguno de nosotros. Después, esta misma taberna la regentaron Chipilin y su mujer Dolores, que era de la misma edad que mi hermano Antonio. Ambos tenían una bicicleta y muchas veces vendían helado por las calles, en una gran garrafa llena de hielo y sal para que se conservara el rico helado. Manolo, el hijo del dueño del Casino,  que se hizo maestro y dio clases en el colegio Alonso Alcalá, me dijo que el casino se fundó en 1931, y que tenía una columna en el centro por donde algunos subían gateando. Manolo me cuenta que allí tenía su sede los militantes de la CEDA, un partido de la derecha que tuvo importancia en los años 1930 y siguientes.
En la escuela de Emilio había alumnos de día y de noche. Los nocturnos eran los que estaban trabajando en el campo y se formaban tras dar su jornada laboral; sólo recibían unos conocimientos elementales: las cuatro reglas (sumar, restar, multiplicar y dividir), el dictado para combatir las faltas de ortografía y algunos se preparaban para las oposiciones de la Guardia Civil o la Policía Nacional. También escribíamos cantidades y cifras.
En aquella escuela de Emilio conocí a muchos de mis amigos y conocidos, a los hijos del Tío de la Luz: Pepe, Isidro y Paquito que también eran buenos para el fútbol, cuando íbamos a jugar a las Eras del Mecedero. El más ‘figurita’ era Isidro, alto y seco, que le gustaba driblar y tirar la pelota desde el extremo al centro. Los tres salieron de Frailes para estudiar fuera una carrera de perito industrial y, más tarde, marcharon a Valencia. Los tres eran muy ingeniosos y fundaron un club en una casa que tenían en lo alto de la calle Picachos. Le llamábamos ‘El Rey de Copas’, y era una especie de garito, en donde nos juntábamos de noche, los domingos y otros días señalados. Allí hacíamos guateques, aunque no siempre me dejaban entrar por no sé que criterios que ahora no recuerdo. El caso es que muchas veces no podíamos entrar a aquél club que tenía cierto encanto. Parece que prosperaron en sus profesiones y triunfaron en sus oficios, porque Paco Trujillo estuvo en Frailes hace poco y contó que se había comprado una casa en un pueblo de Teruel, con muy pocos habitantes, una edificación importante con cientos de metros cuadrados. También contó que sus hijos se habían formado muy bien y tenían profesiones importantes como las de ingeniero, viajando asiduamente al extranjero, por lo que ya no venía a Frailes, ya que sólo le interesaba ver a su suegro, que iba perdiendo la memoria, y a su hermana Carmen, que vive en la calle Nacimiento.
La verdad es que no me gustaba la escuela de Emilio, porque era algo lúgubre y -como una obsesión continua- tenía miedo a ir cada día a aquella casa. También temía los palmetazos que podía recibir en mis manos. Aquél hombre no podía moverse pero yo le tenía miedo, aunque mucha gente le tenía aprecio, y la gran mayoría de la gente aprendió las cosas básicas e incluso algunos aprobaron unas oposiciones. A pesar de que no se podía mover, alzaba su mano con aquella gran palmeta de madera afilada e iba a parar a los nudillos inocentes de los escolares. Además de la tienda de Antoñico el Loco, que vendía casi de todo, en aquél espacio cuadrado había otros negocios: la tienda o taberna de Pescuezo Gordo estaba al principio de la calle Picachos. Era una habitación de piedras en donde servían vino y en donde los hombres se juntaban con botellas de medio y de litro. Por allí estaba también el estanco, en plena calle Almoguer … y un poco más allá, la zapatería de Magdaleno, un primo de mi madre. Estaba en una pequeña habitación con un pequeño cuadrado de madera, con muchos apartados para colocar sus utensilios y con un montón de zapatos viejos para arreglar. Le acompañaba su yerno, con una especie de delantal de cuero que -según recuerdo- hacía los agujeros en el zapato con una lerna puntiaguda, metía el cabo de guita y comenzaba a coser el zapato o la bota. También vendía calzado procedente de Alcalá, adonde iba muchas semanas para comprar el material necesario para atender a sus clientes.
