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viernes, 18 de mayo de 2012

PARA PACO BELMONTES


Querido Paco no me quería enterar de tu enfermedad, no quería saber que estabas enfermo para seguir recordándote como siempre te he visto. Ahora memorizo nuestras vidas y siempre he estado unido a ti. Ahora recorro el río de las Cuevas y paso a tu casa de Triana, aquella casilla que tenía tanto amor, con tu madre y tus hermanas que tanto te amaban. Y veo aquellos partidos de fútbol en las eras del Mecedero, en los que me sentía tan seguro porque siempre eras un gran cancerbero. Memorizo otro partido en Charilla, junto a una empresa de yeso y ladrillos y tú te tirabas a por todos los balones en un terreno lleno de piedras y después tuvimos que curarte tus heridas.
Ahora te veo cuando venias de guardar las ovejas y las cabras y no querías que nadie te viera hasta que te lavaras, porque eras muy presumido y lo sigues siendo. Yo pasaba a tu casa cuando me enteraba que estabas allí y me contabas todo lo que te había pasado, después me sentía orgulloso de tener un amigo tan valiente y que me defendía de mis miedos.
Ahora te miro, elegante, con aquella chaqueta azul que te compraste para ir a buscar tu primera novia, a Alcalá la Real, pero no resultó aquél idilio muy bien. Tú que eres todo amor, que siempre diste lo que tenías.
Y ahora, doy paseos por las huertas, por la plaza donde ibas a comer, casa del secretario del Ayuntamiento y miro las hojas apiladas de aquella noguera y te miro y veo cuando me asustaste, metiéndote entre todas aquellas hojas que parecías un fantasma. Te sigo viendo en las paredes del cementerio, diciendo que no tenías miedo de nada y yo salía corriendo porque no me atrevía a mirar al otro lado del campo santo.
Y aquellos días de mili, que venías orgulloso de ser paracaidista, cuando me contabas todas tus hazañas y yo seguía estando orgulloso y me vanagloriaba de tener un amigo como tú.
Siempre te he llevado en mi corazón y aún guardo tus cartas desde Venezuela, cuando me decías que aquello era un paraíso; o desde Irak cuando te hiciste amigo de los trabajadores y te respetaban, aunque tú decías que era porque el color de ellos y el tuyo era parecido. Me contabas tus recepciones en la embajada de España y te imaginaba vestido de gala. Me acuerdo de tus viajes, de tu amor por Encarna, cuando fui a Madrid a buscar trabajo y ella, incluso, me limpió los zapatos, mis zapatos que nunca nadie me había limpiado, y encima me regalaste un traje azul, precioso, para ir a la entrevista, pero no me gustó Madrid, aunque siempre te recuerdo en aquellos días que pasé con vosotros. Y conocí a Ana y a David, y también visité tu bonita casa en Vacíamadrid, y dormí en aquella habitación con Dolores y mi hija, y visitamos muchos lugares.
Y después, te sigo pensando desde Frailes, imagino a Encarna, David y Ana muchos días, y pienso que has sido un hombre importante, generoso, amoroso, trabajador y todo lo que se pueda decir. Y recuerdo a tu madre, a tus hermanas porque forman parte de mi vida, de aquellos maravillosos años que pasamos en Frailes y que tú volvías y nos veiamos y charlábamos, pero casi nunca querías venir a mi casa, porque siempre has sido un hombre independiente, que no querías 'molestar' a los demás.
Y te veo en la calle Cuevas, en la Hoya del Salogral en la romería, con el brazo echado en el hombro de Encarna, esa mujer tan grande que te siguió durante tu vida de pareja.
Ahora, te mando un abrazo, y me fundo contigo y con los tuyos, que somos muchos y nunca morirás para mi, ni para Francis, Toñi, y todos los fraileros, madrileños y gente que te  ha conocido, porque eres inmortal, porque nunca dejaré de verte y soñarte.

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