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miércoles, 2 de diciembre de 2015

EL BUBI



No sé si conoceis al Bubi, yo sí, lo he visto crecer por la calle Roturas Bajas, recuerdo cuando se quemó un pie e iba a la escuela con sus hermanos. En realidad se llama José Garrido García y se compró una moto e iba y venía a Alcalá. Una moto en la que volaba por esos caminos y le hacía sentirse el rey del mambo. Iba a una fiesta y a otra, no se le escapaba una por las riberas de estos ríos.
Le he visto bailar frenéticamente, siguiendo ritmos de música increíbles, se retorcía como un ofidio, se agachaba, se levantaba, hacía poses y en su interior se creía el Elvis Presley de Frailes.
Hace un tiempo que se hizo barrendero, los socialistas fraileros le dieron un puesto para que barriera las calles, las dejara limpias, las mimara y quitara la broza. Un trabajo inacabable, cansino, que nunca acaba y el Bubi cogió su escoba y su badíl y barría, barría, por la calle Santa Lucía, por la puerta de la iglesia, por la plaza Miguel de Cervantes y bailaba canciones interminables con su escoba cogida del talle.
Se quiso modernizar y se ingenió una especie de carro para recoger la basura de las calles, un artilugio movido por un perro que le seguía fiel a todas partes. Y barría y seguía barriendo, mientras el perro meneaba la cola y se sorprendía casi todos los días.
Al Bubi no le gusta el otoño porque las calles se llenan de hojas que se caen de los árboles, barre y barre todas las calles, pero las hojas parece que nacen nuevas cada segundo. Tiene un aparato mecánico para juntar hojas caídas pero es igual, las calles siguen llenas de hojas verdes, amarillas y de otros colores. Y se queja de vez en cuando, cuando ve que luchar con las hojas caídas, es un trabajo interminable, pero no desespera y cada día sigue barriendo y barriendo, por la calle Cuevas, por la calle Tejar, por el pequeño parque que hay junto al río. Hace montones de hojas, las introduce en bolsas negras de basura, pero por la noche se escapan y a otro día estánn en el mismo sitio.
El Bubi se ha comprado un coche, un auto sin marchas, pequeño y casi redondo y se introduce en él y sueña que recorre el mundo y se va de vacaciones, un mundo sin hojas caídas, sin escobas, un mundo limpio, lleno de flores sin marchitar, cuyos pétalos están siempre vivos. Y el pequeño auto, casi impotente se pone a cien, a doscientos por hora, y casi vuela por esos caminos, por carreteras estrechas y autovías interminables y canta dentro de ese automóvil, con su traje blanco y baila con una princesa que tiene zapatos de cristal como la cenicienta.
Y al final suben al cielo y bailan y barren nubes blancas y de colores, flotando como sin peso, flotando, flotando, barriendo nubes de colores.

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