Pero donde mejor lo pasé fue en la escuela de don Florencio Alba, situada al principio de la calle Santa Lucía, en una casa medio señorial con una huerta y un patio muy bonito, así como una puerta de hierro, que tenía unos raíles. Habitaban la casa los dos hermanos: don Antonio y don Florencio. El primero estaba casado y tenía dos hijos que se llamaban Juan y Luis. Éste último era de mi edad y el primero unos años mayor que yo. Luis se hizo médico y ejerció su profesión en Sevilla; Juan se quiso hacer perito industrial y después trabajó en Sevilla, finalmente volvió a la casa familiar y la alterna con un apartamento en la playa de Fuengirola. Y  ambos se encuentran en Frailes en algunas fechas del año.
Don Florencio era soltero, o al menos estaba solo. Lo cuidaba una mujer, Elena. Y aunque era cojo, se manejaba muy bien con su muleta. Formó una escuela mixta en su propia casa y allí nos juntábamos la flor y nata de los niños y niñas fraileros que querrían estudiar el Bachillerato. Allí estaba Molina, Toñi Nieto, Manolillo el del Baño, Antonio Aceituno, y los sobrinos del maestro, Florencio y Paco  Moya. Éstos lo cuidaban y le hacían los mandados y recados. La formación se basaba en la aritmética tradicional, resolver cuentas, problemas matemáticos y geometría, aprender ortografía con dictados de frases, tomar las lecciones que había que decirlas de memoria. También me pareció ver por allí a Paco y Antonio, los hijos del otro electricista que tenia una casa por la calle Sin Salida. Los dos se hicieron maestros, Paco vive en Alcalá la Real y Antonio decía que estaba en Órgiva.
Pasaron muchas cosas en aquella escuela. Don Florencio era un tipo peculiar, y cada día le decía a Elena, la mujer que le ayudaba en los menesteres domésticos, que le llevara la manzanilla del casino de Cristóbal, junto al Ayuntamiento viejo. Bebía mucho té y manzanilla, pero un día uno de nosotros fue a buscar esta bebida para llevársela y cual fue nuestra sorpresa, la infusión se había convertido en vino y pronto todos nos enteramos de aquél secreto. Don Florencio no se andaba con ‘chiquitas’. Cuando más alterábamos la clase, lanzaba su muleta al aire y ésta impactaba con una de nuestras cabezas y -así- el silencio y el orden volvían y quedaba la habitación en calma. Otras veces venía el cura de turno para pedir un alumno para ayudar a celebrar la misa o algún entierro. Nosotros nos peleábamos por ir, porque estábamos un rato fuera del orden escolar, pero quién más veces iba era Molina, a quien le gustaba darle el hisopo -él lo llamaba cubetilla- para que el cura lo bendijera con agua bendita. Se hizo un experto en la materia, así que. Molina protagonizó muchas de aquellas historias. Como la de aquella mañana que pidió a don Florencio que le dejase ir a hacer de cuerpo, pero éste no le hacía caso. Un par de horas después don Florencio le dio permiso para ir al excusado, pero Molina, ni corto ni perezoso, le dijo a don Florencio: “ya ‘pá qué, ya me he hecho”.
Algún sábado o domingo, don Florencio iba al cine, tenía que bajar de su casa en la calle Santa Lucía, junto a la iglesia, hasta el Cinema España en la calle Mesones. Era un trecho bastante grande para un hombre cojo, por lo que llamaba a mi madre para que le acompañara. En aquellas ocasiones vestía muy elegante, con chaqueta y pañuelo en el bolsillo. Después de ver la película, tenía que volver con él hasta su casa o lo dejaba en el casino de Cristóbal y -allí- se tomaba el último vermut. Don Florencio se juntaba con algunos que eran buenas piezas, de lo más granado de Frailes, y cometía algunas fechorías. Recuerdo aquella en que, en el huerto, aparecía una gallina muerta cada día.
