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lunes, 2 de noviembre de 2015

SER DE FRAILES. CAPITULO SEXTO

En aquella época Frailes estaba regido por las fuerzas adictas al Régimen Franquista y, aunque nunca se hablaba de él, siempre estaba presente en nuestros pensamientos. Casi nunca oí a mis padres hablar de lo que ahora llamamos política, solo se que la calle Tejar cambió su nombre por el de Avenida del Generalísimo, que en las escuelas había colocados cuadros de Francisco Franco y de José Antonio Primo de Rivera y que el Ayuntamiento era un lugar que daba repelús, pues de allí venían, a veces las multas. La Guardia Civil imponía mucho respeto y miedo. La pareja se presentaba en nuestras vidas en las ocasiones de peligro y yo me quedaba pasmado cuando la veía pasar llevando a una persona esposada.
El Cuartel, en la calle Ancha, tenía una puerta verde y algo así como un pasillo de ‘porla’ o cemento, ocupando sus lados las oficinas y despachos. La Guardia Civil iba a pie con capas verdes y con el cañón del fusil mirando al cielo. Más tarde, iban de servicio en sus propias motos de poca cilindrada. Cuando era niño no me daba cuenta de estas cuestiones pero –después- pensándolo bien todo encajaba. El cura, el cabo y el alcalde formaban las fuerzas vivas, las que decidían lo que se hacía en el pueblo. Por otro lado, la riqueza la tenían los propietarios, y el resto de la sociedad frailera sólo conocía la miseria y el miedo, buscando consuelo en la iglesia, en el cura y en la religión. Casi todo el mundo iba a misa ya que, si no ibas, te señalaban con el dedo. Existía también el Sindicato, instalado junto al Ayuntamiento, en la plaza de José Antonio. Sólo se componía de un par de habitaciones, pertenecientes a la casa de los Amandos. Como mando sindical estaba David Tello, manco, que vestía elegantemente con chaqueta y corbata y se tomaba sus copitas en La Cueva y en la taberna de la misma plaza, regentada primero por Cristóbal y luego por la Hilaria.
No se si será verdad pero en el pueblo se decía que el Manco Tello había perdido la mano durante la guerra.. David era una persona cultivada. al que le gustaba tanto la ópera como el brandy. Vivía con su madre -doña Librada- en la calle San Antonio, junto a la tienda de tejidos que regentaba su hermano Antonio Tello y Francisco Alcaide, que alternaba su trabajo en el Ayuntamiento con el cobro de letras de un banco.
El médico, don Fermín, era una de las personas más influyentes de aquella sociedad y de aquella época. Vivía en una de las mejores casas de la villa, junto a la Iglesia y el Ayuntamiento, y llegó a ser alcalde muchos años. Era una persona de cuerpo pequeño y siempre iba vestido con traje. Estaba casado con una hija de doña Librada con la que tuvo dos hijos: don Enrique, ingeniero, que llegó a ser director de la Fasa-Renault en Sevilla, y David, estudiante de Medicina que murió muy joven. Don Fermín atendía una consulta diaria en su casa de la calle Rafael Abril, una casa grande con pista de tenis, piscina, muchos huertos y muchas habitaciones llenas de todo. Los vecinos íbamos a aquella sala de espera, con mucha luz, cristales de colores, a la que se entraba por una escalinata y, a la derecha,  la habitación que hacía de consulta con su característico olor a alcohol. Era un hombre de muchos posibles  y se podía permitir tener mozas y niñeras en la casa. 
