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miércoles, 25 de noviembre de 2015

SER DE FRAILES. CAPITULO SIETE

Los fraileros han sido muy ahorradores, tal vez eso explique el que -antes de 1960- ya funcionaba una sucursal de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Granada, situada en un local de la Plaza del Rector Mudarra, propiedad de doña Amadora, junto a la casa de Maravilla. El primer director fue Miguel, el hijo del estanquero de la calle Almoguer. Este hombre le compró la casa que había enfrente de su oficina al secretario, don Sebastian. Miguel era un hombre serio que en aquel pequeño lugar comenzó a juntar los ahorros de los fraileros. Éstos se abrían una cuenta con una primera imposición y así comenzaban su andadura bancaria. Mi madre fue una de las pioneras. Los dineros guardados en un calcetín o en una troz para el grano pasaron a aquella entidad. También había gente que prestaba dinero, a un interés mucho más elevado que en la Caja de Ahorros, pero también arriesgaban su dinero, pues como la acción era ilegal, había peligro de que no lo devolvieran y eso ocurría de vez en cuando.
Después la función bancaria aumentó con Fidecaya, otra entidad que se instaló en un local de la calle Cuevas, propiedad de Manuel el Municipal. Su director fue Antonio Baeza que vivía en la calle Rafael Abril, abría cada día su oficina y atendía a sus clientes. Estaba impedido de un pie por lo que ayudaba con una muleta. Esta aventura financiera murió cuando la quiebra de Fidecaya. La gente se arremolinó en la oficina formando una cola que llegaba hasta la puerta. Lógicamente, la gente que quería recuperar su dinero y -según parece- lo consiguieron. Así que el asunto terminó bien.
Pero fue la Caja Rural quién puso el asunto bancario y financiero en todo su apogeo. Se instaló en la calle Tejar, 5 y su director fue Francisco Mudarra, con el apoyo de Rafael Frías. Allí llevaron sus ahorros y pudieron pedir préstamos, sobre todo los agricultores de Frailes. Formaba parte de la cooperativa de aceite San Rafael, que pudo ser remodelada y ampliada con nuevas instalaciones. Una vez le pregunté a Rafael Frías cuánto dinero había en aquella caja y me dijo que unos 3.500 millones de pesetas, lo que dice mucho del carácter ahorrador de los fraileros. También se instaló en Frailes, la Caja de Ahorros de Ronda, en el solar que fue salón de Manolín en la calle Tejar.
Pero fue partir de 1960-1970 cuando comenzaron a ahorrar, porque antes no había ni un duro en los hogares; sólo miseria y pobreza. En los años 1960 y siguientes, los fraileros marcharon a trabajar fuera. Muchos ya se habían atrevido a buscar su vida en los cortijos de Torredonjimeno, en la época de la campaña de aceituna. Se iban en cuadrillas de 50 o 60 personas al cortijo de Los Villares, a Cuernica, junto a Villardompardo. Y pasaban allí una temporada de 60 días o más. Iban de Frailes hasta cada cortijo en autobús o alquilaban un camión para llevar los correspondientes bultos con utensilios y ropas.
Una vez en el cortijo, se instalaban en una gran sala en donde colocaban sus colchones, dividiendo la estancia con cortinas para ganar un poco de intimidad. Se levantaban temprano y, antes de irse al campo a trabajar, se comían unas migas que elaboraban en una lumbre grande que hacían en una especie de cocina. Yo estuve en uno de estos cortijos en el año 1967, trabajando en la temporada de aceituna de diciembre a abril. Allí estuvimos mi hermana Juanita, mi hermano Antonio y su suegro Misián, que era el manijero. También estaba Cañete y sus padres, la familia de Antonio Medina, apodada Picatoste, la Morena con su marido, y muchos más. Aprendí lo duro que era este trabajo y lo poco que se ganaba. Yo ahorré unas 5.000 pesetas en más de 3 meses y venía más contento que unas pascuas a dárselas a mi madre. Otros, como iba en  familia, reunían un buen dinerito para aguantar en Frailes unos meses o comprarse el ajuar para casarse. Para vivir un poco mejor.
