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martes, 16 de junio de 2015

'SER DE FRAILES' CAPITULO PRIMERO

Frailes. Yo soy de Frailes, otros son de Alcalá la Real, Castillo de Locubín, Nueva Delhi, Kenia o Pekín. Pero yo soy de Frailes. No pertenezco al PP, ni al PSOE, ni a ninguna ONG, ni estoy subscrito a ninguna revista, ni club de fútbol, ni asociación de vecinos, ni cofradía religiosa ni laica. Sólo soy frailero que no es cualquier cosa, o sea, que pertenezco a una franja de terreno que hay al sur de la provincia de Jaén, de poco más o menos de 42 kilómetros cuadrados y que se extiende a todo el mundo, irradia su presencia al universo y tiene como esencia la “frailestud”. Es decir que ser de Frailes lo puede ser cualquiera, no hay que cumplir ninguna condición para serlo, ni hay que tener ningún carnet que acredite su identidad.
De Frailes voy y vengo, huyo y desaparezco, como su río, como su Nacimiento. Estudié para ser frailero, me hice aprendiz de historiador para investigar su pasado, su presente y su futuro y conseguí ser aprendiz de periodista para escribir de Frailes. Creo que lo que se me da mejor es decir cosas de Frailes, y no es que lo haga bien, o mal, o regular; es que creo que no sé hacer otra cosa. Lo he intentado muchas veces, me fui a estudiar a Alcalá la Real, a Granada, estuve en Madrid buscando trabajo, pero me ahogaba, no veía las estrellas ni el sol de Frailes.
Me fui a Alcalá la Real -como digo- , compré un piso allí y me instalé pero todos los días abría las puertas del coche y me plantaba en Frailes. Iba por una calle, subía a la Martina, miraba el Cepero, bebía agua en la fuente del Nacimiento, visitaba a Manolo el Sereno, comía “casa” mi hermana Maripi, veía de refilón al Bubi, la Pajarica, me topaba con Silvia, Joel o Richard, a la vez que Luis Raya me alzaba la mano al estilo franquista, El Pollo me hacía señas con las luces del coche cuando nos encontrábamos, Rafael de Caridad me miraba de soslayo mientras me hacía un signo anarquista y voceaba a Durruti. Entraba por el Nogueral y mi cuerpo era otro, enfilaba la Vega y veía a los que sacaban espárragos y, sin apenas tiempo, ya estaba en Los Baños viendo entrar a los trabajadores de Maderas Gallego. También me topaba con el balneario, el pub el Corcel, la casa de Paco Comino y el Choto. Miraba las bolsas de pan colgadas en el portón de la casa de Juanito, el coche de Pajote siempre en el patio y el bar lady Diana, que parecía un esperpento de algo inglés con sueños turísticos.
Algunos  no me saludaban ni me decían nada, pero eso forma parte de mi forma de vida. Yo creo que conseguí el trabajo en el Ayuntamiento porque estaba predestinado para ello. Para instalarme en el meollo de la cuestión, para impregnarme de Frailes, vivir por y para Frailes y -a pesar de que muchos digan que tengo un carácter hosco y tímido-, puede ser verdad, pero no lo hago con intención ya que, si a alguien no atiendo bien, después lo pienso y lo repienso y me como el coco reflexionando sobre esa acción. En el Ayuntamiento cuento a los fraileros, los que vienen, los que se van, los que nacen, los que mueren, los que se casan, los que se divorcian, los que compran una casa, los que edifican, los que quieren hacer un carril, los que quieren hacer un viaje o un concurso, los que se apuntan al paro o los que quieren montar una empresa.