Visitaba a sus pacientes a través de una especie de Iguala, que era una cantidad anual en especie o en dinero, o le pagaban a tanto la consulta. La casa estaba llena de muebles y. cuando se cosechaba en verano, las cámaras se llenaban de trigo y de cebada y los mulos llegaban cargados con sacos de grano. Eso se quedó en mi cabeza para los restos de mi vida. Al igual que aquella imagen de los corrales, con gallos y pavos hermosos que, tras las alambradas, se pavoneaban y cantaban al viento su quiquiriquí. Igual ha quedado en mi mente la estampa de sus nietos, jugando en el jardín de la casa, con grandes y buenos juguetes, como bicicletas, balones, pelotas, etc. Y una fila de niños pobres mirando desde arriba, junto a la iglesia, pegados a la alambrada que estaba llena de hiedra verde. A los niños los cuidaba mi amigo Paco el del Potro. Después, al pasar los años, don Fermín jugó conmigo a la escalera en La Cueva y recuerdo el sonido que hacía con su nariz, sus dedos llenos de nicotina de los perennes cigarrillos en sus manos y su impaciencia por terminar la jugada. Recuerdo muchas más cosas de este hombre, como que siempre había alguien que le dejaba su sitio para que jugara la partida, cómo salía la familia de la casa grande a la misa de los domingos, todos impecablemente vestidos y cómo iban los niños acompañados de sus mozas y niñeras. Yo me quedaba mirándolos como algo inalcanzable, mientras hablaban entre ellos y todos los que esperaban en la puerta de la iglesia les sonreían. Entraban en el templo y tenían reclinatorios especiales, mientras el cura salía de la sacristía y empezaba la Santa Misa. También recuerdo que su nieto Fermín, cuando fue mayor y también médico, salía conmigo a Alcalá y nos divertíamos juntos.
Yo me sabía el ‘Cara al Sol’ y a veces lo cantábamos en la escuela. Manolo el Sereno formaba parte de aquella sociedad y era hombre de confianza de los alcaldes de aquella época. Les asesoraba en las obras, mediaba en conflictos con vecinos y trataba de hacernos la vida más agradable. Manolo era de Falange y lo vi vistiendo camisas azules con el yugo y las flechas junto al bolsillo. El fue quien me inscribió en la OJE, Organización Juvenil Española, y me dieron el carnet, con mi nombre y apellidos, y una pequeña foto. Lo llevaba en mi bolsillo como algo importante. Después, cuando fui al instituto de Alcalá, había un profesor al que le decían el Piripi que nos daba Formación del Espíritu Nacional y había que tener aquél carnet que me había gestionado Manolo. También en aquella época llegó a Frailes la Sección Femenina, un pequeño ejército de mujeres, vestidas de uniforme azul -y un gorro- que querían enseñarnos a ser mejores españoles. Ellas nos daban clases, nos repartían pequeños libros y nos instruían en las cuestiones del Movimiento.
Casi todo el mundo era franquista o al menos en apariencia. Tan solo había un hombre que la gente decía que era comunista y había estado en la cárcel, era Pepe el de los Telares, un hombre que tenía una tienda de tejidos en la calle Rosario, junto con su hermano Amador. Decían que Pepe oía la emisora de la Pirenaica, aquella que lanzaba cada noche consignas comunistas. Pepe no tenía ni rabo ni cuernos, solo unas gafas de culo de vaso. Vendía telas en un gran mostrador de aquella tienda que olía a borra y a algodón, como a un telar en funcionamiento. Tenía un par de hijos, aunque no vivía con su mujer. Hacía quinielas y bajaba algunos días por la calle Mesones a tomar café a La Cueva. Habría más comunistas, pero probablemente estarían escondidos o asustados. Una vez, cuando se inició la democracia y el Partido Comunista fue legalizado, llegó un auto por la carretera, con altavoz en la baca, emitiendo consignas y una mujer, Aurelia, la mujer de Florentino (calle Cuevas,1), alzó su brazo con su puño cerrado y dio un grito. Aquello me llegó al alma y -a ella- que durante tanto tiempo había sido mi vecina, la miré desde mi casa y pensé para mí: ‘Bendito sea Dios’. Aquél día salieron algunos comunistas a la calle y hablaron con los que había metidos en aquél coche, pero durante la época franquista todo esto estuvo muy callado. Estaba terminantemente prohibido hablar de ello y, aunque no había carteles ni ninguna publicidad que lo prohibiera, en la mente de los fraileros estaba bastante claro. No hacía falta.
