Vistas de página en total

domingo, 29 de noviembre de 2015

IU SE INTERESA POR LOS INMIGRANTES

La inmigración en Alcalá la Real no es algo nuevo. Desde hace varias décadas son muchas las personas que vienen al municipio para trabajar, aprovechando la temporada de recogida de aceituna. Estas personas no buscan otra cosa que una vida digna a través de un salario decente, algo que no consiguen ni de lejos.
Seguramente todos los residentes en Alcalá la Real han pasado alguna vez frente a la estación de autobuses de la localidad y conocen la situación. Muchas personas es posible que no quieran verla, puesto que genera incomodidad. Pero es inevitable; es una realidad que está frente a nosotros y que, por tanto, hay que afrontar. Hace tiempo que se debería haber dado solución a este asunto que, sin embargo, continúa como siempre. Pareciera que nos hemos acostumbrado a observar desde la distancia y con cierta desgana a esos inmigrantes que tan solo buscan dignidad.
¿Dónde se encuentran los derechos de estas personas? ¿Se respetan? Realmente no. Y, de hecho, es algo que en Alcalá la Real se sabe, pero se desecha. No tienen vivienda, a pesar de que muchos de ellos quisieran pagar un alquiler. Aunque tienen derechos laborales, no se respetan: cobran menos que un jornalero español y no se les reconoce todos los jornales que hacen. Y esto, como era de esperar, lo cuentan con una resignación serena. Saben que estas son las circunstancias y no cuentan con la posibilidad del cambio; simplemente conviven con ello.
Los empleadores aprovechan el desconocimiento de las leyes por parte de los inmigrantes, por lo que la explotación a la que están sometidos es, aún si cabe, más lamentable. Firma aquí. Firma allí. Pero no leas nada, no vaya a ser que sepas cuáles son tus derechos y los reclames. Se solicitan inmigrantes ignorantes, que no exijan absolutamente nada y trabajen bien. Como explica un jornalero, “si no hay derechos, para qué queremos papeles”.
Y qué decir del trabajo del aceitunero. Desde luego, no es fácil, y conlleva un gran esfuerzo físico que requiere descanso para continuar al día siguiente con la rutina. Pero no para estas personas; ellos tienen suficiente con dormir en unos cartones, en condiciones insalubres y con una alimentación mísera. O eso debemos pensar. Porque de otro modo es incomprensible que permitamos que estas personas vivan en estas circunstancias. No saben dónde dormirán cada noche, no saben si comerán o no, no saben si tendrán trabajo al día siguiente.
¿Qué se hace por ellos en este pueblo? Darles tres días en un albergue. De toda la temporada de recogida de aceituna, cada una de estas personas puede pasar tres días bajo un techo decente. Ni uno más. El resto de los días, que se busquen la vida como puedan. Si no tienen un colchón, una ducha con agua caliente y algo que echarse a la boca, no es nuestro problema.
Deberíamos tener cierta conciencia y sentido común; España ha sido y es un país de emigrantes. Cuando no tenemos posibilidades de tener una vida digna en nuestro país intentamos sobrevivir. Y eso es lo que hacen esas personas que cada día vemos frente a la estación de autobuses. Ellos, además, se encuentran en la coyuntura de que cuando llevan trabajando en España más de diez años, caso frecuente, sufren el desapego tanto de su país de origen como del país receptor. Aquí los tratamos con inquina, y allí se empiezan a sentir extranjeros. Incluso los que llegan con formación y estudios superiores son desdeñados. Buscamos mano de obra barata, silenciosa y servicial. La mayoría son campesinos, qué ironía.
Ya está bien de hacernos pasar por ciegos y sordos. Tenemos entre nosotros personas con derechos. Solo piden lo que cualquiera de nosotros queremos tener: techo, comida, agua, trabajo. Merecen respeto, dignidad y apego. Hay que denunciar públicamente una situación inhumana que nos retrata como sociedad: si seguimos permitiendo que los jornaleros no cuenten con un respaldo institucional, estamos dilatando esta infamia.
(De la página web de IU de Alcalá la Real y Aldeas)