No soy especial ni fuera de lo normal. Soy un frailero cualquiera, como Antonio Cabildo o Luis Gamazo, como don Antonio, don Fermín, Pepe el de las Gaseosas, Antonio el Maestro, Luis el de Echeverría, Fran Cano, María la Betuna, la Mariquilla, Pepito el de la Cueva, Paquitín, Michael Jacobs, Alberto Jaime Martínez Pulido, Chica, el Bubi, Fany, Pepe Juanaco, Los Pireos, Miguel Tello, Paco Belmontes, Caridad Castillo, Antonio Manuel Cano García, José Manuel Garrido, Lucía, José Luis Martín, Christian Magherut y Alipio Efraín. O como María la de Bocarrieta, la Feli, Silvia, Matilde, Marina, Fuensanta la Monitora, don César el médico, Mangote, Encarnita Maravilla, el cura don Francisco, Pepito el del Estanco, la Cipriana, Mil Hombres, doña Margarita, Rafa el Tano, Paco Martillo, Indale el Encalaor, Los Muriana, la gente de Los Rosales, los de la Dehesilla o los de Puerto Blanco. Como los fraileros que viven en Granada, Roma o Madrid.
Ser de Frailes es un privilegio que está al alcance de cualquiera, no expedimos carnet de autenticidad, ni de sangre, ni de identidad. Frailero fue y es el Guarda Negro, sus hijos y nietos, Manolo el de los Tostaos, Pepillo Merino, el Nono, Antoñino el de Adelín, Sofía, Pancanto y sus hijos, Luis Alba, Camilo Mudarra Díaz, Abelardo Nieto, Bolivares, la Hilaria, Pepe y sus hijos los Pajaricos, Dondín, Sinforiano y la Paca, Valentín, el Deán Mudarra, el marqués de Campoameno, la cronista oficial Maite Murcía, Encarni la concejala del PP, su marido Jordi y su hija. Mercedes Machuca, su hermana Paqui y su padre Valeriano. Además de Antoñito el Mecánico, Custodio el constructor, Sevilla, Juanaco, Montemolín, don Francisco el Practicante y sus hijos, Ernesto del Moral, Paco el Charro, Rafalín Pajote, Antonio Mingorance y sus hijos Pedro y Miguel, la tía Delia que se fue a Francia y me hablaba de Felipe González, Matasuegras, Bolilla, Juan Castro y sus hijos, que tenía una casa en la calle Ancha, adonde Chipilín le llevaba helados en aquellos tiempos del cuplé de Sarita Montiel.
Fraileros son y serán Moisés el de los Quesos y su madre Manuela y su padre Juan el Rubio, Manolillo el del Casinillo, Guerrito, Espirita y Luisa, Misián y su nieto el Toni, que se fue a un camping de los Pirineos y se hizo letrado por la UNED. Y Fiscalillo, Antonio el Policía, Matías Pareja, David Tello, Mariceli Molero, Miguel Bragueta, que  era panadero y vendió -y vende- productos fraileros con su Suzuki grande (antes tenía una furgoneta Citroen). Recuerdo especialmente a su madre, que hacia unos dulces de rechupete, y a su padre -Miguel Moya Arias- que se emborrachaba con el mío.
Doña Inmaculada Campos Torres, farmacéutica e impulsora de nuestro folclore, Cañete el albañil, Medina el del Barrihondillo, junto a Amadeo; José el Barbero, el padre de la Anita, que montó una gasolinera y una peluquería. Cazaleno y su cuesta, Matías Regalo y su Encarnilla, el Escandaloso, David el carnicero que se hizo fotógrafo y marchó a Mallorca, el Blanco Nieves, mi tío Lopera que me cantaba coplas de Navidad mientras mi tía Regina rezaba el rosario. Ezequiel y Fermín, los hijos de Amando que vivían en la Plaza de José Antonio y que ahora se llama Miguel de Cervantes. Las Cotorras, que eran costureras, y su padre Antonio el encalador, el albañil Antonio Chibiriche, que se abrigaba en invierno abrochándose el último botón de la camisa. Tambor, el de la tienda y la posada junto al cinema España. Frente a mi casa Amadora La Rubia, con su hija Mercedes y su hijo Antonio,  practicante que fue en Los Villares. Mercedes montó una tienda de ropa con su marido Manolo y después se marcharon a Alcalá y les fue bien la vida.
