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domingo, 4 de febrero de 2018

EL LOCO DE MI CALLE

Había un loco en mi calle al que oía dar voces cada día. La madre lo tenía encerrado en una habitación, con un pequeño corral y de allí no salía o no podía salir. Yo estaba inquieto y no encontraba el día para poder verlo. Algunas veces llegaba hasta allí un barbero y le cortaba el cabello, lo afeitaba y lo aseaba. Pensaba entre mí que si el hombre estaba loco, podía causarle cualquier daño al peluquero y que en un momento de duda podrían pelearse entre ellos, además lo afeitaba con una navaja barbera, bien afilada y el cuello de aquel loco corría peligro.
Aquel hombre seguía dando voces solitarias y necesitaba fumar y fumar aquellos cigarrillos sin filtro que llevaban el nombre de Peninsulares. Seguía haciéndome preguntas y no recibía respuestas adecuadas.
Un día estaba en aquella casa de aquel loco, sentado en la mesacamilla junto a su madre que siempre lo cuidaba; el loco se sentía en su habitación y yo miraba el cerrojo largo y ancho que cerraba aquella puerta, no entendía lo que decía y su madre me dijo que pedía tabaco; ella se levantaba de la silla y abría con sigilo la puerta y le alargaba un cigarro, yo aprovechaba para acercarme a la rendija de la puerta y trataba de ver el aspecto que el loco tenía, pero casi nunca vislumbraba su figura; unas veces solo lograba ver una parte de su cara, con barba cerrada, otras veces asomaba su pelo por aquella raja abierta; hasta que un día en una visita del barbero, lo pude ver entero, y era un hombre normal, un hombre que decían que estaba loco, un hombre encerrado en una habitación, que influía en mi vida diaria y no comprendía que estuviese allí, metido en una habitación y en lo mejor de su vida, incluso lo vi guapo.
Otro día, me senté junto a la madre del loco y de buenas a primeras le pregunté qué porqué tenía a su hijo encerrado en aquella habitación; la mujer no se sorprendió y me habló de que su hijo no se encontraba bien y que un día desapareció y tardaron un par de semanas en encontrarlo; y continuó diciendo que temía que le pasara alguna desgracia cuando se iba y se perdía y no sabía dónde estaba; por lo que le había preparado aquella habitación y aunque lo tenía allí encerrado, estaba seguro y no podía escaparse. Me siguió contando que lo único que temía, es que ella muriese y dejase a su hijo desamparado.
Al poco tiempo, me fui a vivir a otra calle y perdí el contacto con mi vecina, aunque seguí interesado en ambas personas; ella me había dado mucho calor y compañía en mi infancia y le tomé un gran cariño; un día mi madre me dijo que había muerto y su hijo, aquel loco que daba voces en la calle donde nací, se fue a vivir con una cuñada suya y cuando paseaba junto a la casa, lo veía en los días de sol, porque salía a un huerto a tomar el aire y a fumar cigarros, lo veía a lo lejos con el mismo aspecto que en aquella casa donde vivía con su madre.
En aquellos tiempos había muchos locos, como ahora, pero algunos estaban encerrados para poder controlarlos; otros estaban en libertad y vagaban por las calles, había uno que siempre tenía prisa y de repente se paraba y al que se encontraba en la calle, le comentaba algún párrafo de la Biblia, sobre todo los que anunciaban catástrofes y condenas a la Humanidad.
No sé si yo estoy loco, a veces pienso que sí; la locura es necesaria para seguir viviendo, es una ventana como otra cualquiera abierta al mundo.

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