jueves, 26 de noviembre de 2015

EL COLEGIO SANTA LUCIA DE FRAILES GANADOR DE UN PREMIO NACIONAL SOBRE DIETA MEDITERRANEA



LA GRAN DIGNIDAD DE LA MUERTE


La mayoría de las personas pensamos en la muerte como algo tétrico, algo a lo que le tenemos miedo y que pretendemos olvidar. De la misma manera que durante la vida aprendemos a vivir los placeres, y demás incidentes de la vida, deberíamos ser capaces de aprender a enfrentar la muerte como algo muy natural, a morir con gran dignidad, con sencillez y con una sonrisa, no como algo mórbido y horrible, sino como algo cotidiano, como ...mirar al cielo azul, ver la frondosidad de un árbol, el paso de una nube o comtemplar la corriente de un gran río.

Indudablemente, el miedo a la muerte es miedo a lo desconocido y asimismo miedo a lo conocido que dejamos aquí.

Tener las ideas claras sobre el hecho natural de la muerte, eliminar todos los apegos que tenemos sobre lo que dejamos atrás, harán que la enfrentemos como algo natural, necesario e, inclusive, de una gran belleza y trascendencia.

Sacado del Facebook del frailero Manuel Álvarez

miércoles, 25 de noviembre de 2015

SER DE FRAILES. CAPITULO SIETE

Los fraileros han sido muy ahorradores, tal vez eso explique el que -antes de 1960- ya funcionaba una sucursal de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Granada, situada en un local de la Plaza del Rector Mudarra, propiedad de doña Amadora, junto a la casa de Maravilla. El primer director fue Miguel, el hijo del estanquero de la calle Almoguer. Este hombre le compró la casa que había enfrente de su oficina al secretario, don Sebastian. Miguel era un hombre serio que en aquel pequeño lugar comenzó a juntar los ahorros de los fraileros. Éstos se abrían una cuenta con una primera imposición y así comenzaban su andadura bancaria. Mi madre fue una de las pioneras. Los dineros guardados en un calcetín o en una troz para el grano pasaron a aquella entidad. También había gente que prestaba dinero, a un interés mucho más elevado que en la Caja de Ahorros, pero también arriesgaban su dinero, pues como la acción era ilegal, había peligro de que no lo devolvieran y eso ocurría de vez en cuando.
Después la función bancaria aumentó con Fidecaya, otra entidad que se instaló en un local de la calle Cuevas, propiedad de Manuel el Municipal. Su director fue Antonio Baeza que vivía en la calle Rafael Abril, abría cada día su oficina y atendía a sus clientes. Estaba impedido de un pie por lo que ayudaba con una muleta. Esta aventura financiera murió cuando la quiebra de Fidecaya. La gente se arremolinó en la oficina formando una cola que llegaba hasta la puerta. Lógicamente, la gente que quería recuperar su dinero y -según parece- lo consiguieron. Así que el asunto terminó bien.
Pero fue la Caja Rural quién puso el asunto bancario y financiero en todo su apogeo. Se instaló en la calle Tejar, 5 y su director fue Francisco Mudarra, con el apoyo de Rafael Frías. Allí llevaron sus ahorros y pudieron pedir préstamos, sobre todo los agricultores de Frailes. Formaba parte de la cooperativa de aceite San Rafael, que pudo ser remodelada y ampliada con nuevas instalaciones. Una vez le pregunté a Rafael Frías cuánto dinero había en aquella caja y me dijo que unos 3.500 millones de pesetas, lo que dice mucho del carácter ahorrador de los fraileros. También se instaló en Frailes, la Caja de Ahorros de Ronda, en el solar que fue salón de Manolín en la calle Tejar.