Antes había unos 3.000 vecinos en el padrón de habitantes, ahora estamos unos 1.700, pero eso da igual. Fraileros hay muchos desperdigados por el mundo. Yo, que viajo poco, fui una vez a Roma y nada más bajarme del avión, en el mismo aeropuerto, me tocó una persona el hombro y era una frailera que había ido a ver al Papa. Nos saludamos y seguimos nuestro viaje. Como digo, Frailes no se acota en los 42 kilómetros cuadrados de su superficie. Frailes se puede ver en Sevilla, sobre todo en aquella  tanda de vecinos, de los años 60 del pasado siglo, cuando se marcharon a trabajar en FASA-RENAULT cientos de fraileros que echaron allí raíces y prolongaron el nombre de la villa de Frailes. En la Algaba dices que eres de Frailes y de momento te rodea una pléyade de fraileros que te ofrecen su casa y todo lo que tienen. Allí marcharon algunos de los Pulios, Antonio -el barbero del Barrihondillo- al que sus amigos le decían Hereodos. Y los hermanos Pareja, los Tellos, los Mingorances, Rafael el hijo de Misián, Dionisio el zapatero, que vivía junto a mi hermana Emilia, el que un día en su casa sevillana no sabía dónde ponerme y me sacó lo mejor que tenía. Los hijos de Zacarias, el chófer del médico don Fermín Medina, y el hijo de éste, el director de la fábrica antes mencionada. Los de Chapalete, Luis y Rafael, quien, ya jubilado, volvió a Frailes para disfrutar de su vejez entre nosotros. Él viene todos los días al Ayuntamiento a por el periódico, lo lleva al Centro Social y se ha hecho un experto en hortalizas y en buscar setas. Y Cadete, que tenía otra barbería frente al Cinema España, y Gabriel Cano Peña, que también se fue a Sevilla, cuyo padre tenía un par de burros y llevaba arena del río para las obras. Lo recuerdo frente al puente de las Cuevas con una azada, trasegando arena con unas botas de goma y llenando los serones de sus burros para llevarla a quién se la compraba. Yo me decía para mí: “este hombre tiene que ser rico, porque con tanta arena como hay en el río, puede tener siempre trabajo y hacer muchas edificaciones’’.
Pertenecer a la villa de Frailes no se hace, sólo, por haber nacido dentro de ella. Es un trabajo continuo de aproximación en el espacio y en el tiempo. Frailes es la vida mía que nunca se podrá acabar, porque es un ente imborrable.
Después de tantos años de mi traslado a Alcalá la Real, el sentimiento de sentirme frailero no desaparece, sino que va en aumento. Pensar, imaginar, pasear, ver, mirar, contactar, todo eso lo hago como un frailero. Como una persona que cada día vuelve a Frailes y -cuando estoy en la carretera- hay algo que se va moviendo en mi interior.
Esta sensación de sentirme de Frailes la he experimentado en múltiples ocasiones y mucho más cuando más lejos estoy. Después, al volver, el gozo y el pinchazo en el estómago son más grandes.
Frailes es volver a mi niñez, cuando correteaba con Miguel Tello, Miguel Montes, Pepe el de los Álvarez, Paco Belmontes, Paco el del Potro y muchos otros. Corríamos por las huertas de Merceditas, donde hoy es el centro del pueblo y asaltábamos los cerezos de Liborio; en otoño juntábamos las hojas de las nogueras, hacíamos un gran montón con ellas y dentro nos metíamos uno de nosotros y la gracia era saltar de dentro del montón para cuando pasaran las mujeres que iban o venían de misa, dándoles un susto de miedo, sobre todo al anochecer. Las huertas eran nuestro paraíso y allí pasábamos la mayor parte del día. Había agua, fruta, juego … y éramos felices.