Las gallinas eran de la mujer de su hermano, al que le decía que no tirara la gallina porque él la aprovecharía. Se juntaba con sus compinches y se daban un festín de gallina muerta, pero después nos enteramos de que entre él y sus amigotes mataban la gallina, hincándole un alfiler en una de sus tripas y así moría.
La escuela de don Florencio terminó un día de septiembre de 1961, cuando algunos niños, acompañados de sus padres, fuimos a Jaén para hacer el examen de ingreso de Bachillerato. El viaje fue por la carretera de la Martina, una vía peligrosa donde las haya, con curvas y contra curvas. Allí, en el coche de Manolo el Chófer nos introdujimos aquella mañana aciaga. Éramos Faustino, Rafa el de Caridad, Rafa Maneque, José Luis y Enrique Raya, don Florencio, Pepe Raya y algún otro. En una curva infernal, mirando ya hacía Valdepeñas, el coche dio varias vueltas de campana y fue a pararse en una chaparra destartalada que lo detuvo, mientras el padre de Faustino Atero que iba delante en una moto, abriendo camino, nos veía desde otra curva y llegó a pensar en que todos habríamos muerto. Pero no fue así … parece que fue un milagro. Sólo falleció don Florencio al querer salir del automóvil. Al final, sólo un reguero de polvo vi en aquél panorama desolador. Pepe Raya, el padre de José Luis y Enrique, le dio un porrazo al parabrisas y pudimos salir de aquél infierno. Yo solo vi oscuridad, nada tangible, un vendaval de tierra y miedo que nos dejó sin aliento. Todos estábamos vivos menos don Florencio que dejó su vida y su escuela en aquél lugar inhóspito del que nosotros queríamos salir, agarrándonos a alguna retama y pudiendo subir poco a poco hasta la carretera, donde nos juntamos de nuevo. Ninguno de nosotros quería subirse de nuevo e intentamos correr hacía Valdepeñas de Jaén. La mala noticia corrió como la pólvora, en Valdepeñas alguien nos metió en una casa y nos ayudó a superar aquel trance. Sólo recuerdo que mi hermano Antonio vino a por mí en un carro moto que le había comprado mi padre para traer los artículos de Alcalá la Real que vendíamos en una pequeña tienda alquilada a Manolín en la calle Tejar. Mi hermano no se lo pensó dos veces, me subió a su moto y me llevó a Frailes. La gente nos paraba en las Eras del Mecedero para interesarse por lo que nos había pasado, me llevaron a mi casa de la calle Horno y me desperté a otro día para ir al entierro de don Florencio.
Parece que con la desaparición de don Florencio mi vida sufrió un cambio, y así fue. Pero de aquél hombre guardo un gran recuerdo que siempre me ha ido acompañando en mi vida. Algo me enseñó, algo que siempre he tenido en mi pensamiento, al menos terminé mi etapa de formación primaria y comencé una nueva ilusión.
Al filo de todo esto, aquellos años fueron cuando menos interesantes. La escuela me dejó un legado especial, aquella gente: don Antonio, don José, don Florencio, doña Concha, doña Gabriela, Emilio de Pantomino, la Pollica y algún otro que ahora no recuerdo, como la Anita de Pantomino, todos fueron mis verdaderos maestros. Con ellos aprendí a leer, a escribir, a pensar y a conocer a algunos de mis amigos, como Antonio Cañete, Antonio Medina, los hijos del Tío la Luz, Molina, Antonio de Amadeo, Antonio Aceituno el de Adelín, los hermanos del Bubi, Juan, Manolo que iba siempre con sus hermanos, Rafael Maneque, Faustino Atero, Manuel Gallego Zafra, Manuel Gallego Mudarra y muchos otros.