Pero fue partir de 1960-1970 cuando comenzaron a ahorrar, porque antes no había ni un duro en los hogares; sólo miseria y pobreza. En los años 1960 y siguientes, los fraileros marcharon a trabajar fuera. Muchos ya se habían atrevido a buscar su vida en los cortijos de Torredonjimeno, en la época de la campaña de aceituna. Se iban en cuadrillas de 50 o 60 personas al cortijo de Los Villares, a Cuernica, junto a Villardompardo. Y pasaban allí una temporada de 60 días o más. Iban de Frailes hasta cada cortijo en autobús o alquilaban un camión para llevar los correspondientes bultos con utensilios y ropas.
Una vez en el cortijo, se instalaban en una gran sala en donde colocaban sus colchones, dividiendo la estancia con cortinas para ganar un poco de intimidad. Se levantaban temprano y, antes de irse al campo a trabajar, se comían unas migas que elaboraban en una lumbre grande que hacían en una especie de cocina. Yo estuve en uno de estos cortijos en el año 1967, trabajando en la temporada de aceituna de diciembre a abril. Allí estuvimos mi hermana Juanita, mi hermano Antonio y su suegro Misián, que era el manijero. También estaba Cañete y sus padres, la familia de Antonio Medina, apodada Picatoste, la Morena con su marido, y muchos más. Aprendí lo duro que era este trabajo y lo poco que se ganaba. Yo ahorré unas 5.000 pesetas en más de 3 meses y venía más contento que unas pascuas a dárselas a mi madre. Otros, como iba en  familia, reunían un buen dinerito para aguantar en Frailes unos meses o comprarse el ajuar para casarse. Para vivir un poco mejor.
La jornada de trabajo comenzaba sobre las ocho de la mañana, hasta las dos.  Se tomaba un bocado: pan con aceite y bacalao, tocino, chorizo, una naranja ... Allí nos sentábamos en la clara del olivar, nos comíamos nuestra merienda y en menos de media hora, el manijero se levantaba y decía: “vamos al trabajo”. Recién comidos seguíamos trabajando hasta las cinco de la tarde. Yo conocía más o menos como era el trabajo de la aceituna, porque mi padre tenía un pequeño pedazo de tierra en el Cerro el Endrino, poca cosa, unos 24 olivos en todo lo alto de aquella sierra que dominaba una gran explanada: Los Barrancos, Sotorredondo, Los Rosales. Allí íbamos casi toda la familia: los hombres vareaban, las mujeres recogían y yo hacía el salteo. Después, por la tarde, cargábamos el burro con dos o tres sacos de aceituna y las llevábamos a la cooperativa. Al morir mi padre, mi madre se asociaba con alguien para recoger aquella pequeña cosecha; uno de ellos era Retaco que vivía en la calle Tejar y después Macareno que también vivía en dicha calle. Ellos nos ayudaban con su trabajo y llevando sus bestias, y mi madre les pagaba por ello.
Pero en la Campiña de Torredonjimeno el trabajo era diferente. Había que ganarse el jornal ya que, si no se rendía lo que estimara el manijero, quizás el año siguiente no habría aviso para volver a trabajar. La recogida de aceituna era trabajosa, sobre todo cuando por la mañana hacía frío y las manos se encogían por la escarcha en aquellos campos llenos de olivos, por la escarcha. No obstante era un trabajo llevadero. Y había alguna diversión que otra. Por la tarde, los más jóvenes jugábamos al fútbol en una era grande que había allí, o bien íbamos a comprar algo a la Venta de Pan y Melón, en la que vendían bebidas y algunos comestibles. Pero la recogida de aceituna durante más de tres meses no me gustó tanto como para seguir haciéndola año tras año. No como tantos y tantos fraileros que la siguen haciendo. Y me propuse no volver al cortijo ni coger aceitunas  en mi vida. Ya he dicho que también nos divertíamos en aquél cortijo grande, ya que había gente para todo. Preparábamos bailes, visitábamos otros lugares, como la Casa de Piedra en Porcuna, y nos calentábamos en aquellas grandes lumbres que se preparaban en la chimenea del cortijo, rodeada de ollas que olían a guiso, es decir, a cenar algo caliente por la noche. Por supuesto que no había agua corriente ni aseos, así que teníamos que ir a un pozo cercano a por cántaros de agua. No hace falta decir que nuestras necesidades básicas las hacíamos en el campo y, aunque nos lavábamos las manos y la cara nos duchábamos todas las semanas con el agua que calentábamos, los hábitos de limpieza eran precarios como todas nuestras vidas.  Quiero decir que había mierda por todos lados.