Por allí vivían don Antonio y don Florencio -que eran hermanos- y también maestros, el primero de la Escuela Nacional y el segundo nos daba clases particulares. A mí me enseñaron los dos. El primero en aquella escuela entre la calle Huertos y el Barrihondillo, que fue hogar del jubilado y ahora la han transformado en vivienda para los jóvenes. Allí era un niño de la era Franquista, en una clase de suelo de madera que resonaba al pisarlo, con bancas de dos asientos y pupitres unidos que tenían dos agujeros para colocar los tinteros, donde mojábamos las plumas. Muchas veces los derramábamos y nos poníamos tupidos de tinta; con aquellos calzones de pana fuerte, sujetados con un cinturón que iba de un ojal que había a la espalda, a otro que estaba al frente. No usaba calzoncillos y mi situación de ropa interior era precaria. En la pared había un retrato de Franco y otro de José Antonio Primo de Rivera que yo no sabía por qué siempre estaban juntos en todas las paredes de todas las escuelas que fui viendo en aquella época. Había un cuaderno de honor donde escribíamos casi todos, algunos no podían escribir porque hacían muchos borrones y ensuciaban aquel cuaderno que don Antonio tenía en gran estima. Subíamos aquellas escaleras estrechas haciendo sonar nuestras sandalias de goma, porque allí había pocos niños que llevaran zapatos, sólo algunos de los más pudientes del pueblo. Frente a nuestra clase estaba la de las niñas que regentaba doña Concha y abajo estaba la clase de don José, su marido. En aquella escuela desvencijada nos daban aquél desayuno del Plan Marshall, consistente en leche que le llamábamos ‘del Cura’ porque venía de la parroquia, olía a medicina y era una especie de leche en polvo, que se le hacían unos grumos a veces imposibles de tragar.     Era un regalo de los United States of América para el pueblo español de la posguerra, y venía en unos grandes bidones de cartón reforzados con cinturones metálicos. Muchos hicieron ‘trasperlo’ y la vendían a los pobres, trapicheaban para ganar algo, vendiendo kilos o medios kilos de aquella leche americana. Por la tarde nos daban una merienda, consistente en pan y queso, un queso amarillento, con un olor indescifrable pero al que me acostumbré cada jornada antes de las cinco de la tarde.
A lo largo de mi formación infantil pasé por varias escuelas particulares, una de ellas fue la de la Pollica, también llamada “Escuela de la Miga”. La Pollica era una mujer anciana que ejercía en la escuela con su hija y las dos nos formaban en las primeras letras, con una cartilla en la que aprendíamos las vocales y el abecedario, así como las primeras frases: “mi mama me ama, yo amo a mi mama”. Había un cuarto oscuro, donde nos metían cuando la madre y la hija creían que nos portábamos mal, con un agujero en la puerta por donde mirábamos a los que estaban en la habitación principal. En invierno llevábamos unas latas grandes y vacías de conserva de atún con un alambre de lado a lado, a las que les echábamos unas pocas ascuas para poder calentarnos del frío reinante, aunque el calor duraba poco y las ascuas se consumían pronto. Generalmente, los alumnos mayores cuidaban a los más pequeños y al terminar la clase nos llevaban a nuestras casas. Pero la escuela más importante y de mayor abolengo intelectual era la de ‘Emilio’, un hombre inválido, rechoncho y con una verruga en la cara aunque no recuerdo en que parte. Tenía la escuela en su propia casa, en un callejón al final de la calle San Antonio, en donde se inicia la calle Picachos. Allí vivían también los padres de Liborio y Antonio Romero, cuyo abuelo tenía una tienda; le llamaban Antoñico el Loco. Al maestro le decían Emilio el de Pantomino y se sentaba en un sillón de madera con asiento de anea y -como no podía moverse- desde su asiento nos vigilaba, aunque siempre contaba con alguno de los más grandes para acercarnos a él, si nos tenía que decir algo y, sobre todo, cuando nos castigaba con una gran palmeta de madera que, al dejarla caer por su propio peso, iba a parar a nuestros nudillos desnudos. Entonces la exclamación y los quejidos eran unánimes.