La jornada de trabajo comenzaba sobre las ocho de la mañana, hasta las dos.  Se tomaba un bocado: pan con aceite y bacalao, tocino, chorizo, una naranja ... Allí nos sentábamos en la clara del olivar, nos comíamos nuestra merienda y en menos de media hora, el manijero se levantaba y decía: “vamos al trabajo”. Recién comidos seguíamos trabajando hasta las cinco de la tarde. Yo conocía más o menos como era el trabajo de la aceituna, porque mi padre tenía un pequeño pedazo de tierra en el Cerro el Endrino, poca cosa, unos 24 olivos en todo lo alto de aquella sierra que dominaba una gran explanada: Los Barrancos, Sotorredondo, Los Rosales. Allí íbamos casi toda la familia: los hombres vareaban, las mujeres recogían y yo hacía el salteo. Después, por la tarde, cargábamos el burro con dos o tres sacos de aceituna y las llevábamos a la cooperativa. Al morir mi padre, mi madre se asociaba con alguien para recoger aquella pequeña cosecha; uno de ellos era Retaco que vivía en la calle Tejar y después Macareno que también vivía en dicha calle. Ellos nos ayudaban con su trabajo y llevando sus bestias, y mi madre les pagaba por ello.
Pero en la Campiña de Torredonjimeno el trabajo era diferente. Había que ganarse el jornal ya que, si no se rendía lo que estimara el manijero, quizás el año siguiente no habría aviso para volver a trabajar. La recogida de aceituna era trabajosa, sobre todo cuando por la mañana hacía frío y las manos se encogían por la escarcha en aquellos campos llenos de olivos, por la escarcha. No obstante era un trabajo llevadero. Y había alguna diversión que otra. Por la tarde, los más jóvenes jugábamos al fútbol en una era grande que había allí, o bien íbamos a comprar algo a la Venta de Pan y Melón, en la que vendían bebidas y algunos comestibles. Pero la recogida de aceituna durante más de tres meses no me gustó tanto como para seguir haciéndola año tras año. No como tantos y tantos fraileros que la siguen haciendo. Y me propuse no volver al cortijo ni coger aceitunas  en mi vida. Ya he dicho que también nos divertíamos en aquél cortijo grande, ya que había gente para todo. Preparábamos bailes, visitábamos otros lugares, como la Casa de Piedra en Porcuna, y nos calentábamos en aquellas grandes lumbres que se preparaban en la chimenea del cortijo, rodeada de ollas que olían a guiso, es decir, a cenar algo caliente por la noche. Por supuesto que no había agua corriente ni aseos, así que teníamos que ir a un pozo cercano a por cántaros de agua. No hace falta decir que nuestras necesidades básicas las hacíamos en el campo y, aunque nos lavábamos las manos y la cara nos duchábamos todas las semanas con el agua que calentábamos, los hábitos de limpieza eran precarios como todas nuestras vidas.  Quiero decir que había mierda por todos lados.
Además, de trabajar en la aceituna, a partir de 1960, los fraileros buscaron otros modos de vida. Frailes no daba para más. Por ejemplo, en la época de la vendimia partían a la Mancha y comenzaron a viajar a Francia, porque el país vecino ofrecía más ventajas, tales como unos mejores salarios, viaje pagado de ida y vuelta y un lugar para dormir. En poco más de un mes de trabajo, las familias podían ahorrar una cantidad de dinero suficiente como para pasar varios meses en Frailes. Había una persona que contactaba con los propietarios franceses y ésta contrataba a una cuadrilla formada por unos doce o quince vecinos. Tras firmar un contrato, se dirigían a Francia en autobús, cargados de todo tipo de comida para no tener que comprar nada allí. Dejaban a los niños pequeños aquí, con los abuelos, para que fuesen a la escuela y no perdieran el tiempo. Ya empezaba a haber conciencia de que aprender era algo muy importante.
Además, de trabajar en la temporada de aceituna y en la vendimia, los fraileros aprendimos a ir a otros lugares. Algunos se atrevieron a marchar a Francia, otros a Alemania, algunos a Suiza. Mi hermana Maripi estuvo unos diez años en el sur de Francia y, aunque al principio pasó muchas fatigas, después se le fueron arreglando las cosas. Su marido Manolo se colocó en una fábrica metalúrgica y comenzaron a tener una vida mejor. Maripi cuidaba a una familia con niños. Allí nacieron sus dos primeros hijos, el Lolo y la Rosi. Y cuando venían en vacaciones hablaban francés igual que los franceses; viajaban en un automóvil Renault (Gordini), que tenía el motor atrás y era bastante peligroso conducirlo. Casi todos los años venían a vernos. Una vez me hizo un regalo francés que supuso un gran alivio para mí: una radio transistor a pilas.
Con él comencé a escuchar la música del momento. Y además me lo podía llevar conmigo a cualquier parte, a la carretera, cuando iba a pasear con mis amigos, al campo o a cualquier sitio. Con la radio me enteré de la muerte de Marilyn Monroe a la que yo  había visto en películas en el Cinema España. También escuchaba las canciones de Juan y Junior, Los Brincos, Peret, Domenico Modugno, y muchos más. Mi hermana Maripi volvió a Frailes y con el ahorro de su trabajo y el de su marido compraron el bar Nuevo, en la calle Cuevas … y allí se jubilaron, después de ganarse bien la vida y tener muy  buena clientela. Se recuerda de ella las tapas de lomo que hacía, riquísimas, y muy solicitadas por la gente que, incluso venían de Alcalá a saborearlas.