Además, de trabajar en la aceituna, a partir de 1960, los fraileros buscaron otros modos de vida. Frailes no daba para más. Por ejemplo, en la época de la vendimia partían a la Mancha y comenzaron a viajar a Francia, porque el país vecino ofrecía más ventajas, tales como unos mejores salarios, viaje pagado de ida y vuelta y un lugar para dormir. En poco más de un mes de trabajo, las familias podían ahorrar una cantidad de dinero suficiente como para pasar varios meses en Frailes. Había una persona que contactaba con los propietarios franceses y ésta contrataba a una cuadrilla formada por unos doce o quince vecinos. Tras firmar un contrato, se dirigían a Francia en autobús, cargados de todo tipo de comida para no tener que comprar nada allí. Dejaban a los niños pequeños aquí, con los abuelos, para que fuesen a la escuela y no perdieran el tiempo. Ya empezaba a haber conciencia de que aprender era algo muy importante.
Además, de trabajar en la temporada de aceituna y en la vendimia, los fraileros aprendimos a ir a otros lugares. Algunos se atrevieron a marchar a Francia, otros a Alemania, algunos a Suiza. Mi hermana Maripi estuvo unos diez años en el sur de Francia y, aunque al principio pasó muchas fatigas, después se le fueron arreglando las cosas. Su marido Manolo se colocó en una fábrica metalúrgica y comenzaron a tener una vida mejor. Maripi cuidaba a una familia con niños. Allí nacieron sus dos primeros hijos, el Lolo y la Rosi. Y cuando venían en vacaciones hablaban francés igual que los franceses; viajaban en un automóvil Renault (Gordini), que tenía el motor atrás y era bastante peligroso conducirlo. Casi todos los años venían a vernos. Una vez me hizo un regalo francés que supuso un gran alivio para mí: una radio transistor a pilas.
Con él comencé a escuchar la música del momento. Y además me lo podía llevar conmigo a cualquier parte, a la carretera, cuando iba a pasear con mis amigos, al campo o a cualquier sitio. Con la radio me enteré de la muerte de Marilyn Monroe a la que yo  había visto en películas en el Cinema España. También escuchaba las canciones de Juan y Junior, Los Brincos, Peret, Domenico Modugno, y muchos más. Mi hermana Maripi volvió a Frailes y con el ahorro de su trabajo y el de su marido compraron el bar Nuevo, en la calle Cuevas … y allí se jubilaron, después de ganarse bien la vida y tener muy  buena clientela. Se recuerda de ella las tapas de lomo que hacía, riquísimas, y muy solicitadas por la gente que, incluso venían de Alcalá a saborearlas.
Hubo muchos hombres que se fueron a trabajar a Alemania, ya que esta nación ofrecía contratos de trabajo en origen Y allá que se marcharon muchos fraileros, como Emilio el de los Juanacos, Antonio Romero, el yerno de Dominga, Rafael Cano, Francisco Valverde y muchos más. Eran trabajos duros los que hacían estos hombres. Algunos contaban que trabajaban en la fundición a muchos grados de temperatura y que el sudor les acompañaba toda la jornada. Pero cuando volvían a España parecían nuevos ricos; vestían bien, salían a las tabernas y a los bares y disfrutaban en sus vacaciones.