Yo odiaba aquella escuela, que era como una cárcel para mí. Sabíamos que entrábamos por la mañana, pero la hora de salida era incierta. El maestro nos dejaba salir al recreo por aquellas calles, como la Almoguer, hasta la fuente de la Mujer, por la taberna del padre de Manolo el del Casinillo, que tenía un mostrador alto al que no alcanzábamos ninguno de nosotros. Después, esta misma taberna la regentaron Chipilin y su mujer Dolores, que era de la misma edad que mi hermano Antonio. Ambos tenían una bicicleta y muchas veces vendían helado por las calles, en una gran garrafa llena de hielo y sal para que se conservara el rico helado. Manolo, el hijo del dueño del Casino,  que se hizo maestro y dio clases en el colegio Alonso Alcalá, me dijo que el casino se fundó en 1931, y que tenía una columna en el centro por donde algunos subían gateando. Manolo me cuenta que allí tenía su sede los militantes de la CEDA, un partido de la derecha que tuvo importancia en los años 1930 y siguientes.
En la escuela de Emilio había alumnos de día y de noche. Los nocturnos eran los que estaban trabajando en el campo y se formaban tras dar su jornada laboral; sólo recibían unos conocimientos elementales: las cuatro reglas (sumar, restar, multiplicar y dividir), el dictado para combatir las faltas de ortografía y algunos se preparaban para las oposiciones de la Guardia Civil o la Policía Nacional. También escribíamos cantidades y cifras.
En aquella escuela de Emilio conocí a muchos de mis amigos y conocidos, a los hijos del Tío de la Luz: Pepe, Isidro y Paquito que también eran buenos para el fútbol, cuando íbamos a jugar a las Eras del Mecedero. El más ‘figurita’ era Isidro, alto y seco, que le gustaba driblar y tirar la pelota desde el extremo al centro. Los tres salieron de Frailes para estudiar fuera una carrera de perito industrial y, más tarde, marcharon a Valencia. Los tres eran muy ingeniosos y fundaron un club en una casa que tenían en lo alto de la calle Picachos. Le llamábamos ‘El Rey de Copas’, y era una especie de garito, en donde nos juntábamos de noche, los domingos y otros días señalados. Allí hacíamos guateques, aunque no siempre me dejaban entrar por no sé que criterios que ahora no recuerdo. El caso es que muchas veces no podíamos entrar a aquél club que tenía cierto encanto. Parece que prosperaron en sus profesiones y triunfaron en sus oficios, porque Paco Trujillo estuvo en Frailes hace poco y contó que se había comprado una casa en un pueblo de Teruel, con muy pocos habitantes, una edificación importante con cientos de metros cuadrados. También contó que sus hijos se habían formado muy bien y tenían profesiones importantes como las de ingeniero, viajando asiduamente al extranjero, por lo que ya no venía a Frailes, ya que sólo le interesaba ver a su suegro, que iba perdiendo la memoria, y a su hermana Carmen, que vive en la calle Nacimiento.
La verdad es que no me gustaba la escuela de Emilio, porque era algo lúgubre y -como una obsesión continua- tenía miedo a ir cada día a aquella casa. También temía los palmetazos que podía recibir en mis manos. Aquél hombre no podía moverse pero yo le tenía miedo, aunque mucha gente le tenía aprecio, y la gran mayoría de la gente aprendió las cosas básicas e incluso algunos aprobaron unas oposiciones. A pesar de que no se podía mover, alzaba su mano con aquella gran palmeta de madera afilada e iba a parar a los nudillos inocentes de los escolares. Además de la tienda de Antoñico el Loco, que vendía casi de todo, en aquél espacio cuadrado había otros negocios: la tienda o taberna de Pescuezo Gordo estaba al principio de la calle Picachos. Era una habitación de piedras en donde servían vino y en donde los hombres se juntaban con botellas de medio y de litro. Por allí estaba también el estanco, en plena calle Almoguer … y un poco más allá, la zapatería de Magdaleno, un primo de mi madre. Estaba en una pequeña habitación con un pequeño cuadrado de madera, con muchos apartados para colocar sus utensilios y con un montón de zapatos viejos para arreglar. Le acompañaba su yerno, con una especie de delantal de cuero que -según recuerdo- hacía los agujeros en el zapato con una lerna puntiaguda, metía el cabo de guita y comenzaba a coser el zapato o la bota. También vendía calzado procedente de Alcalá, adonde iba muchas semanas para comprar el material necesario para atender a sus clientes.
