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lunes, 14 de julio de 2014

O CAMIÑO DO SANTIAGO

Me habían hablado tanto del Camino de Santiago que siempre había desconfiado de él, pero al final me he visto atrapado por su hechizo. He recorrido veredas, he pasado por bosques de robles y he visto miles de helechos. He dado cientos de pasos, he visto hombres y mujeres. He sudado, he tenido dolor, he comido, he bebido, me he divertido, porque el paseo es una mezcla de emociones, de recuerdos, de inspiración, de visión, de búsqueda. He reflexionado, me ha dado tranquilidad, compañía, ternura, cansancio, dinamismo y no me ha dado nada y casi de todo.
Comencé en el mismo Santiago de Compostela y un autocar nos trasladó a Alicia, Ángeles, Nazareth y a César hasta la misma ciudad del Ferrol, la cuna del Caudillo y en una placa vi la calle y la casa donde nació. Mientras bebía albariño de 15 euros la botella y la lluvia empezó a caer en la terraza de un restaurante.
Llegamos a Pontedeume, mientras la brisa de una playa nos mecía a lo lejos y en la mesa unas Estrellas de Galicia entraron en nuestros gaznates sedientos. Pasamos por un puente que se unía a la ría y el pueblo estalló en fiesta. Nazareth se empeñó en comer en un lugar llamado Os Cen pasos, donde un hombre llamado Luis nos trajo lo mejor de aquella casa. Tuvimos que esperar un buen rato, pero valió la pena. Los Cien Pasos resultaron ser los casi más de cien metros que había desde este lugar al cementerio más cercano. Había gaitas, había gente, un mercado medieval, caballos, era la feria medieval tan de moda en toda España. Tuvimos mala suerte en el hospedaje, pues nos tocó una fonda cuyo dueño era un despistado y esperamos más de dos horas para tener una habitación. A la mañana siguiente, el dueño no aparecía y nos vimos atrapados en un laberinto de escaleras y no podíamos abrir la puerta de salida, ni había nadie para pagarle. Los rostros de la gente eran de lunes y un gran tractor con un remolque lleno de agua regaba las calles mojadas.
Nos esperó un buen día de pasos de todo tipo, para arriba, para abajo, por bosques, por verdes prados, hasta llegar a Betanzos. Mi uña gorda del pie derecho salió perjudicada y un moratón saltó en mi pie que me escamó para todo el viaje, pero al final pude seguir. Vacas, verdes, caminos, árboles. Ángeles se entusiasmaba con los robles, andaba en las cuestas bordeando la altura, ayudada por una vara que le sirvió de amuleto para todo el camino. Nazareth era la más rápida, con grandes zancadas nos dejaba atrás y nos esperaba en un lugar para repartir agua o algún fruto seco.
Las autovías se mezclaban con los senderos rurales, el mar con las rías, el agua de los ríos con la de los cielos y Betanzos, señorial, con plazas medievales e insignes nombres nos dio vida, descanso y paz en un buen hotel que nos hizo olvidar la pensión de Pontedeume. César nos animaba a beber Estrella de Galicia, a pesar de su rodilla renqueante parecía un alcalaíno a la conquista del mundo inmobiliario gallego. Qué casas, que hórreos, que jardines eternos, que cuestas y qué bajadas y subidas. Comimos por el camino, en Casa Julia, que le dicen la Pequeñita, una biznieta de 7 años nos hizo entrevistas y le gustó César que lo llenó de premios y dibujos.
Llegamos al Mesón O Vento donde nos dieron habitaciones grandes y espaciosas, un matrimonio mayor nos atendió y decía que cerraba pronto porque abrían a las cinco de la mañana, mientras Alemania le metía siete goles a Brasil y a un banco del paseo de aquél pueblo se le caían los tornillos uno a uno. Era todo grande y destartalado en aquél paseo sin gente, donde corría un viento y me colocaba un chubasquero para guarecerme del viento y del frío y un hostelero atendía mal a sus clientes mientras jugaba a las cartas.
Tras dormir en Meson O Vento, salimos antes de las diez para una casa rural llamada Antón Veiras a dos kilómetros de Ordes. Nos pareció el paraíso, todo era confort, unas habitaciones de ensueño, con ventanas en el techo, unas buenas camas, cuarto de baño inmenso, jardines verdes, historia galega, cerveza fresquita, buenas viandas, hosteleros encantadores, no nos queríamos ir de allí, nos quedamos dos días y visitamos Sigueiro.
Y al final Santiago, al fin Compostela, el campo estrellado, la Praza do Obradoiro, la catedral con andamios, la gente que llega, grita, canta, el bullicio de Santiago, el abrazo al Apóstol, la misa para un laico, el botafumeiro. El mogollón de gente en las calles adyacentes, un restaurante tras otro, una taberna tras otra, O gato negro con horario restringido para su gran clientela. Ribeiro, cerveza, chuletones, mariscos de todos colores. El parador, los ricos, los pobre, yo, César, Ángeles, Nazareth y Alicia andando entre el bullicio, tejiendo una amistad por aquellas calles con tanta historia. Inválidos, desposeídos, ricos, andando, en avión, en cuclillas, tronchaos, tullidos, normales, todos llegan a Santiago y la Galicia Calidade a todos los acoge. Ríos de Albariño, de Riveiro, de Estrella de Galicia, de chuletones, de nécoras y percebes, de empanadillas, de quesos de tetillas, miles, millones de pasos, de zapatillas, de camisetas, de gotas de lluvia, se juntan cada día en Santiago. De gente que pide, de otra que se exhibe con un arpa, con una gaita y Ángeles plantó su palo en un parque y a otro día fue a visitarlo y vio que estaba bien y allí lo plantó y Nazareth se acordoba de sus dos hijitas y les compró algún regalo y comimos en Casa Camilo y las paredes estaban llenas de fotografías de hombres famosos, mientras dos mujeres comían marisco con alicates y le sacaban todo el jugo. Y Santiago nos acogió como siempre y mi cuerpo estuvo contento en aquella pensión, donde una inquilina llegó en zapatillas y hecha polvo y se compró unos zapatos de tacón, se vistió de fiesta y le metió fuego a la noche compostelana, mientras volvía a otra mañana a las sábanas de aquella pensión del tercer piso, blancas, limpias, con una cara llena de alegría. Y paseamos por aquél parque hermoso lleno de helechos, de musgo de Navidad, de fuentes, de gentes que corrían y andaban, y abracé a Valle Inclán, con sus barbas blancas y un autobús nos llevó hasta el aeropuerto y César, Alicia, Ángeles y Nazareth con sus mochilas al viento pasearon por aquellos caminos junto al cielo, junto al agua, junto a tanto árbol, mientras pensábamos que el mundo, que Santiago, que Galicia vale la pena y los viajes son siempre un acierto para seguir descubriéndonos lo oculto que cada uno tenemos.

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