Recuerdo a Emilio Atienza cuando venía de Alemania y visitaba la tienda de mi madre, vistiendo como un señorico, con corbata, pantalones y una chaqueta con brillo. Invitaba a todos los que estábamos allí y compraba a su mujer y a sus hijos todo lo que ellos querían, como si fuera un nuevo rico. También Rafael Cano estuvo en Alemania mucho tiempo y allí  se jubiló. Él decía que trabajaba en la Poste, el correo alemán. Cuando venía de vacaciones iba todos los días a la Cueva a jugar a las cartas y siempre presumía con sus cigarrillos y puros alemanes de papel negro. Nos sentábamos alrededor de él y nos contaba sus historias, como el frío tan grande que hacía en Alemania y las ropas tan buenas que había para combatirlo. Llamaba a los alemanes los “cabezas cuadrás”, y contaba que alguna vez iba al fútbol en Stuttgart. También nos decía que al principio vivía en un barrancón con más trabajadores de otros países y que para ayudarle en los trámites burocráticos había trabajadoras sociales que resolvían sus problemas. Hubo algunos que duraron poco en Alemania, como Luis Cano Martín, el Escandaloso que estuvo nueve meses trabajando de jardinero. Otros, sin embargo, trabajaron varios años, y hasta hubo alguno que pasó parte de su vida allí. Casi todos  obtuvieron una buena paga del gobierno alemán cuando se jubilaron. En resumen, trabajaron mucho y aprendieron. Con el dinero que ahorraron, algunos montaron un negocio, construyeron su propia casa o compraron una finca. En fin, que salieron de la rutina frailera y vieron otros mundos y otras formas de vivir y de sentir.
También, los fraileros marcharon a Cataluña, al País Vasco o a los hoteles de las Baleares, entre otros lugares. Algunos de mis amigos, como Antonio Cañete o Antonio Medina, marcharon a Mallorca, ciudad que demandaba mucha mano de obra para atender al turismo emergente. Allí trabajaron de pinches de cocina y de ayudantes de camareros, mientras sus mujeres lo hacían de camareras de habitaciones, de limpiadoras o en las cocinas …de todo lo que hiciera falta. El trabajo era de temporada, generalmente de abril a octubre. Venían bien vestidos, bien comidos y contando lo bien que lo habían pasado. Algunos hasta habían ligado con aquellas mujeres rubias, de piernas fuertes que venían a tomar el sol y a ponerse morenas. Yo también estuve en un hotel trabajando una temporada, con una compañía holandesa, la KLM. Me fui con mi hermana Emilia y el Rubio de la Mariquilla. Ellos llegaron antes y allanaron el camino. Fue en Cataluña, en Segur de Calafell, y venía conmigo mi primo Miguel Pareja. Trabajábamos en un gran bloque de apartamentos y, cada quince días, llegaban ochenta o noventa holandeses, con sus cuerpos blancos, ávidos de sol, cerveza y combinados y, sobre todo, de playa. Mi primo Miguel trabajó en la cocina con el Rubio de la Mariquilla, que era el cocinero principal, mientras yo trabajaba de camarero, sin apenas experiencia. Agarraba la bandeja con las dos manos e iba inseguro y tambaleante. Un día le derramé a una familia un plato de comida con tomate, los puse ‘tupíos’ y les tuve que lavar toda su ropa. No me acuerdo ahora de lo que ganaba, pero estaría por unas 5.000 pesetas al mes, después de echar catorce horas diarias, aunque también recibía algunas propinas de vez en cuando. Una vez me dieron 800 pesetas, así de golpe, y parecía que había visto a Dios. Me entró una alegría inmensa y no sabía qué decir, pues era una cantidad equivalente a todo un día de trabajo. Dormíamos en una habitación unas seis personas, con un pequeño cuarto de baño.
A veces iba a la playa y quedaba con alguna de las clientas de los apartamentos. Los turistas holandeses eran en su mayoría jóvenes matrimonios. Los primeros días estaban eufóricos, gastaban mucho dinero y bebían sin parar, pero después se moderaban un poco. Por la noche había baile en el salón del restaurante y a mí me extrañaba mucho que las mujeres casadas me sacaran a bailar, pues eso en mi mundo frailero era imposible. Más extraño era que el marido estaba allí cerca bebiendo, y yo temblaba en los brazos de aquella holandesa que me envolvía con sus manos y casi me moría de miedo. Su marido podía levantarse, venir a por mí y darme un guantazo o eso creía. Pero no ocurría nada de eso, eran gente permisiva que -a veces- hablaban conmigo y me decían que nosotros, los españoles, estábamos en una dictadura y que ellos estaban en democracia, o sea, que nosotros no éramos libres. Yo, en cambio, les llevaba la contraria, les decía que vivíamos bien y no les hacía ni caso.