Pero donde mejor lo pasé fue en la escuela de don Florencio Alba, situada al principio de la calle Santa Lucía, en una casa medio señorial con una huerta y un patio muy bonito, así como una puerta de hierro, que tenía unos raíles. Habitaban la casa los dos hermanos: don Antonio y don Florencio. El primero estaba casado y tenía dos hijos que se llamaban Juan y Luis. Éste último era de mi edad y el primero unos años mayor que yo. Luis se hizo médico y ejerció su profesión en Sevilla; Juan se quiso hacer perito industrial y después trabajó en Sevilla, finalmente volvió a la casa familiar y la alterna con un apartamento en la playa de Fuengirola. Y  ambos se encuentran en Frailes en algunas fechas del año.
Don Florencio era soltero, o al menos estaba solo. Lo cuidaba una mujer, Elena. Y aunque era cojo, se manejaba muy bien con su muleta. Formó una escuela mixta en su propia casa y allí nos juntábamos la flor y nata de los niños y niñas fraileros que querrían estudiar el Bachillerato. Allí estaba Molina, Toñi Nieto, Manolillo el del Baño, Antonio Aceituno, y los sobrinos del maestro, Florencio y Paco  Moya. Éstos lo cuidaban y le hacían los mandados y recados. La formación se basaba en la aritmética tradicional, resolver cuentas, problemas matemáticos y geometría, aprender ortografía con dictados de frases, tomar las lecciones que había que decirlas de memoria. También me pareció ver por allí a Paco y Antonio, los hijos del otro electricista que tenia una casa por la calle Sin Salida. Los dos se hicieron maestros, Paco vive en Alcalá la Real y Antonio decía que estaba en Órgiva.
Pasaron muchas cosas en aquella escuela. Don Florencio era un tipo peculiar, y cada día le decía a Elena, la mujer que le ayudaba en los menesteres domésticos, que le llevara la manzanilla del casino de Cristóbal, junto al Ayuntamiento viejo. Bebía mucho té y manzanilla, pero un día uno de nosotros fue a buscar esta bebida para llevársela y cual fue nuestra sorpresa, la infusión se había convertido en vino y pronto todos nos enteramos de aquél secreto. Don Florencio no se andaba con ‘chiquitas’. Cuando más alterábamos la clase, lanzaba su muleta al aire y ésta impactaba con una de nuestras cabezas y -así- el silencio y el orden volvían y quedaba la habitación en calma. Otras veces venía el cura de turno para pedir un alumno para ayudar a celebrar la misa o algún entierro. Nosotros nos peleábamos por ir, porque estábamos un rato fuera del orden escolar, pero quién más veces iba era Molina, a quien le gustaba darle el hisopo -él lo llamaba cubetilla- para que el cura lo bendijera con agua bendita. Se hizo un experto en la materia, así que. Molina protagonizó muchas de aquellas historias. Como la de aquella mañana que pidió a don Florencio que le dejase ir a hacer de cuerpo, pero éste no le hacía caso. Un par de horas después don Florencio le dio permiso para ir al excusado, pero Molina, ni corto ni perezoso, le dijo a don Florencio: “ya ‘pá qué, ya me he hecho”.
Algún sábado o domingo, don Florencio iba al cine, tenía que bajar de su casa en la calle Santa Lucía, junto a la iglesia, hasta el Cinema España en la calle Mesones. Era un trecho bastante grande para un hombre cojo, por lo que llamaba a mi madre para que le acompañara. En aquellas ocasiones vestía muy elegante, con chaqueta y pañuelo en el bolsillo. Después de ver la película, tenía que volver con él hasta su casa o lo dejaba en el casino de Cristóbal y -allí- se tomaba el último vermut. Don Florencio se juntaba con algunos que eran buenas piezas, de lo más granado de Frailes, y cometía algunas fechorías. Recuerdo aquella en que, en el huerto, aparecía una gallina muerta cada día.