Hubo muchos hombres que se fueron a trabajar a Alemania, ya que esta nación ofrecía contratos de trabajo en origen Y allá que se marcharon muchos fraileros, como Emilio el de los Juanacos, Antonio Romero, el yerno de Dominga, Rafael Cano, Francisco Valverde y muchos más. Eran trabajos duros los que hacían estos hombres. Algunos contaban que trabajaban en la fundición a muchos grados de temperatura y que el sudor les acompañaba toda la jornada. Pero cuando volvían a España parecían nuevos ricos; vestían bien, salían a las tabernas y a los bares y disfrutaban en sus vacaciones.
Recuerdo a Emilio Atienza cuando venía de Alemania y visitaba la tienda de mi madre, vistiendo como un señorico, con corbata, pantalones y una chaqueta con brillo. Invitaba a todos los que estábamos allí y compraba a su mujer y a sus hijos todo lo que ellos querían, como si fuera un nuevo rico. También Rafael Cano estuvo en Alemania mucho tiempo y allí  se jubiló. Él decía que trabajaba en la Poste, el correo alemán. Cuando venía de vacaciones iba todos los días a la Cueva a jugar a las cartas y siempre presumía con sus cigarrillos y puros alemanes de papel negro. Nos sentábamos alrededor de él y nos contaba sus historias, como el frío tan grande que hacía en Alemania y las ropas tan buenas que había para combatirlo. Llamaba a los alemanes los “cabezas cuadrás”, y contaba que alguna vez iba al fútbol en Stuttgart. También nos decía que al principio vivía en un barrancón con más trabajadores de otros países y que para ayudarle en los trámites burocráticos había trabajadoras sociales que resolvían sus problemas. Hubo algunos que duraron poco en Alemania, como Luis Cano Martín, el Escandaloso que estuvo nueve meses trabajando de jardinero. Otros, sin embargo, trabajaron varios años, y hasta hubo alguno que pasó parte de su vida allí. Casi todos  obtuvieron una buena paga del gobierno alemán cuando se jubilaron. En resumen, trabajaron mucho y aprendieron. Con el dinero que ahorraron, algunos montaron un negocio, construyeron su propia casa o compraron una finca. En fin, que salieron de la rutina frailera y vieron otros mundos y otras formas de vivir y de sentir.
También, los fraileros marcharon a Cataluña, al País Vasco o a los hoteles de las Baleares, entre otros lugares. Algunos de mis amigos, como Antonio Cañete o Antonio Medina, marcharon a Mallorca, ciudad que demandaba mucha mano de obra para atender al turismo emergente. Allí trabajaron de pinches de cocina y de ayudantes de camareros, mientras sus mujeres lo hacían de camareras de habitaciones, de limpiadoras o en las cocinas …de todo lo que hiciera falta. El trabajo era de temporada, generalmente de abril a octubre. Venían bien vestidos, bien comidos y contando lo bien que lo habían pasado. Algunos hasta habían ligado con aquellas mujeres rubias, de piernas fuertes que venían a tomar el sol y a ponerse morenas. Yo también estuve en un hotel trabajando una temporada, con una compañía holandesa, la KLM. Me fui con mi hermana Emilia y el Rubio de la Mariquilla. Ellos llegaron antes y allanaron el camino. Fue en Cataluña, en Segur de Calafell, y venía conmigo mi primo Miguel Pareja. Trabajábamos en un gran bloque de apartamentos y, cada quince días, llegaban ochenta o noventa holandeses, con sus cuerpos blancos, ávidos de sol, cerveza y combinados y, sobre todo, de playa. Mi primo Miguel trabajó en la cocina con el Rubio de la Mariquilla, que era el cocinero principal, mientras yo trabajaba de camarero, sin apenas experiencia. Agarraba la bandeja con las dos manos e iba inseguro y tambaleante. Un día le derramé a una familia un plato de comida con tomate, los puse ‘tupíos’ y les tuve que lavar toda su ropa. No me acuerdo ahora de lo que ganaba, pero estaría por unas 5.000 pesetas al mes, después de echar catorce horas diarias, aunque también recibía algunas propinas de vez en cuando. Una vez me dieron 800 pesetas, así de golpe, y parecía que había visto a Dios. Me entró una alegría inmensa y no sabía qué decir, pues era una cantidad equivalente a todo un día de trabajo. Dormíamos en una habitación unas seis personas, con un pequeño cuarto de baño.