Allí, pasé buenos días, pero comencé a echar de menos a Frailes. Empecé a sentir ese sentimiento que me ha ido acompañando a lo largo de mi vida, a ser frailero, a soñar con Frailes, con el río, con mi madre, con mis amigos, con el Cepero o con las Eras del Mecedero. Pero también es cierto que en Segur de Calafell me valí por mí mismo y me dí cuenta de que podía seguir adelante, además de poder comprarme ropa e ir a la moda. Hasta me compré unos pantalones de campana y bailaba el Twist con los holandeses. Salía con el director del hotel, aprendía holandés y chapurreaba algunas palabras para entenderme con aquellas gentes del país de los tulipanes.
Y como yo, marcharon a Cataluña muchas personas, como mi amigo Paco el Potro que se fue a Barcelona y ya se quedó allí al hacerse cocinero y montar su propio restaurante. Me decía que estaba junto al Camp Nou y que le fue bien. Luego se jubiló allí en Barcelona, y en abril de 2014 se casó con su mujer, después de muchos años de convivencia. Su hermano Moisés también se fue a Barcelona y fue conductor de autobuses. también venían a Frailes muchos veranos. Recuerdo a un hijo de Tallos que vivía en el Cerrillo y se fue a Cataluña, también a trabajar, con una maleta atada con cordeles. Volvió con unas gafas de vista modernas, con un paraguas y una maleta nueva.  Durante algunos años siguió viniendo hasta que ya no lo vi más.
Yo despedía a casi todos los fraileros cuando se iban, porque la parada de la alsina estaba allí, en la calle Tejar, frente a mi tienda, y muchos se despedían de mi madre y de mí, compraban pipas o caramelos y los veía animados, contentos, preocupados, contando a dónde iban. Unos decían que les había salido un trabajo a través de un familiar, otros se arriesgaban e iban a buscar por su cuenta y riesgo, a lo que saliera, y otros muchos no volvieron. Todos buscaron la razón de sus vidas y la mayoría volvió con autos, hijos y mujeres. Y así se fue haciendo Frailes, con la historia de los que se fueron y la historia de los que nos quedamos. Y todo eso hizo un vínculo de unión, algo que está ahí latente, algo que no se olvida, lo que llamé al principio la Frailestud, que no es más que un sentimiento, una armonía, un recuerdo, una acción, un paisaje, un padre, una madre, un amor, una calle, un beso, una carta, un todo en conjunto. Y eso sigue latente, porque lo he notado en los jóvenes de hoy, en Fran Cano, en el hijo de Rafael Pajote, en el propio alcalde, en la asociación Los Pasos, en las Mujeres Creativas, en otros como Michael Jacobs, en Manolo el Sereno, en el cura Alberto Jaime, en muchos jóvenes que se llamaban ‘Fraileros por el Mundo’, en la Antonia, la hija de Pancanto que vive en Getafe y que, cada día, por Facebook, se acuerda de su barrio de Los Picachos, de su padre o de su hermano Manolillo. Por eso Frailes se ha extendido por el mundo. Como el aceite de oliva de la cooperativa San Rafael, son muchos los fraileros que hay fuera que forman parte de este proyecto colectivo. Ahora, aquí hay gentes que han venido de otros lugares, de países lejanos y forman parte de nosotros, como Alipio Efrain, Silvia, Posedaru, Richard, Jackson Joel, Jeremy Joel y Jackie Rae. A ellos les gusta esto, se han aclimatado a nuestro paisaje, a nuestra forma de ver las cosas y afianzan nuestra Frailestud.