Las gallinas eran de la mujer de su hermano, al que le decía que no tirara la gallina porque él la aprovecharía. Se juntaba con sus compinches y se daban un festín de gallina muerta, pero después nos enteramos de que entre él y sus amigotes mataban la gallina, hincándole un alfiler en una de sus tripas y así moría.
La escuela de don Florencio terminó un día de septiembre de 1961, cuando algunos niños, acompañados de sus padres, fuimos a Jaén para hacer el examen de ingreso de Bachillerato. El viaje fue por la carretera de la Martina, una vía peligrosa donde las haya, con curvas y contra curvas. Allí, en el coche de Manolo el Chófer nos introdujimos aquella mañana aciaga. Éramos Faustino, Rafa el de Caridad, Rafa Maneque, José Luis y Enrique Raya, don Florencio, Pepe Raya y algún otro. En una curva infernal, mirando ya hacía Valdepeñas, el coche dio varias vueltas de campana y fue a pararse en una chaparra destartalada que lo detuvo, mientras el padre de Faustino Atero que iba delante en una moto, abriendo camino, nos veía desde otra curva y llegó a pensar en que todos habríamos muerto. Pero no fue así … parece que fue un milagro. Sólo falleció don Florencio al querer salir del automóvil. Al final, sólo un reguero de polvo vi en aquél panorama desolador. Pepe Raya, el padre de José Luis y Enrique, le dio un porrazo al parabrisas y pudimos salir de aquél infierno. Yo solo vi oscuridad, nada tangible, un vendaval de tierra y miedo que nos dejó sin aliento. Todos estábamos vivos menos don Florencio que dejó su vida y su escuela en aquél lugar inhóspito del que nosotros queríamos salir, agarrándonos a alguna retama y pudiendo subir poco a poco hasta la carretera, donde nos juntamos de nuevo. Ninguno de nosotros quería subirse de nuevo e intentamos correr hacía Valdepeñas de Jaén. La mala noticia corrió como la pólvora, en Valdepeñas alguien nos metió en una casa y nos ayudó a superar aquel trance. Sólo recuerdo que mi hermano Antonio vino a por mí en un carro moto que le había comprado mi padre para traer los artículos de Alcalá la Real que vendíamos en una pequeña tienda alquilada a Manolín en la calle Tejar. Mi hermano no se lo pensó dos veces, me subió a su moto y me llevó a Frailes. La gente nos paraba en las Eras del Mecedero para interesarse por lo que nos había pasado, me llevaron a mi casa de la calle Horno y me desperté a otro día para ir al entierro de don Florencio.
Parece que con la desaparición de don Florencio mi vida sufrió un cambio, y así fue. Pero de aquél hombre guardo un gran recuerdo que siempre me ha ido acompañando en mi vida. Algo me enseñó, algo que siempre he tenido en mi pensamiento, al menos terminé mi etapa de formación primaria y comencé una nueva ilusión.
Al filo de todo esto, aquellos años fueron cuando menos interesantes. La escuela me dejó un legado especial, aquella gente: don Antonio, don José, don Florencio, doña Concha, doña Gabriela, Emilio de Pantomino, la Pollica y algún otro que ahora no recuerdo, como la Anita de Pantomino, todos fueron mis verdaderos maestros. Con ellos aprendí a leer, a escribir, a pensar y a conocer a algunos de mis amigos, como Antonio Cañete, Antonio Medina, los hijos del Tío la Luz, Molina, Antonio de Amadeo, Antonio Aceituno el de Adelín, los hermanos del Bubi, Juan, Manolo que iba siempre con sus hermanos, Rafael Maneque, Faustino Atero, Manuel Gallego Zafra, Manuel Gallego Mudarra y muchos otros.

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