A veces iba a la playa y quedaba con alguna de las clientas de los apartamentos. Los turistas holandeses eran en su mayoría jóvenes matrimonios. Los primeros días estaban eufóricos, gastaban mucho dinero y bebían sin parar, pero después se moderaban un poco. Por la noche había baile en el salón del restaurante y a mí me extrañaba mucho que las mujeres casadas me sacaran a bailar, pues eso en mi mundo frailero era imposible. Más extraño era que el marido estaba allí cerca bebiendo, y yo temblaba en los brazos de aquella holandesa que me envolvía con sus manos y casi me moría de miedo. Su marido podía levantarse, venir a por mí y darme un guantazo o eso creía. Pero no ocurría nada de eso, eran gente permisiva que -a veces- hablaban conmigo y me decían que nosotros, los españoles, estábamos en una dictadura y que ellos estaban en democracia, o sea, que nosotros no éramos libres. Yo, en cambio, les llevaba la contraria, les decía que vivíamos bien y no les hacía ni caso.
Allí, pasé buenos días, pero comencé a echar de menos a Frailes. Empecé a sentir ese sentimiento que me ha ido acompañando a lo largo de mi vida, a ser frailero, a soñar con Frailes, con el río, con mi madre, con mis amigos, con el Cepero o con las Eras del Mecedero. Pero también es cierto que en Segur de Calafell me valí por mí mismo y me dí cuenta de que podía seguir adelante, además de poder comprarme ropa e ir a la moda. Hasta me compré unos pantalones de campana y bailaba el Twist con los holandeses. Salía con el director del hotel, aprendía holandés y chapurreaba algunas palabras para entenderme con aquellas gentes del país de los tulipanes.
Y como yo, marcharon a Cataluña muchas personas, como mi amigo Paco el Potro que se fue a Barcelona y ya se quedó allí al hacerse cocinero y montar su propio restaurante. Me decía que estaba junto al Camp Nou y que le fue bien. Luego se jubiló allí en Barcelona, y en abril de 2014 se casó con su mujer, después de muchos años de convivencia. Su hermano Moisés también se fue a Barcelona y fue conductor de autobuses. también venían a Frailes muchos veranos. Recuerdo a un hijo de Tallos que vivía en el Cerrillo y se fue a Cataluña, también a trabajar, con una maleta atada con cordeles. Volvió con unas gafas de vista modernas, con un paraguas y una maleta nueva.  Durante algunos años siguió viniendo hasta que ya no lo vi más.
Yo despedía a casi todos los fraileros cuando se iban, porque la parada de la alsina estaba allí, en la calle Tejar, frente a mi tienda, y muchos se despedían de mi madre y de mí, compraban pipas o caramelos y los veía animados, contentos, preocupados, contando a dónde iban. Unos decían que les había salido un trabajo a través de un familiar, otros se arriesgaban e iban a buscar por su cuenta y riesgo, a lo que saliera, y otros muchos no volvieron. Todos buscaron la razón de sus vidas y la mayoría volvió con autos, hijos y mujeres. Y así se fue haciendo Frailes, con la historia de los que se fueron y la historia de los que nos quedamos. Y todo eso hizo un vínculo de unión, algo que está ahí latente, algo que no se olvida, lo que llamé al principio la Frailestud, que no es más que un sentimiento, una armonía, un recuerdo, una acción, un paisaje, un padre, una madre, un amor, una calle, un beso, una carta, un todo en conjunto. Y eso sigue latente, porque lo he notado en los jóvenes de hoy, en Fran Cano, en el hijo de Rafael Pajote, en el propio alcalde, en la asociación Los Pasos, en las Mujeres Creativas, en otros como Michael Jacobs, en Manolo el Sereno, en el cura Alberto Jaime, en muchos jóvenes que se llamaban ‘Fraileros por el Mundo’, en la Antonia, la hija de Pancanto que vive en Getafe y que, cada día, por Facebook, se acuerda de su barrio de Los Picachos, de su padre o de su hermano Manolillo. Por eso Frailes se ha extendido por el mundo. Como el aceite de oliva de la cooperativa San Rafael, son muchos los fraileros que hay fuera que forman parte de este proyecto colectivo. Ahora, aquí hay gentes que han venido de otros lugares, de países lejanos y forman parte de nosotros, como Alipio Efrain, Silvia, Posedaru, Richard, Jackson Joel, Jeremy Joel y Jackie Rae. A ellos les gusta esto, se han aclimatado a nuestro paisaje, a nuestra forma de ver las cosas y afianzan nuestra Frailestud.

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