lunes, 23 de noviembre de 2015

EL COMPAÑERO ALCALDE NO ME CONTESTA

Ahora estamos inmersos en la vorágine de los atentados terroristas y pienso qué llevará a esas mentes a realizar esas barbaridades. Pero, también, pienso que hay mucha gente inocente que sufre las consecuencias de los intereses económicos de los poderosos que no piensan más que en sus ganancias y les importa un bledo la vida de tantos y tantos inocentes que deambulan por el mundo.
Es difícil lograr un equilibrio, un intento de que tengamos un mundo mejor. Porque hay tantos intereses divididos que las soluciones son difíciles de alcanzar.
El otro día le envíe una entrevista al alcalde de Alcalá la Real, le hacía preguntas que para mí son corrientes. Le preguntaba que qué era ser socialista, también qué porqué tiene un sueldo anual de más de 50.000 euros, porqué reciben subvenciones asociaciones que pueden costearse sus gastos y alguna otra cosa más. De todas estas preguntas he recibido la callada por respuesta, pero yo sé las soluciones a todas estas preguntas, pero habrá algún alcalaíno que no las sepa y mi intención no es otra que un alcalde que ha sido elegido democráticamente por los vecinos, responda a las dudas fundadas que cualquier ciudadano tenga, máxime cuando se ha creado un órgano llamado de Transparencia que supongo qué será para preguntar y enterarse del porqué de algunas cosas que ocurren.
Creo que al alcalde lo avala la ley vigente y puede hacer uso de su potestad para hacerse acreedor de esos derechos que tiene, pero si se hubiera bajado el sueldo, al menos, unos miles de euros, creo que hubiera dado un ejemplo a todos los vecinos, no por nada, solo porque pertenece a un partido que se llama socialista y que en última instancia persigue valores de igualdad y de libertad. Pero cada uno puede hacer de su capa un sayo y entender la política como se la hayan enseñado o aprendido.
A mi me hubiera gustado que el alcalde me hubiera contestado y expusiera sus razones para convencerme de su forma de actuar, dando argumentos como cuando contesta a las preguntas que le hacen los vecinos en un programa de la radio municipal. Pero, en fin, está en su derecho de contestarme o de no hacerlo. Por ahora, esta es la democracia que tenemos, yo intento cada día hacer mejor las cosas que atañen al bien común, cometo errores, aprendo de ellos, me caigo, me levanto y así voy saliendo hacia adelante.
Pienso que hay una gran brecha entre los gobernantes y los gobernados, unas diferencias que no son buenas para la democracia, pero así estamos y así hemos querido estar porque hay otras alternativas para tener una mejor sociedad y que las brechas cada vez sean de menor calibre, tenemos opciones para cambiar, para mejorar y en última instancia para votar. Yo no me quejo de que el alcalde no conteste a mis preguntas, solo he tratado de que ponga argumentos a sus actuaciones y nada más.


jueves, 19 de noviembre de 2015

UN NUEVO LIBRO DE RICARDO SAN MARTIN

El profesor de Filología Inglesa, Ricardo San Martín, ha escrito un nuevo libro que será presentado mañana  a las 20:00 horas en el Convento de Capuchinos y le he hecho esta entrevista:


1.- ¿Qué es Alcalá la Real dibujada?
Se trata de un libro eminentemente visual, en formato   , contiene cuarenta y cinco dibujos en blanco y negro, de dos tamaños: 25 x 35 cm. y de 35 x 50 cm; cada dibujo se acompaña de dos textos: el uno una descripción objetiva del monumento o del paisaje y el otro, más subjetivo: puede ser un poema o un fragmento de alguno de los múltiples viajeros que pasaron por Alcalá.
            El libro es un recorrido por Alcalá dividido en dos partes: primero la Mota, en segundo lugar, por el centro de la ciudad.
2.- ¿Cuál ha sido tu objetivo al publicar este libro?
He hecho este libro porque entiendo que hay muchos y muy buenos libros con fotografías de Alcalá la Real, pero no sucede lo mismo con visiones artísticas o pictóricas de nuestra ciudad. Trato de ofrecer mi trabajo desarrollado a lo largo de más de un año. Quiero dejar un libro hecho con cariño, que contenga los bellos lugares y monumentos de la ciudad, aquellos que son nuestra seña de identidad. Es una forma personal de aportar y de hacer algo por Alcalá.
3.- ¿Qué lugares son en los que más has disfrutado?
Puedo señalar varios: el camino de Roahuevos, ese paraje apartado, solitario desde el que dibujé la vista general de la Mota elevándose sobre los campos de olivos a sus pies. A pesar del calor que hacía, de los mosquitos, disfruté del paisaje, de la tranquilidad del lugar, del silencio.
                También mientras estaba en los miradores de las Cruces y hacía los dos dibujos, la belleza del entorno, la soledad y la recuperación del entorno.
                En el arrabal de Santo Domingo, frente a los restos de la muralla, en el camino de San Bartolomé, con la torre campanario de Santa María emergiendo por encima del adarve.
4.- ¿Cuáles eran tus sensaciones y pensamientos mientras dibujabas?
Esas sensaciones y pensamientos los he dejado reflejados en todos y cada uno de las partes posteriores de los dibujos. En muchas ocasiones pensaba la crisis económica en la que estábamos y estamos viviendo, cómo afecta la misma a los españoles y a los alcalaínos. Dejaba reflejados cada día que trabajaba y las horas que empleaba, mi sensación de estar acertando o errando con el dibujo, los sonidos que llegaban a mis oídos o los olores que percibía. Hacía pequeñas paradas y dejaba que el bolígrafo trazase líneas, círculos…
5.- ¿Qué esperas lograr con este libro y estos dibujos?
Que les gusten a los alcalaínos, que al hacer su valoración de los mismos, su opinión sea globalmente favorable. Que consideren que he hecho un trabajo y un libro digno; quizás algo bello. Un libro que merece la pena tener y regalar, un libro que recoje la esencia de la ciudad de Alcalá.
6.- ¿Cuáles son tus proyectos para el futuro?
Son varios: por un lado quiero acabar una investigación que estoy haciendo sobre una abadía seglar en Villarcayo, el pueblo donde nací; una institución curiosa, inusual. Llevo cerca de dos años de investigación, visitando archivos, pidiendo documentos y transcribiéndolos.
                Otro proyecto que tengo aparcado, pero que espero retomar una vez acabe con la presentación de este libro, es la escritura de un libro de relatos centrados en personas inventadas y en momentos históricos de Alcalá. Relatos a los pies de la Mota, será su título. Quiero tomarme el tiempo necesario, tratar de escribir historias entretenidas y llamativas.
                Seguir estudiando documentos del archivo del AMAR, profundizar en mi conocimiento de la historia de la ciudad: los esclavos, la mancebía, los privilegios, etc.



martes, 10 de noviembre de 2015

RECUERDOS SIN BANDERA


Eran aquellos años de sueños sordos

cuando la vida pendía de un fino hilo

comíamos todos en el mismo plato

cuando había algo que llevarse a la boca



Vivir, entonces, era como un milagro

no había armarios ni cuartos de baño

el consumo era una quimera

y muy pocos usaban zapatos



Aquellos días pasaron poco a poco

nos dejamos la piel sin inmutarnos

corríamos alegres por ríos y campos

y fuimos aprendiendo a emborracharnos



Driblábamos la vida con un balón de trapo

metíamos goles a arqueros sin portería

contábamos cuentos para imaginar

que había otras vidas



Después de todo, la vida se fue escapando

por los huecos que el viento nos fue dejando

aprendimos tantas cosas de golpe que se fueron

olvidando en aquél túnel sin fondo.