Como ya he dicho en estas páginas, el centro de Frailes era para mí el espacio comprendido alrededor de la tienda de mis padres. Allí tenía mi mundo y por allí transcurrían mis días. Bajaba desde la calle Horno, a través de la calle Corral, pasaba la esquina del Barriohondillo, el puente de Las Cuevas y -zás- allí estaba aquella tienda en donde tenía mi refugio. Alrededor del puente y junto al bar de Domingo el de Gregorillo, entre lo que era el supermercado y la oficina de Fermín Mangote, el puente y la baranda, la fuente y la cooperativa San Rafael. Por allí se juntaba mucha gente, sobre todo en los días lluviosos, cuando no se salía al campo. Los hombres se colocaban en la baranda, mirando pasar el agua, ya que a veces venían grandes riadas. Entonces el agua bajaba muy turbia y acarreaba mucha basura (vigas y grandes piedras) … y ruido. Sobre todo ruido. Nos quedábamos mirando el nivel por si subía demasiado y anegaba la carretera. La gente se divertía como podía. Algunos jugaban al ‘tito’, se colocaba un cartucho vacío de los que se usan para las escopetas, se guardaba una distancia prudencial y los jugadores trataban de tirarlo con una especie de piedras planas que buscábamos en el río. Se podía jugar a los cartones, que sacábamos de las cajas de cerillas, o al dinero, colocando monedas (perrillas y perra gordas) en lo alto del cartucho. Si la piedra ‘aplanchetada’ que cada uno lanzaba quedaba más cerca de los cartones o del dinero que allí había, se ganaba la partida. Otras veces llegaban camiones llenos de naranjas y el conductor contrataba al pregonero para pregonar su género. Yo recuerdo al pregonero López, que trabajó en el Ayuntamiento. Iba por todas las calles, tocaba una trompeta metálica y decía su pregón: el que quiera comprar naranjas muy buenas, ahora mismo hay un camión en las Cuevas. Y la gente se desplazaba hasta allí. El camión se rodeaba de una gran muchedumbre sobre todo niños que tratábamos de coger alguna naranja. Otras veces, López pregonaba asuntos del Ayuntamiento y decía así: “de parte del Sr. Alcalde, se hace saber que están al cobro los recibos de los arbitrios”.
Una de las personas más esperadas en aquellos largos inviernos de frío y grandes temporales era ‘Rogelio el de las Mantas’, de la parte de Alicante, creo. Venía en un gran camión, con cabina y cajón cubierto. Rogelio también solicitaba los servicios del pregonero y, cuando alrededor del camión se juntaba un buen grupo de gente, comenzaba su actuación. Se subía al borde del camión, se colocaba un micrófono conectado al altavoz en lo alto del camión, e iniciaba su “show”. Rogelio era un charlatán que nos dejaba a todos extasiados. Colocaba una manta a rayas en una caja y decía el precio que quería, si la gente no respondía, se adentraba en el cajón del camión y volvía con otra manta mejor y la colocaba encima de la primera, si la gente seguía sin responder, sacaba pastillas de jabón que olían muy bien, algún peine, y entonces los vecinos comenzaban a reaccionar. Él contraatacaba bajando el precio del lote, diciendo: “no lo doy ni por 1.000, ni por 700 ni por 500, este lote lo voy a dejar al precio de 450 pesetas”. Hasta que picaba alguien, sacaba el dinero y compraba aquél lote. Y así un lote tras otro, y cada vez sacaba mejores mantas y regalos, a cual más vistosas y de mejor colorido. Se puede decir que casi todos los hogares fraileros tenían mantas de Rogelio, las cuales, colocadas convenientemente en las camas, combatían los rigores de los inviernos fraileros.
Venían todo tipo de vendedores. Unos traían melones, sandías y frutas y otros vendían pescado. Se compraba de todo: desde nueces o almendras hasta ganado, mulos, cabras y ovejas, burros … de todo. Y todos pasaban por allí, por lo que bien puede decirse que aquel lugar era el centro comercial de la villa de Frailes. También llegaban grandes camiones de abono y fertilizantes que abastecían a las dos cooperativas, que tenían por allí sus cocheras llenas de sacos por las paredes. Había algunos hombres que descargaban estos grandes camiones con 10.000, 15.000 o 20.000 kilos de abono. Uno de ellos era mi tío Camilo, o el gitano Valentín, Tallillos, Migueliche y algún otro. Se colocaban en la cabeza un saco como capucha y así se cargaban sacos de 50 kilos, uno tras otro. Acababan extenuados, pero los 30 o 40 duros que recibían le venían de perlas. Después, sudorosos se hinchaban de vino manchego…  y aquí paz y después gloria.

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