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domingo, 13 de octubre de 2013

OFICIOS Y BENEFICIOS

Paseando por la Muestra de la Sierra Sur me encontré con un hombre que hacía sillas de enea y me recordó aquellos tiempos fraileros en que un hombre llamado Rabo Tieso las hacía también, auspiciado por Manolín, otro hombre que tenía un salón de baile y fincas y un tejar donde hacía ladrillos, cal y otros productos de la construcción como el yeso. Aquellos tiempos eran difíciles y los utensilios se reparaban y se volvían a reparar una y otra vez; como los zapatos que los llevábamos casa Miguelillo en la calle Hondillo o en la calle Almoguer casa de Magdaleno, y le ponían suelas o medias suelas e incluso remiendos pequeños.
Había otro hombre que se llamaba Miguel el Hojalatero que reparaba ollas, sartenes o hacia cualquier cosa de hojalata, como embudos y vivía en la Cuestecilla de los Muertos, en una casa pegada al tajo. 
Había otros hombres y mujeres que vivían en Frailes, como Cangrena que reparaba sombrillas de todo tipo y siempre llevaba a su mujer, vestida de negro, del brazo y se bebía uno y otro vaso de vino en la casa de mi madre, en la calle Tejar, en aquella pequeña taberna, donde también, iba Luis Gamazo, el inefable Cabildo que heredó las fincas de su madre y traía un mulo grande a que bebiera agua en el pilar. Bebía sus vasos de vino muy poco a poco, mojándose los labios para que le duraran un buen rato porque no tenía muchas pesetas en el bolsillo. 
Había faltas y miserias en aquella época, cuando los niños nos colocábamos al sol, en la puerta de la tienda de tejidos de Manuel Zafra y las madres despiojaban a sus hijos al calor del sol; no había medicinas y solo la beneficiencia velaba por nosotros, una beneficiencia muy escasa que no llegaba a nada. 
Ahora, tener una silla de enea es un lujo, antes era una necesidad, era lo único que teníamos, no había sofás ni sillones en casa de aquellas gentes, a lo sumo una mecedora, con una tela de rayas que solo tenían los más pudientes.

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